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jueves, marzo 26, 2009

Enfermedades Tropicales

Y ella no entiende el modo en que te mesas el cabello
y dices cosas terriblemente incipientes.
En mis sueños de golondrina obesa
no puedo volar.
¡Réscatame con tu aeronave de algodón dulce!
Me lagrimean los ciruelos
de tu huerta incansable
inagotable.
A veces, mientras duermo, sueño con tu pétalos acariciando mis sábanas,
entre mis jamones pedaleo violentamente hasta tu tubérculo.
La nube nos come las crestas,
tu cresta estética se ondula con el viento
la lluvia la mengua
y el sol la renace
Enorme y majestuosa comiendo macarrones, Golondrina Obesa, méceme méceme

Por Miss Trixie para Frankie**

martes, agosto 29, 2006

Cielito Lindo


Fue un amor a primera vista. Él se quedó a medio camino del váter, en un pasillo angosto, pero no así su vómito, que fue a parar a los pies de ella, como un don, a la carne de sus pies y a su esmalte de uñas, a la piel de cocodrilo de sus carísimas sandalias. Una cosa enlazó con otra, de la bilis al batido para dos -los reservados de formica, los exabruptos líquidos en la cavidad nasal- sólo hubo un paso; corto, no miliar, sencillamente discursivo y edulcorado. Así fue como pasó. Cuánta delgadez, qué morbidas las texturas, la palidez, el exceso de maquillaje, qué rápida era la cadencia del pulso. Cuánta madera consumida entre ambos a partes alícuotas. Ella lo adoraba así, desentendido, desprendido de su animalidad, con su pecho depilado, blando como un plátano máduro. En cuanto a él, huelga decir que daría un ojo por ella, o lo que hiciese falta, aparte de los jugos gástricos, después de todo no era ni cicerone, ni farero, ni espía al servicio de Su Majestad. En la ceguera pan y cebolla. O en el amor. O en el ardor, es lo mismo. Pero ¿Y el té y las pastas? Hasta aquí llegaría la escena para un director cualquiera, honrado, cabal, juicioso, alguien pulcro y respetado que no quiera saber nada de líos. Pero no para éste. Es un director hastiado, quiere más, detesta sentirse en manos de las dilaciones, debidas o no, de los chantajes del sindicato, de la escasez del guión. ¡Basta! Que sirvan el té. Es necesario mantener las formas, y se mantienen con todas sus unidades: él, ella, los cuentos chinos, las chinas en los zapatos, los gritos, las lágrimas, las encendidas disculpas, más lágrimas incluso...Si alguien creía que este director se iba a arrugar lo llevaba claro. Manden contruir un jardín inglés, dijo como de pasada. Su ayudante no cabía en sí: ¿aquí? Aquí o donde sea, y encuéntreme dinero para seguir esta farsa, si me detengo ahora las consecuencias podrían ser funestas, jamás permitiré que se me etiquete como el que no pudo llegar más lejos, el que interrumpió el diluvio, ¿me he explicado? Naturalmente que sí, pero entre tanto él y ella, la pareja, ya pensaba en trasladarse a vivir a un mismo piso. Mejor aún, lo estaban haciendo. Libros, cacharros, discos, objetos delicados, objetos sin pulir, ropa, muebles, alfombras. Si alguien no lo ponía remedio pronto acabarían casados, o algo más drástico. Quizás hubiera una serie indefinida de acoplamientos en vivo, y de partos, con y sin cesárea, y de regalos de aniversario, y de chándales para los días de fiesta. El ayudante era la verdadera piedra angular. Se armó de valor (aprovechó que traladaban un espejo veneciano para mirar qué tal aspecto tenía) y salió al trote.

Por Michael Gondor & Miss Trixie

lunes, abril 10, 2006

Cuando Bill colisionó con una joven nubil

(Escrito en una invitación de boda)

Escucha Bill. Seamos claros. Lo nuestro es un imposible en sus propios cimientos, así que, haciendo acopio de toda nuestra entereza, deberíamos conformarnos con este juego de serosas miradas. Tampoco es nuestro momento, ni nuestro banquete nupcial; a otros le corresponde el centro de la gravedad. Pero nuestro silencio lo dice todo. Me gusta como vistes, te gusta como me gusta, ambos nos gustamos, silentes, plácidos bajo la plácida luz artificial de un comedor, de una mesa a otra, manteniendo cerrado el circuito, sin fugas ni tocatas: de ti a mí, de mí a ti. No aprietes los labios, Bill, ese gesto delata tu impaciencia. ¿Qué podría ser de nosotros? Nadie lo iba a entender. Sin embargo las miradas no son independientes, forman parte de algo más complejo, algo perfectamente ensamblado. Eso me recuerda a cuando te imagino en el water. Tu mujer ha colocado papeles de periódico en el suelo porque el vaho no acaba de irse nunca. Maldito vaho. Sentado, mirando hacia el suelo, sin dirección, un punto azaroso en un momento de ligereza, ves las fotos de los periódicos. Ellas sí reflejan la independencia. No son nuestras miradas. En la sequedad que separa dos humedades, hay violencia, hay tristeza y desolación, hay rabia, hay orgullo, hay explosión, hay alegría y hay ciegos ojos de cristal. Todo independiente. Tu mujer ha tenido el poco tacto de dibujar un monigote en el espejo del baño. Maldito vaho. No se lo tienes en cuenta porque sus deslices habitualmente son mayores. Por ejemplo, en el suelo, junto al armario de las toallas, está la página de las esquelas, pareciera descansar en paz, mohína, sin matices. Un día, sin querer, reconociste la esquela de alguien conocido. La muerte acecha, pensaste en ese momento. Pero sólo se contempla la muerte en la vida. Por qué preocuparse si ella es tan independiente como las fotos del periódico, como la mismísima nada. Lo que sí te extraña y te preocupa se traduce en impaciencia. Tardan en traer el lechazo. O lo que quieran que sirvan. Particularmente, Bill, creo que el lechazo le iría bien a tu figura apolínea. Un hombre o rebosa o no es un hombre. Sé que sabes que lo pienso, por eso te miro, ¿a quién podría mirar en este erial varonil? A nadie más. Al jefe de la tribu. Al gran copulador. El hombre que perpetra la especie, que cubre a la tierra, la gran madre, con su simiente rocosa. Perdonarás que no me humedezca los labios en este momento. Se haría el silencio en el lugar y la atención, en un giro dramático inesperado, se volvería hacia este segmento de la recta. El nuestro, el tuyo y el mío. Suspiro por lo bajo. No tengo apetito contigo tan cerca. Cuando el día de hoy acabe, lo que sea que pasó habrá acabado con él. Tú y yo, nuestro segmento y nuestra electrólisis aeréa. Qué intenso fue todo, Bill.
Por Frank Deporto

jueves, marzo 23, 2006

Yogur con trocitos I

Mi relación con los hombres siempre ha sido desastrosa. Todo se remonta a mi época como chica “Twiggy”, por aquel entonces era asidua al uso indiscriminado de coloretes, al consumo de galletas con fibra y a falsificar la firma de papá. Con un fingido aire de indiferencia y enfundada en unos blue jeans dos tallas inferiores a la mía que amenazaban con cortarme la digestión, traspasaba firmemente la barrera de la adolescencia y la de un gigantesco mastodonte sin mayores expectativas que la de permanecer erguido en la misma posición durante horas, algo así como un mimo pero con mejor salario. Sin embargo, adentrarme en aquellos tugurios nocturnos atestados de gente dispuesta a invitarme a un par de copas, era una tarea complicada que requería un ensayo riguroso frente al espejo del cuarto de baño el cual constituía por aquellos tiempos mi trinchera y era el fiel testigo de mi ya creciente trastorno bipolar.



El “Noche Alegría” era uno de esos antros dignos de una redada policial: pastillas de diseño, imitaciones de Prada en forma de bolsos, zapatos y pañuelos de seda y lo que era mucho más preocupante, mi estómago de High School. No obstante, tenía todo bajo control y saqué el paquete de Ducados que robé de la caja de herramientas de papá al salir apresuradamente de casa. Ambos compartíamos domicilio por orden del fiscal de menores. Adoraba aquel aire transgresor que intentaba exhalar por la boca sin éxito y que se desviaba indefectiblemente por las fosas nasales (aprender a tragarme el humo era cuestión de semanas). Sabedora de que la gente fumaba cigarrillos rubios, Ducados me aseguraba no pasar inadvertida entre la muchedumbre. En estas circunstancias los hechos se sucedían según lo esperado:

-
¡Oh vaya!, ¿pero qué tenemos por aquí? Deja que te encienda el cigarrillo nena.
- Gracias – Mentiría si dijese que no me sentía halagada en aquellos intentos de apareamiento-
- Dime, ¿dónde te dejaste a tu acompañante?
- Vine sólo con unas amigas, son las que están en la barra. –Me avergonzaba de esas chicas, bebían sin moderación y perdían los pocos modales que pudieran tener, pero no podía fingir no conocerlas cuando una de ellas me saludaba desde la barra haciendo muecas ininteligibles a cerca del aspecto del hombre que quedaba de espaldas a ella.
- ¿Sabes? Es la primera vez que entro en este local, de saber que tú estabas por aquí me hubiera dejado caer mucho antes.
- Entiendo. –Era evidente que estaba ganando terreno, no podía dejarme llevar por sus precarias insinuaciones. Los acúmulos de saliva en las comisuras de sus labios desviaban mi atención, era como si lanzara desde su boca proyectiles de trocitos de muesli. Esto me exigía mantener una distancia prudencial del foco de emisión de los restos de su merienda.-
- Veo que eres una chica tímida y que yo soy un auténtico desastre, ¿cómo no presentarme antes? Me llamo Steven, trabajo en la panadería de la esquina con St George street ¿y tu nombre es...?
- Myrna, yo no trabajo estoy dándome una tregua. – Adoraba inventarme nombres, la semana pasada había sido Jennifer Aniston sin levantar ninguna sospechosa.-
- Precioso nombre. –El contacto de sus viscosos labios sobre mi cara consiguieron avivarme, había llegado la hora de hacer desaparecer al tal hombre-panadero. Necesitaba un Deus ex Machina, un punto de apoyo que me ayudara a salir vigorosa de aquella inaguantable situación antes de que Steven Muesli comenzara a hablarme de ensaimadas, mermelada de frambuesa y barras de pan con forma de cocodrilo. Mis amigas llevaban más de media hora en el baño, sabía que no podía contar con ellas. Rápidamente advertí que mi Deus sangraba, se trataba de un grano de acné hemorrágico en uno de los mofletes del panadero. Debía informarle de lo que acontecía antes de que un reguero de sangre dibujase una curva sinuosa que terminaría en el cuello de su camisa.-
- Steven, creo que...tienes algo en la cara. Quizás te haya picado un mosquito, te sale sangre de la mejilla, será mejor que te limpies antes de que se manche tu camisa. –Mencionar el acné hubiera resultado un tanto ofensivo-
-
Gracias bombón, voy al aseo, enseguida estoy de vuelta contigo.
- Sí, tranquilo te espero aquí.


Salí sin demora del “Noche Alegría” dejando atrás la coagulación de un grano y a un grupo de chicas decorando su cuerpo con tatuajes falsos. Convencida de que el mundo esperaba algo más de mí, la única solución era poner tierra por medio, trasladarse a New Jersey donde podría regentar un gran salón de belleza y olvidar así a la pelandusca de Cora. Llamé a papá desde una cabina comunicándole que dejaba mis estudios superiores para empezar un curso de esteticién a distancia. Por fin, un halo de esperanza.

Por Titania Dimitrova



sábado, marzo 04, 2006

Detectividad urbana


Niña-tanque

(Escrito en el banco de un parque con un Staedler permanent negro)

Iba andando por la ciudad sin rumbo ni intención cuando te vi. Caminabas perdida, con la desgana habitual, doblez, delgadez, lánguidez; por eso no reparaste en mí ni en nadie. La realidad era una unidad y tu realidad otra muy distinta. Por mi parte, había encontrado la ruta de salida de mi tedio y la iba a transitar. Las cosas suelen ser casuales hasta morir de sí mismas, por eso decidí seguirte sin hacerme preguntas y sin hacerme reflexiones, a ti que la sombra de tu sombra ni es sombra ni es nada más ni menos que una línea mal pintada, un trazo nocturno, a lo sumo, en las perspectiva de una calle. Hacía tiempo que no te veía, mientras nos movíamos, yo te seguía desde el hectómetro, iba pensando en tus cambios. No eran muchos, sólo dos, pero sí significativos. El tinte de pelo el más traumático de todos. Tenías el pelo azul. No de un azul cualquiera, nada de eso, no lo permitirías, el tuyo era un azul metálico, esa clase de matiz en la gama del azul tan insólito y tan automovilístico que, por la fuerza de un absurdo mayor y más complejo, obliga indefectibemente a colocarse unas lentillas a juego. Esa fue mi intuición. Como es lógico no podría asegurarlo a ciencia cierta, pero permancía en mí esa creencia, esa fe monocromática que vale tanto como un caudal de casualidad precipitante. Me daba lo mismo pensar que era cierto tanto como que no. Si me acercaba a ti me descubrirías y torcerías el gesto, yo averiguaría el color de tus ojos edulcorados o no y todo, toda la emoción, el suspense, el celo hermético y la sensación agridulce de no ser descubierto en una travesura, se habría ido al traste. Por eso sabía que llevabas lentillas a juego con el color de tu pelo, lo sabía porque era necesario que la verdad se condujese por esa estrecha vereda, tan práctica y tan conveniente para mí que no podría pensarla de otro modo. Caminamos dos manzanas más sin cambiar de rumbo, tú continuabas manejando tu propio conjunto cuyos bordes no rozaban ningún otro, yo admiraba un hectómetro después ese conjunto paralelo, hasta que apareció un cruce a izquierda por el que torcimos. Era una calle peatonal aunque poco transitada a esa hora del día. Al final terminaba en un parque. En el trayecto que cubría el inicio de la calle de la entrada del parque, se extendía una zona residencial plagada de bajos comerciales cerrados y abandonados. De todos los locales que se veían, sólo uno mantenía su actividad. Era un estanco. Deseé instintivamente que no entraras en él, sin embargo ya sabía de antemano que lo tuyo no era recibir órdenes ni consejos. Toda una garantía para que en mi mente imaginase cómo se desplegaba una alfombra roja que terminaba en tus pies. No aceptas órdenes verbales y no aceptas deseos silenciosos e inexistentes. No habías cambiado nada. Sólo tu pelo y tus lentillas virtuales. Entraste en el estanco. Yo esperé fuera, en la rígida e inicial distancia hectométrica , repasándome las uñas con los dientes apoyado en una pared encalada que seguro que dejaría una marca en mi chaqueta. Tardaste quince minutos. No quise hacerme preguntas supérfluas. Mejor no. El tiempo vuela cuando se trata de expender una cajetilla de tabaco. Al salir te detuviste en la puerta y miraste en mí dirección. El hectómetro me delataba, maldición, me habías descubierto. Me hiciste una señal con la mano que parecía decir: anda ven aquí Philip Marlowe. Y fui, con la cabeza gacha me acerqué lentamente. Pero tú ya caminabas hacia el parque . Te seguí hasta un banco en cuyo respaldo te habias sentado. Cuando llegué a tu altura comprobé con satisfacción el largo de tu falda, el rojo Crayola de tus labios y los pendientes que te regaló tu hermana. Eras toda tú con una excepción: tus pelo era azul metálico y tus ojos le iban a juego. El cigarrillo que acababas de encender colgaba como un pingajo de tu boca. Más doblez, más delgadez y más languidez. ¿Te gustó mirarme, salidillo?, preguntaste sin despegar el cigarrillo de tus labios. Con la cabeza gacha, sonrojado en mi treintena y en un hilillo de voz respondí: Sí.
Por Frank Deporto

viernes, enero 27, 2006

La cornucopia y el ruidoso coribante


(Bajo la tarima flotante del salón-cocina de Frank Deporto)

A diario muero por cruzar la carretera y entrar en el McDonald´s del barrio. Porque a diario muero por un Big Mac que me exorcice de tu recuerdo. Sólo la salinidad dulce de un preparado rápido e industrial me aplaca, me tranquiliza y, llenándome de ti, me hace olvidarme de la existencia misma. Pienso en tus turgencias más de lo que debería, querida Cora. Los años han pasado, han pasado los vasos gigantes de Coca-Cola, las raciones de patatas y las noches en vela. Pero no pasan los recuerdos de la piel frente a la piel, del suspiro y del jadeo nocturnos, la sensación primitiva del pecador fugitivo que está siempre ojo avizor. Esa es la razón por la que a diario muero un poco cada vez, al cruzar la carretera, al adentrarme en el mundo circense y dejar que jueguen con mis emociones, rindiéndome a los azúcares y las grasas saturadas, esa es la razón de una muerte lenta y plácida que se oculta en un recuerdo, el tuyo. El nuestro en la comunión de tu alcoba. Te mentiría si negara que después de ti no hubo otras mujeres. Nunca faltaron. Decenas de ellas entrando y saliendo de mi vida. Son los síntomas de la enfermedad. Una de ellas accidentalmente me dio un hijo. Mi querido Li. Me suele escribir desde China contraveniendo los deseos expresos de su padre putativo. Li es un chico despierto e inteligente, en él, como en Titania mis genes han servido de algo. Es una lástima que nuestra pequeña Titania no lo conozca. Claro que tampoco le comprendería. Yo no lograría entender una palabra de lo que me dice si no hubiera trabado una amistad interesada con el dueño de un restaurante chino. Detesto la comida china, sin embargo hago de tripas corazón y la como porque, mientras lo hago, mi amigo instrumental me traduce las cartas de mi hijo. Li estudia programación en la universidad de Pekín e inglés en los ratos libres. Me da miedo pensar en esos miles de millones de chinos, mi hijo incluido, aprendiendo a manejar los secretos de la informática, pronto ocuparán su lugar en la historia. Cuando el dragón chino despierte el mundo caerá rendido a sus pies, nosotros lo haremos con él como si fuéramos miserables pajaritas de papel. O de cartulina. Me gusta la rigidez de la cartulina. Como a Desmond, el mago de la papiroflexia. Lo visito con frecuencia en la residencia. El pobre no mejora. La última vez trató de soplarme cinco mil dólares para un máster en cirugía vascular. Al menos eso dijo en un principio. Le pregunté para qué quería hacer tal máster y se echó a llorar. Era una subterfugio. Al parecer, me dijo entre sollozos, quería una televisión gigante para su habitación acolchada. Estaba aburrido de ver a Winnie de Pooh, el último gran héroe -así lo llamó-, en un tamaño indigno de su grandeza. Hubiera cedido en la demanda, en términos generales opino lo mismo que él, pero detesto las mentiras Cora, las detesto aunque vengan de un perturbado mental como tu hermano. Así que le dejé llorando y lamentándose de sus malas artes. Tardaré en volver a verle, si vuelvo demasiado pronto tal vez me ablande y le de todo mi dinero. Desmond me causa ese efecto, siempre fue el mejor de todos nosotros. A veces envidio su visión del mundo. Mientras, en tanto que conservo la cordura, seguiré con mi liturgia de sacerdote coralino, tocaré mis tambores con el único fin de hacer un ruido ensordecedor, me devanaré en los jugos agridulces de la carne veloz; pútridos, nútridos, nítricos, nitrosos, como trilita en mi riego sanguíneo, todo porque tú y yo, desde el alfa de Titania, desde un cañón de escopeta apuntando hacia mí, desde aquella noche en un barrio residencial a las afueras de la realidad sensible, no somos el uno del otro. Así es y así será. Abundancia a bajo coste. Comida para llevar.

Por Frank Deporto

viernes, enero 13, 2006

Joven griego ateniense (Homenaje a Emil Zatopeck)


(Escrito en una hoja de cuaderno y encontrado en la taquilla del Secretario General de las Naciones Unidas)


Correré como una locomotora humana. Haré todos los estiramientos pertinentes antes de la carrera. Cinco, diez minutos, quién sabe con exactitud cuánto calentaré. El muro que se alza sobre mí se asemeja a las murallas de Jericó. Aun así correré porque sé que estarás en la meta. Tu madre me lo dijo. Llamé por teléfono a tu casa con la esperanza y el hambre de encontrarte, pero habías salido. Hablé con tu madre. Me dijo: estará allí, en un terraza cercana, en medio del tintineo de las botellas de bitter Cinzano y los vasos llenos de piezas de hielo chocando en las bandejas de los camareros. Ellos vestirán de blanco y negro. Negro el pantalón, negros los zapatos, la corbata y los nubarrones del cielo de Nueva York. Blanca la camisa, la chaqueta corta, el delantal y los dientes del encargado. Entonces correré. Fue lo que pensé al colgar a tu madre, pensé que correría los cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros, que llegaría con la lengua fuera, la comisura de los labios babeada y el estómago agitado, que mi espíritu estaría al borde del quebrado, como una fracción cualquiera y misteriosa de su propia naturaleza aérea, pero que de una u otra manera correría. Mé miré en el espejo del recibidor y me encontré mustio. Si sólamente hubiera podido hablar contigo y tú no hubieras salido a sabe Dios dónde. Al menos estarás en la meta, bebiendote una limonada como a ti te gusta. Mientras corra pensaré en tu limonada, mis músculos y tendones se enlenteceran en ese pensamiento abstracto, su movimiento galvanizado será mi motor, estirando, contrayendo, manteniedo la tensión de mis tejidos y en la caldera del conjuto las grasas irán convirtiéndose en brasas y unidadees de calor. Seré un horno con un pensamiento crítico y cítrico. Correré hasta la extenuación de mis fuerzas, extibando mi carga por las calles de la ciudad, escuchando como la gente no pronuncia mi nombre porque me confundo en la masa que corre y quema sus suelas en un mismo y ruidoso compás gomoso. Cuando llegue ciego, libre de la carga de los kilómetros, en mi languidez mortecina, te buscaré entre las caras de los desconocidos, aunque tenga que recorrer todas la terrazas de la zona, arrastrándome de un modo engañoso e imbécil, te buscaré y te encontraré. Correré para verte porque nos separa, mujer de la limonada, la sencilla distancia de una maratón.
Por Frank Deporto