
...En este momento hay una inmensa cantidad de intelecto de viaje; en particular hacia Suiza. Llueven las frases ingeniosas. Las cabezas giran e irradian fulgor etéreo. Hay un partido de los intelectuales, una política del intelecto, las sutilezas hacen realmente difícil la comunicación. "Nosotros los intelectuales" se ha convertido ya en la rúbrica del lenguaje coloquial y en la muletilla de los viajantes de comercio. Hay tirantes intelectuales, botones de camisa intelectuales, lo periódicos rebosan de intelecto y las secciones de cultura compiten en intelectualismo. Si esto sigue así, se acerca el día en que aparezca una central para la reunión intelectual que decrete de forma espontánea la psicostasia general y el fin del mundo.
(Del diario del Cabaret Voltaire. Hugo Ball)
(Del diario del Cabaret Voltaire. Hugo Ball)


Era cómico verme poseído de aquel movimiento frenético de brazos, piernas y vuelos de tela. Me veía fugazmente reflejado en los apliques metálicos de las paredes y columnas de novísimo diseño. La carrera acabó en un gran mirador desde el que se veía la pista de despegue. Cuando llegué a ese lugar mi avión partía. Dejé de correr, era inútil. Posé las maletas en el suelo. Sin solución de continuidad, molesto por esta burla del destino, pateé una de las maletas que se volcó en suelo derramando su contenido. Maldición, pensé. Y lo repetí una y otra vez hasta que fui consciente de mi pulso excesivamente acelerado. No era para menos. Había corrido desde el mostrador de los coches de alquiler, en el parking, hasta aquí, cargado de malestas y vestido con un terno azul marino, una corbata roja, camisa blanca, zapatos negros y una gabardina gris. Ahora sudaba y la corbata me asfixiaba. Miré a mi alrederor. Una hilera de asientos de plástico miraba hacia el ventanal. Elegí uno y me senté en él. Desde mi asiento veía mis dos maletas en el suelo, una de ellas abierta. Su contenido estaba parcialmente esparcido. Era la maleta de la ropa y de los enseres de aseo. La otra, la que contanía las biblias, mantenía la verticalidad. La escena era deprimente. En uno de los asientos vacíos encontré un hoja toscamente impresa. Anunciaba un motel muy económico. Miré el panorama, mis maletas, mi cansancio, mi infortunio, mi cinismo mal disimulado, mi traje arrugado, mi gabardina sucia, mis zapatos sin lustrar. Decidí pasar la noche allí. Recogí torpemente el contenido de la maleta derramada y la cerré. Desandé lo andado, de nuevo en el mismo corredor de la terminal, con mis maletas y mi indumentaria de viajante. En la calle tomé un taxi y le di la dirección del motel.
