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miércoles, noviembre 21, 2007

21-IV [de 1916]


...En este momento hay una inmensa cantidad de intelecto de viaje; en particular hacia Suiza. Llueven las frases ingeniosas. Las cabezas giran e irradian fulgor etéreo. Hay un partido de los intelectuales, una política del intelecto, las sutilezas hacen realmente difícil la comunicación. "Nosotros los intelectuales" se ha convertido ya en la rúbrica del lenguaje coloquial y en la muletilla de los viajantes de comercio. Hay tirantes intelectuales, botones de camisa intelectuales, lo periódicos rebosan de intelecto y las secciones de cultura compiten en intelectualismo. Si esto sigue así, se acerca el día en que aparezca una central para la reunión intelectual que decrete de forma espontánea la psicostasia general y el fin del mundo.

(Del diario del Cabaret Voltaire. Hugo Ball)

domingo, diciembre 17, 2006

El silbido de Magnolio (Letanía)


Qué negra es la noche,
negra negra.
Y la piel
y la piel bajo la piel,
confundiéndose con sombras
y con redomas de obsidiana,
magmática piel, metamórfica,
negra como el té verde,
astringente,
astral como un sembrado de estrellas:
estrellas de corral,
estrellas al ajillo,
estrellas en pepitoria;
hulleras estrellas bajo la piel
sorbiendo la noche bajo la noche,
en un sillón de cuero oscuro:
estrellado,
negro negro.

Por Magnolio


lunes, mayo 22, 2006

De la antología Vacaciones en el Dodecaneso

(Escrito en una atenta instancia a la embajada griega)

MIDI ANATÓMICO

Desperté
de la pesadilla
y allí estabas tú,
desnuda.
Dilatada y maternal
como el mediodía
de un país agrícola.

Dormías.
No te desperté.

Fui a la cocina a por zumo
y cuando volví
nada había cambiado.
Allí estabas tú,
omnímoda.
Espaciosa y obvia
como un campo roturado.

Entonces despertaste.
Sin palabras.


Por Frank Deporto

lunes, mayo 15, 2006

De la antología "Agónica cosmogonía"

FE EN LO GROTESCO

(escrito en el techo de una autocaravana)

Un universo a medio
hacer
y la doble hélice
sigue
quemándose
a fuego lento.

Alguien lo ve
y ríe sin remedio.

Por Frank Deporto

viernes, marzo 31, 2006

De la antología urbanizaciones sin valla

Jardinismos manieristas
(Escrito en la garantía de una segadora)
La cesta vacía apuntaba
en dirección al bancal;
herbáceo, unívoco, fuerte
en su geométría, origen
manifiesto de la turbación.

Bajo un árbol, a la sombra,
una silueta desnuda, un pálido
y desvergonzado venero de pecas
que el hombre observaba de soslayo.
Apostura y humedad.

En la compostación sucesiva
el verde dejó de ser tal,
tornó a ocre, fue pasajero,
fue tiesa pieza separada
de un proceso distinto.
Por Frank Deporto

viernes, marzo 17, 2006

Caja de ingletes

De la antología del microcuento


(Impreso en 50.000 hojas de papel amarillo)


Era una ciudad de paso para mí. No había pernoctado antes en ella. Venía conduciendo de muy lejos en un coche alquilado para hacer uso de su aeropuerto, pero llegué tarde. Corrí por la terminal cargado de maletas y un periódico deportivo en el bolsillo de la gabardina. Era cómico verme poseído de aquel movimiento frenético de brazos, piernas y vuelos de tela. Me veía fugazmente reflejado en los apliques metálicos de las paredes y columnas de novísimo diseño. La carrera acabó en un gran mirador desde el que se veía la pista de despegue. Cuando llegué a ese lugar mi avión partía. Dejé de correr, era inútil. Posé las maletas en el suelo. Sin solución de continuidad, molesto por esta burla del destino, pateé una de las maletas que se volcó en suelo derramando su contenido. Maldición, pensé. Y lo repetí una y otra vez hasta que fui consciente de mi pulso excesivamente acelerado. No era para menos. Había corrido desde el mostrador de los coches de alquiler, en el parking, hasta aquí, cargado de malestas y vestido con un terno azul marino, una corbata roja, camisa blanca, zapatos negros y una gabardina gris. Ahora sudaba y la corbata me asfixiaba. Miré a mi alrederor. Una hilera de asientos de plástico miraba hacia el ventanal. Elegí uno y me senté en él. Desde mi asiento veía mis dos maletas en el suelo, una de ellas abierta. Su contenido estaba parcialmente esparcido. Era la maleta de la ropa y de los enseres de aseo. La otra, la que contanía las biblias, mantenía la verticalidad. La escena era deprimente. En uno de los asientos vacíos encontré un hoja toscamente impresa. Anunciaba un motel muy económico. Miré el panorama, mis maletas, mi cansancio, mi infortunio, mi cinismo mal disimulado, mi traje arrugado, mi gabardina sucia, mis zapatos sin lustrar. Decidí pasar la noche allí. Recogí torpemente el contenido de la maleta derramada y la cerré. Desandé lo andado, de nuevo en el mismo corredor de la terminal, con mis maletas y mi indumentaria de viajante. En la calle tomé un taxi y le di la dirección del motel.

No puedo evitar sentir fascinación por este barrio. Salgo de noche a pasear y las piernas me llevan de tugurio en tugurio como si estos ejercieran una especial atracción en mí. Y lo hacen sin dudarlo. La música, el humo, la desvergüenza. Hace dos meses que estoy aquí. No creo que abandone este lugar. La crisis ya pasó. Mi mujer estaba preocupada y terminó enviándo un detective en mi busca. Recuerdo a aquel tipo. Un hombre frío e enhiesto. Parecía un esputo verde. Estaba sentado en mi local favorito contemplando la escena. Mujeres ligeras de ropa bailaban al ritmo de una música asincopada. A aquellas horas de la noche ya iba por mi tercer gimlet. Me gustan los gimlet que preparan en ese antro. Siempre, sin excepción, se les va la mano con la lima. De pronto dejé de ver el escenario. El hombre esputo-verde estaba delante de mí. Me tendía una tarjeta. La cogí. "Jonás Miriñaque, detective privado". ¿Me puedo sentar? Adelante, siéntese. ¿Quiere tomar algo? No gracias. Respuesta enhiesta. Todo en él era así, alerta, astifino. ¿Qué clase de nombre es Jonás? El que me pusieron, respondió. Lo encuentro un poco kistch, disculpe mi sinceridad, es una reminiscencia laboral. Vendo biblias. Lo sé. Además, añadió, se llama Miguel Arcángel. Un tipo listo al que no le han hecho ningún favor con su nombre. Una cruz como otra cualquiera, dijo parco. El santoral está lleno de trampas, sentencié yo. El suyo no está nada mal. ¿Mi nombre? Sí. ¿Cómo lo supo? Mire bien la tarjeta, soy detective, mi vida consiste en manejar conocimientos desechables como ese. Parece usted cansado. Me ha costado encontrarle, amigo. ¿Está molesto por eso? No. ¿Quién le envía? ¿mi jefe? ¿el Opus Dei? Más sencillo, su esposa. Olvídelo, no voy a volver, ¿cree que podrá obligarme? No me han pagado lo suficiente. Entonces tome una copa conmigo. Lo siento, no puedo, he de coger un avión. Yo en su lugar iría al aeropuerto con tiempo. Así lo haré, dijo mientrs se levantaba. Buen viaje. Gracias. Y se fue como vino, confundiéndose en el humo. No me hago muchas ilusiones con respecto a mi mujer. Un día contratará a alguien con menos escrúpulos que Jonás el esputo verde. Pero ese día no ha llegado y, mientras tanto, disfruto de mi retiro de perdición. El infierno recuperado para mí. Humo, bailarinas exóticas, una vela a dios y otra al diablo, música desalmada cuajada de alma y alcohol en combinados mal hechos.


Por Frank Deporto

martes, enero 17, 2006

Diario de Frank

Ayer tomó posesión de su cargo, como presidenta de Liberia, Ellen Johnson-Sirleaf. 67 años licenciada por Harvard. Los liberianos, armados de un humor centenario, la llaman Mamá Ellen. Ellos esperan ser tratados como hijos queridos y planificados. A la ceremonia asistió lo más granado de la política africana: demócratas, monarcas tribales, dictadores, ludópatas, canívales conversos. También hubo el mundo desarrollado estuvo presente y no faltó la delegación de los Estados Unidos. Liberia es un país bajo la escrupulosa tutela norteamericana. Por eso la guerra no parece un problema cuando estalla, sólo es guerra y destrucción, nada irremediable. Diversidad de pigmentos y de tintes de pelo, estaba en la gloria polícroma. Ante todos los presentes y ante el pueblo, ausente y mintiéndose a sí mismo porque el mundo merece ese matiz irreal, prometió acabar con la corrupción y con las luchas intestinas. Yo me reí desde el fondo del auditorio. No lo hice por nada en concreto, ni siquiera lo hice con intención, fue una risa cuajada de madreperlas del caribe e involuntariedad. La cara inquisidora del embajador del Camerún que, en un susurro tenso, me conminó a callarme "la puta boca", acababa con cada uno de mis arrebatos. Apenas eran unos segundos por vez, pero fue algo que se repitía a cada párrafo del discurso. Hay palabras que en sí mismas me resultan muy cómicas desde niño: democracia, paz, concordia, igualdad, humanidad; incluso hay frases que me llaman a la reflexión y que sin embargo terminan igualmente en la carcajada sin sentido: no amputar por la fuerza el brazo del vecino, ser un buen samaritano es ser un buen liberiano, la vida vale más que los recursos naturales, asfaltaremos el país y potabilizaremos el agua de todas las aldeas, la solidaridad internacional es lo propio, ellos no quieren nuestros recursos naturales porque nos aprecian como personas, etc. El caso es que Mamá Ellen no llegó a pronunciar estas frases, al menos yo no las oí. Pero estoy seguro de que las pensaba. No se puede ser la primera presidenta de la historia de África y no pensar como cualquiera de sus predecesores. Ellos, todos varones, no habrían olvidado estos magníficos y cómicos principios. Mi país está a salvo: USA nos protege, África nos adora, Mamá Ellen nos acuna. Por si esto no fuera poco, los crepúsculos son espectaculares y las luminiscencias terrosas. Cuando llueve copiosamente, jugar descalzos sobre los charcos de lodo es algo impagable para los niños. El bufé frío no estuvo nada mal, aunque la carne de cerdo salpimentada no me deja dormir bien. Por eso no pegué ojo y me pasé toda la noche haciendo solitarios sobre la colcha de la cama. Mañana vuelvo a Gelberson, Nueva York, tardaré en volver a Liberia. Tengo miedo de los vuelos trasatlánticos cuando viajo en compañías patrias. Es como comprar un boleto de lotería premiado. Dormiré en el avión las horas de sueño perdidas, el miedo se disipará en una bruma dulce ilusoria, en el mismo lugar neboloso y absurdo del que mana.

Monrovia, 17 de enero de 2006.

domingo, noviembre 27, 2005

LA MUSA

Movimientos ortopédicos sobre 14 cm de metal, las musas nunca fueron eventuales, así que presumiblemente calzara un cuarenta y dos, desayunara Jack Daniels, cohabitara con diez felinos y abusara sin riesgo aparente del fondo de maquillaje. Ardor en los labios, impunidad en el corazón, escozor en las axilas y neumonía en los pulmones. 50kg de peso. Nocturna, diurna y circadiana. 12 tentativas suicidas y 1 atentado homicida. Cinco horas con Mario y perspectivas de futuro. Laxantes, barbitúricos y leche de soja. Artista en mayúsculas, asistente social a tiempo parcial. Evasiva, corrosiva y autolítica. Seda salvaje, piel de naranja. La metamorfosis de una oruga y la herencia de Harrison Ford. Purpurina en el ambiente. Exdrogadicta, especulativa y escocesa.

Titania Dimitrova