lunes, mayo 22, 2006

De la antología Vacaciones en el Dodecaneso

(Escrito en una atenta instancia a la embajada griega)

MIDI ANATÓMICO

Desperté
de la pesadilla
y allí estabas tú,
desnuda.
Dilatada y maternal
como el mediodía
de un país agrícola.

Dormías.
No te desperté.

Fui a la cocina a por zumo
y cuando volví
nada había cambiado.
Allí estabas tú,
omnímoda.
Espaciosa y obvia
como un campo roturado.

Entonces despertaste.
Sin palabras.


Por Frank Deporto

sábado, mayo 20, 2006

La estática de la endogamia III: el hombre mosca


(Publicado en un número 42 de La Gazeta Orange de la sociedad gastronómica Pechuga-Siglo XXI- PSXXI)

(Una consulta de psiquiatría a media mañana. Mobiliario de despacho: escritorio, dos sillas, perchero. Moqueta, paredes pastel. Dos personas. El Dr. Zack, dirigiendo la sesión, y Desmond, paciente. Una ventana, detrás de Zack, cuya persiana, otras veces a medio desplegar, está subida hasta el tope. Sobre el escritorio una mosca vuela incansablemente. Barroca. Desmond se ha despistado con ella. La contempla, enbebido, absorto, ligero).


DR. ZACK: Te gustaría palmearla, ¿verdad? Es un deseo irrefrenable, como un océano.
DESMOND: ¿Palmear...? ¿A la mosca?
DR. ZACK: A la mosca.
DESMOND: No, nada de eso. Las moscas son cojonudas. Me gustan. Para mi gusto hay pocas moscas en el mundo.
DR. ZACK: (escéptico) Ya.DESMOND: Otra cosa distinta sería que fuese una polilla. Me turba su voracidad. Si fuera una polilla la palmearía sin problemas. Podrían comerse una viga de madera y quedarse tan anchas. Putas polillas.
DR. ZACK: Ya (Abre un cajón del escritorio y revuelve dentro. Parece, sin verse, por el sonido a miscelánea, que es un pandemonuim de objetos huérfanos).
DESMOND: cenicientas, polvorientas, satisfechas de sí mismas...
DR. ZACK: Entiendo (sin prestar mucha atención a Desmond, continúa su pesquisa en el cajón. Ha encontrado algo. Lo saca. Es un sprai insecticida).
DESMOND: ...dañinas, destructoras, pringosas...¿Qué hace con eso?
DR. ZACK: (apunta el spray hacia el lugar por donde sobrevuela la mosca) Brown me lo dio hace tiempo...Resulta que su despacho era un imán para los insectos. Un misterio. Ya sabes...(no acaba de decicirse a pulverizar a la mosca. Remolonea apuntándola)...A Brown los misterios le ponen el vello de punta. Y como los enigmas no son lo suyo, decidió, como casi siempre hace, tirar por la calle de en medio... Insecticida (Zack guiña un ojo a Desmond y presiona el atomizador. La mosca hace su última pirueta antes de caer como un pequeño yunque de platero precipitado, en barrena. Tas. Desmond ha seguido la escena con los ojos. Ahora mira el cadáver de la mosca sobre un folio en blanco. Se hace un silencio incómodo. Detrás del Dr. Zack, en la ventana, se va materializando un fragmento. Es una plataforma. En ella un hombre con gafas de sol. El Dr. Zack, impasible mira a Desmond y Desmond desvía la mirada hacia la ventana. El hombre de la plataforma lo sonríe. Las gafas de sol evaporan sus estrechas facciones. El hombre echa mano de una botella de plástico azul que lleva adosada al cinturón, presiona el aplicador, rocía la superficie transparente del cristal con una sustancia jabonosa y comienza a trazar curvas, ángulos y rectas con el limpiacristales de aluminio. Este despliegue geométrico despierta un soniquete gomoso y agudo en el cristal. Desmond está hechizado. El silencio se hace denso en la consulta. Un par de trazos más y el hombre de la plataforma ha acabado. Final. Recoge satisfecho. Antes de irse una palma enguantada saluda a Desmond, la plataforma va despareciendo por el extremo superior de la ventana. Desmond vuelve a mirar el cadáver de la mosca. En su mente hay una peculiar concomitancia entre el hombre de las gafas de sol y ese diminuto cuerpo exánime. Zack carraspea.

DESMOND: cada día es usted más desagradable, Dr.
DR. ZACK: vamos, vamos, exageras.

(Fundido en negro).
Por Frank Deporto

jueves, mayo 18, 2006

De la antología "Contradicciones de base"

(Escrito en un saco de cinco kilos de sustrato)

CURIOSIDAD ARISTOTÉLICA

Tú que estás
delante
haciendo opaca
mi visión.
Aparta, deja
que mire
al otro lado.
Seamos razonables,
nosotros:
los platónicos.

Por Frank Deporto

lunes, mayo 15, 2006

De la antología "Yo no estuve en Nam"

(Escrito en un canto rodado)
Hay algo, pero es un tubérculo

Pensilvania
Una tarde indefinible
Anocheciendo
Después del trabajo y del ruido
Después del humo
Fluidos, ambos, inhumanos
Longitudes de onda diversas
Inopinadamente eléctricas
Bares abiertos
Penumbra
Música de fondo como resaca
Hombre estúpidos y sus estupidas ideas
Un tipo sentado
Volcán inactivo
En medio de Pensilvania
Una mujer trigueña
Casi güera
Se ha entregado a otro
Oye campanas
El volcán, el campanario
Proyectos sin trazar
Se tocan
En un punto X
Lejano
Diverso
Inopinadamente eléctrico
En Pensilvania
Por Frank Deporto

De la antología "Agónica cosmogonía"

FE EN LO GROTESCO

(escrito en el techo de una autocaravana)

Un universo a medio
hacer
y la doble hélice
sigue
quemándose
a fuego lento.

Alguien lo ve
y ríe sin remedio.

Por Frank Deporto

lunes, abril 24, 2006

La estática de la endogamia II: epifanía

(Escrito en los márgenes de un ejemplar del New Yorker)

(La consulta de un psiquiatra. Una mesa de madera, dos sillas, una puerta, cuatro paredes pintadas de azul turquesa, una ventana a medio abrir, una maceta; un reloj de pared en cuyo fondo, en grandes letras negras de imprenta, se lee: Remember Moscow; un calendario de la Nestle, un perchero, una americana de mezclilla con coderas de cuero colgada, un paragüero vacío, una papelera llena, orden obsesivo, pulcritud, limpieza y dos personas dentro. Desmond, persona número uno. El Dr Zack, persona número dos).

DR ZACK: A ver si lo he entendido bien, Desmond. Resulta que cuando entran en escena Tom, Peter, Paul, Mary, Johnny, Cooky, Mick, Rich, Sammy, Smooky, Dexter Von Dexter, Master Earth, Leña Woodworth o Sesión Doble de Curvas, lo hacen en solitario…
DESMOND: Así es.
DR ZACK: Pero los otros tres, esos que no nombraré porque te causan ansiedad, siempre aparecen en comandita.
DESMOND: Exacto, siempre juntos. Y además se pelean. Con ellos pierdo la calma, Dr.
Dr Zack: Interesante…

(Llaman a la puerta. Desmond y el Dr Zack se vuelven sobresaltados. Pareciera, por eso la inquietud, que los tres personajes mentados fueran a hacer acto de presencia. Una cabeza asoma tímidamente. Poco a poco la sigue un cuerpo mucho más firme y descarado. Hay un hombre en el umbral de la puerta. Desmond mira soprendido al Dr Zack y el Dr Zack, como queriendo abarcarlo todo, les mira alternativamente a ambos. Desmond, el hombre en la puerta, Desmond, el hombre en la puerta, Desmond, el hombre en la puerta).

HARRY PIXEL: Soy Harry Pixel.
DR ZACK: Encantado... ¿Y?
HARRY PIXELl: Pues eso, que soy Harry Pixel, qué más quiere. Harry Pixel, mi nombre. Pensé que se trataba de eso
DESMOND (Absorto, sorprendido, ebrio. Al Dr Zack): ¿Puede verlo, Dr?
DR ZACK (A Desmond) Tranquilo, es de verdad. (A sí mismo, por lo bajo) Madre del amor hermoso. (Recomponiéndose, se dirige de nuevo al extraño) Me temo que no le comprendo amigo. ¿Está usted bien? Espero que no se haya escapado de su cel...Cuarto…
HARRY PIXEL: ¿Cuarto? ¿A qué cuarto se refiere?
DR ZACK: Me refiero a un entorno agradable donde la gente con problemas puede tomarse las cosas con calma. Cálmese, amigo, todo se solucionará, deje que llame a unos amigos para que se sumen a esta agradable charla. (Descuelga el teléfono y comienza a marcar el número de una extensión).
HARRY PIXEL: Brown, es usted un tipo muy raro. Ya me habían prevenido.
DR ZACK: (Cuelga el teléfono) ¿Se refiere al Dr Brown?
HARRY PIXEL: Al mismo. Vengo a ver su ordenador.
DR ZACK: Dos puertas a la izquierda, se ha equivocado.
HARRY PIXEL: Ah (Descarada, firme y tímidamente inicia una maniobra inversa a la que lo introdujo en el despacho. No se ha despedido. La puerta se cierra con un sibilante sigilo reptiliano. Desmond mira al Dr Zack y el Dr Zack mira la puerta. Un breve instante de confusión y caos. Silencio. Al cabo de ese vano, el Dr Zack carraspea y se vuelve a Desmond).
DESMOND: ¿Está seguro de que no era de los míos?
DR ZACK: Absolutamente… (A sí mismo, por lo bajo) A menos que yo también esté como una jodida regadera. Cosa que no descarto.
DESMOND: Pues me quita un peso de encima. Se ha juntado en mí un coro de voces que empieza a ser ingobernable. No quiero ser descortés, pero no hay espacio para más. Pixel hubiera tenido que quedarse fuera.

(El Dr Zack se frota ojos, como si tratase de sacarles brillo. Perece cansado. Se apagan las luces).

lunes, abril 10, 2006

Cuando Bill colisionó con una joven nubil

(Escrito en una invitación de boda)

Escucha Bill. Seamos claros. Lo nuestro es un imposible en sus propios cimientos, así que, haciendo acopio de toda nuestra entereza, deberíamos conformarnos con este juego de serosas miradas. Tampoco es nuestro momento, ni nuestro banquete nupcial; a otros le corresponde el centro de la gravedad. Pero nuestro silencio lo dice todo. Me gusta como vistes, te gusta como me gusta, ambos nos gustamos, silentes, plácidos bajo la plácida luz artificial de un comedor, de una mesa a otra, manteniendo cerrado el circuito, sin fugas ni tocatas: de ti a mí, de mí a ti. No aprietes los labios, Bill, ese gesto delata tu impaciencia. ¿Qué podría ser de nosotros? Nadie lo iba a entender. Sin embargo las miradas no son independientes, forman parte de algo más complejo, algo perfectamente ensamblado. Eso me recuerda a cuando te imagino en el water. Tu mujer ha colocado papeles de periódico en el suelo porque el vaho no acaba de irse nunca. Maldito vaho. Sentado, mirando hacia el suelo, sin dirección, un punto azaroso en un momento de ligereza, ves las fotos de los periódicos. Ellas sí reflejan la independencia. No son nuestras miradas. En la sequedad que separa dos humedades, hay violencia, hay tristeza y desolación, hay rabia, hay orgullo, hay explosión, hay alegría y hay ciegos ojos de cristal. Todo independiente. Tu mujer ha tenido el poco tacto de dibujar un monigote en el espejo del baño. Maldito vaho. No se lo tienes en cuenta porque sus deslices habitualmente son mayores. Por ejemplo, en el suelo, junto al armario de las toallas, está la página de las esquelas, pareciera descansar en paz, mohína, sin matices. Un día, sin querer, reconociste la esquela de alguien conocido. La muerte acecha, pensaste en ese momento. Pero sólo se contempla la muerte en la vida. Por qué preocuparse si ella es tan independiente como las fotos del periódico, como la mismísima nada. Lo que sí te extraña y te preocupa se traduce en impaciencia. Tardan en traer el lechazo. O lo que quieran que sirvan. Particularmente, Bill, creo que el lechazo le iría bien a tu figura apolínea. Un hombre o rebosa o no es un hombre. Sé que sabes que lo pienso, por eso te miro, ¿a quién podría mirar en este erial varonil? A nadie más. Al jefe de la tribu. Al gran copulador. El hombre que perpetra la especie, que cubre a la tierra, la gran madre, con su simiente rocosa. Perdonarás que no me humedezca los labios en este momento. Se haría el silencio en el lugar y la atención, en un giro dramático inesperado, se volvería hacia este segmento de la recta. El nuestro, el tuyo y el mío. Suspiro por lo bajo. No tengo apetito contigo tan cerca. Cuando el día de hoy acabe, lo que sea que pasó habrá acabado con él. Tú y yo, nuestro segmento y nuestra electrólisis aeréa. Qué intenso fue todo, Bill.
Por Frank Deporto

miércoles, abril 05, 2006

De la antología Habladurías Permanentes

FILO-JONES (O EL ODIOSO RUMOR)
(Escrito en un sms-pásalo)

Así es,
parece que lo es
y que se deja ser.
Pero se diría ser magmático símil
semejando
a la mujer del César,
como materia
de sí mismo y de nada en concreto.

Como gime
Steve Jones.
Como el océano
y John Paul Jones.
Como el cínico trópico
de ida y vuelta de James Jones.
Como aquel tipo meloso
que precedía melosamente a la señora Jones.

Así lo es,
no siéndolo
pero aproximándolo,
compitiendo por remedarse
en cada vuelta de tuerca;
a cada tic con su tac
en el reloj
lógico-positivo
del tiempo.
Por Frank Deporto


viernes, marzo 31, 2006

De la antología urbanizaciones sin valla

Jardinismos manieristas
(Escrito en la garantía de una segadora)
La cesta vacía apuntaba
en dirección al bancal;
herbáceo, unívoco, fuerte
en su geométría, origen
manifiesto de la turbación.

Bajo un árbol, a la sombra,
una silueta desnuda, un pálido
y desvergonzado venero de pecas
que el hombre observaba de soslayo.
Apostura y humedad.

En la compostación sucesiva
el verde dejó de ser tal,
tornó a ocre, fue pasajero,
fue tiesa pieza separada
de un proceso distinto.
Por Frank Deporto

miércoles, marzo 29, 2006

La estática de la endogamia


(Escrito en una maceta de terracota)

[Una estancia cúbica. Dos personas dentro sentadas en sendas sillas. Un recio escritorio de roble los separa y estable entre ellos una jerarquía que se hace sustancial en la calidad y comodidad de sus asientos. Desmond es el paciente, el Dr. Zack pasa consulta. Detrás del Dr. Zack hay una ventana en cuyo alféizar languidece un ficus. Una mosca sobrevuela alrededor. Falta una hora para mediodía. Por la persiana a medio cerrar penetra un haz de luz solar que revela una columna de partículas flotantes].

DESMOND: ¿Puedo hacerle una pregunta, doctor?
DR. ZACK: Adelante, te escucho.
DESMOND: Verá, es una duda que me asalta últimamente y que no sé cómo interpretar. ¿Por qué todos los mamelucos me parecen iguales?
DR. ZACK: No sé si me gusta que emplees esa palabra.
DESMOND: Quiere decir que no.
DR. ZACK: Cierto, no me acaba de convencer.
DESMOND: Puedo cambiarla por otra.
DR. ZACK: Hagamos la prueba, a ver qué ocurre.
DESMOND: De acuerdo...¿Qué tal babuinos?
DR. ZACK: Tampoco.
DESMOND: A veces me cabrea usted, doctor.
DR. ZACK: Qué quieres que te diga, Desmond, me suenan igual; incómodas en tu boca.
DESMOND: Estupendo, a este paso acabará dejándome sin vocabulario.
DR. ZACK: No te preocupes, encontraremos una palabra adecuada a tu talla...Veamos, ¿qué tal taladro?
DESMOND: No sé...
DR. ZACK: ¡Es perfecta! Consultemos a Brown...[Descuelga el teléfono. Alguien contesta. Del auricular escapa un rumor sibilante. Desmond se entretiene con la mosca]...¿Brown? Zack, dígame ¿qué le parece taladro?...Claro, sin duda, naturalmente... [El doctor Zack observa a Desmond. Una mueca inidentificable deforma su cara]... como palabra, como palabra...Ajá, ajá...sí...Tiene razón, sustantivo, sí, sustantivo...Muy bien Brown, gracias [Cuelga. A Desmond] A Brown le encanta.
DESMOND: En ese caso...
DR. ZACK: Adelante, expúlselo.
DESMOND: Tengo una duda...Verá...¿Por qué todos los taladros me parecen iguales?
DR. ZACK: No sé qué decirte al respecto. Se me ocurre que parece una cuestión estructural, un mínimo común múltiplo; rotor, motor, carcasa, pulsador encendido/apagado, fuente de alimentación, empuñadura, broca...Hablaríamos de un bien fungible...
[Suena un timbre que pone fin a la consulta].

Por Frank Deporto

domingo, marzo 26, 2006

De la antología Temblar por Temblar

Carcasa

(Poema-entrada a un espectáculo de quema de libros)

Vivo en un caos
sin Dios definido
en el que abundan
centrífugos los ciclos.

Yo otoño, yo invierno,
yo primavera, yo verano.

Vivo en el constante,
pugnaz recuerdo,
de mi naturaleza
cambiante y finita.

Aquel tiempo, aquel día,
aquella vez, aquella perspectiva.

Por Frank Deporto

De la antología Temblar por Temblar


Metalenguaje

(Grabado a fuego -hierro candente- en los cuartos traseros de una vaca holandesa)

El arte
mayor
me causa
ansiedad

El arte
menor
me resulta
escaso.

El arte
-en general-
me vuelve
paradójico.

Por Frank Deporto




viernes, marzo 24, 2006

De la antología Temblores Profundos


Strangelove el filibustero

(Serigrafiado en una camiseta blanca de algodón)

Que mi tesoro
no sea una conquista
sino un final.

Que mi buque
navegue tus aguas
verdeazuladas.

Que mi sangre
sea derramada
en cada abordaje.

Que mi espíritu
golpee las paredes
de la carne.

Que en mi presencia
se encienda el arrebol
en tus mejillas.

Que mi torso
desnudo reclame
húmedo el salitre.

Que mi destino
venga siempre de ti,
sima profunda.

Por Frank Deporto...en homenaje a Srta Almendras

jueves, marzo 23, 2006

Yogur con trocitos I

Mi relación con los hombres siempre ha sido desastrosa. Todo se remonta a mi época como chica “Twiggy”, por aquel entonces era asidua al uso indiscriminado de coloretes, al consumo de galletas con fibra y a falsificar la firma de papá. Con un fingido aire de indiferencia y enfundada en unos blue jeans dos tallas inferiores a la mía que amenazaban con cortarme la digestión, traspasaba firmemente la barrera de la adolescencia y la de un gigantesco mastodonte sin mayores expectativas que la de permanecer erguido en la misma posición durante horas, algo así como un mimo pero con mejor salario. Sin embargo, adentrarme en aquellos tugurios nocturnos atestados de gente dispuesta a invitarme a un par de copas, era una tarea complicada que requería un ensayo riguroso frente al espejo del cuarto de baño el cual constituía por aquellos tiempos mi trinchera y era el fiel testigo de mi ya creciente trastorno bipolar.



El “Noche Alegría” era uno de esos antros dignos de una redada policial: pastillas de diseño, imitaciones de Prada en forma de bolsos, zapatos y pañuelos de seda y lo que era mucho más preocupante, mi estómago de High School. No obstante, tenía todo bajo control y saqué el paquete de Ducados que robé de la caja de herramientas de papá al salir apresuradamente de casa. Ambos compartíamos domicilio por orden del fiscal de menores. Adoraba aquel aire transgresor que intentaba exhalar por la boca sin éxito y que se desviaba indefectiblemente por las fosas nasales (aprender a tragarme el humo era cuestión de semanas). Sabedora de que la gente fumaba cigarrillos rubios, Ducados me aseguraba no pasar inadvertida entre la muchedumbre. En estas circunstancias los hechos se sucedían según lo esperado:

-
¡Oh vaya!, ¿pero qué tenemos por aquí? Deja que te encienda el cigarrillo nena.
- Gracias – Mentiría si dijese que no me sentía halagada en aquellos intentos de apareamiento-
- Dime, ¿dónde te dejaste a tu acompañante?
- Vine sólo con unas amigas, son las que están en la barra. –Me avergonzaba de esas chicas, bebían sin moderación y perdían los pocos modales que pudieran tener, pero no podía fingir no conocerlas cuando una de ellas me saludaba desde la barra haciendo muecas ininteligibles a cerca del aspecto del hombre que quedaba de espaldas a ella.
- ¿Sabes? Es la primera vez que entro en este local, de saber que tú estabas por aquí me hubiera dejado caer mucho antes.
- Entiendo. –Era evidente que estaba ganando terreno, no podía dejarme llevar por sus precarias insinuaciones. Los acúmulos de saliva en las comisuras de sus labios desviaban mi atención, era como si lanzara desde su boca proyectiles de trocitos de muesli. Esto me exigía mantener una distancia prudencial del foco de emisión de los restos de su merienda.-
- Veo que eres una chica tímida y que yo soy un auténtico desastre, ¿cómo no presentarme antes? Me llamo Steven, trabajo en la panadería de la esquina con St George street ¿y tu nombre es...?
- Myrna, yo no trabajo estoy dándome una tregua. – Adoraba inventarme nombres, la semana pasada había sido Jennifer Aniston sin levantar ninguna sospechosa.-
- Precioso nombre. –El contacto de sus viscosos labios sobre mi cara consiguieron avivarme, había llegado la hora de hacer desaparecer al tal hombre-panadero. Necesitaba un Deus ex Machina, un punto de apoyo que me ayudara a salir vigorosa de aquella inaguantable situación antes de que Steven Muesli comenzara a hablarme de ensaimadas, mermelada de frambuesa y barras de pan con forma de cocodrilo. Mis amigas llevaban más de media hora en el baño, sabía que no podía contar con ellas. Rápidamente advertí que mi Deus sangraba, se trataba de un grano de acné hemorrágico en uno de los mofletes del panadero. Debía informarle de lo que acontecía antes de que un reguero de sangre dibujase una curva sinuosa que terminaría en el cuello de su camisa.-
- Steven, creo que...tienes algo en la cara. Quizás te haya picado un mosquito, te sale sangre de la mejilla, será mejor que te limpies antes de que se manche tu camisa. –Mencionar el acné hubiera resultado un tanto ofensivo-
-
Gracias bombón, voy al aseo, enseguida estoy de vuelta contigo.
- Sí, tranquilo te espero aquí.


Salí sin demora del “Noche Alegría” dejando atrás la coagulación de un grano y a un grupo de chicas decorando su cuerpo con tatuajes falsos. Convencida de que el mundo esperaba algo más de mí, la única solución era poner tierra por medio, trasladarse a New Jersey donde podría regentar un gran salón de belleza y olvidar así a la pelandusca de Cora. Llamé a papá desde una cabina comunicándole que dejaba mis estudios superiores para empezar un curso de esteticién a distancia. Por fin, un halo de esperanza.

Por Titania Dimitrova



De la antología Temblores irracionales



Pantorrillas sine die

(Escrito en la pulida superficie de una estatua ecuestre)

La extrema contorsión
del gimnofilósofo
fue tal, que en el espacio
marginal resultante
se produjo un desprendimiento
de la realidad.

Dicho y hecho, pérfida, risueña,
una descarada mancha de Nocilla,
apareció la alborada.
-Baudios, claudios,
saurios, asirios-
dijo antes de estallar
en una fragante carcajada.

Al reír, como si un soplo
sin dirección manejase la hilatura
elemental del movimiento,
su melena era un trémolo.

Por Frank Deporto

martes, marzo 21, 2006

De la antología Temblores racionales



(Escrito en la barra de un garito de Gelberson)


Lechuga en 25 sílabas

Temo
que tu
cabello
grana de bruja
ancestral
lo queme
todo a mi
alrededor.

Temo
que tu
lengua
sinuosa
de sierpe
arañe los
conceptos
elementales.

Temo
de un
temor
aéreo
a tu
hortícola
sentimiento
desatado.

Temo
porque
temer por
la retórica
alumbra
mi espíritu
de sordas
brasas.

Temo
al fin
que hundas
un dedo
en mi ojo
y escarbes
con saña
aventurera


Por Frank Deporto

lunes, marzo 20, 2006

Cien años de flora intestinal

(Publicado en el número 12 de la Revista Crítica del Sindicato de Jardineros)

I

¡Ladino! ¡Ladino! Esa es la palabra que le ha estado rondando durante horas. Media jornada laboral en su busca y al final, después de tantos requiebros mentales, de todas las idas y venidas vadeando la callosidad de su propio cerebro, la palabra se ha concretado y la burlona vacuidad de las cuatro casillas en blanco ha sido colmada. Jonás puede irse a casa satisfecho. Tiene apetito.

II

La mujer entró en el despacho acompañada de su aspecto amenazador e implacable. Jonás pensó en losas de hormigón. Antes del procedimiento estándar, se saludaron cortesmente. ¿Puedo ayudarla? Puede. Dígame. Le digo. Adelante. Regento, dijo ella por fin, un mugriento motel. No me importa en absoluto la suciedad porque de todo puede hacerse dinero. Yo lo hago. De vez en cuando tengo algún problema de impago. Entiendo, interrumpió Jonás Miriñaque. Bagatelas, no he venido a hablarle de eso, después de todo no es nada que no pueda sisarse del bolsillo de otro cliente; usted ya me entiende, para cuadrar el balance contable. El problema del que quiero tratar con usted ocurrió por mi condición de mujer solitaria. No hablo de esa clase de soledad en la que toda compañía es odiosa, entiéndame. Estoy sola porque el desgraciado de mi marido se largó hace años con una fulana. Y, como usted puede comprobar, soy una mujer. Jonás Miriñaque dedicó un ligero escrutinio instintivo a la figura de la mujer. Dobleces, sinuosidades y más amenazas apuntó. Continúe. Hace unos meses llegó al motel un hombre. Le ahorraré los detalles. Él y yo nos encamamos. Meses y meses de carnalidad hasta que huyó. Y no lo hizo sin más. Se llevó el contenido de mi caja de resistencia. Quiero que usted lo encuentre. Delo por hecho. Su nombre es Michael Gondor. Es blanco, es negro y se dejó olvidado el pasaporte. ¿Blanco y negro? Albino. La mujer le tendió un viejo pasaporte. Liberia, interesante, quizás sea falso. También dejó este libro. ¿Un diccionario de sinónimos? Sí, dijo que era escritor, si se fija bien verá que en la solapa hay una dirección manuscrita. Lo investigaré. Investíguelo. Lo haré. ¿Le dejo quinintos a cuenta? Déjeme mil si no le importa. Es usted un descarado. No lo sabe bien. La mujer abrió su bolso, sacó su cartera y depositó dos billetes de quinientos sobre la mesa. La llamaré. Espero su llamada, dijo ella aflojando coquetamente el hormigón. Al abrirse la puerta sonó una campanilla que, como siempre, hizo sonréir a Jonás. Le gustaba sentirse como en una tienda de golosinas.

III

En cuanto llegó a su despacho, Jonás descolgó el teléfono para marcar el número del servicio meteorológico. Una rutina diaria. Al otro lado del hilo telefónico respondió la voz de una mujer joven. Hoy cielo encapotado y nubosidad variable. ¿Y mañana? Lluvia. ¿Y pasado? Más lluvia. Colgó el teléfono con cierto grado de violencia. Jonás detesta los días de lluvia tanto como recibir un golpe en el mentón. De repente sonó el teléfono. Se asustó, pero, rehaciéndose de la impresión inicial, contestó. Era la recepcionista del edificio y que también recoge sus recados. Tienes visita. ¿Quién es? Una mujer que pregunta por ti. ¿Y cómo es? Jonás no se fía ni de su sombra. No sé qué decirte. Una palabra bastará. Está bien, hormigón, diría que es de hormigón. Hazla pasar.



IV

Detective y periódico en el autobús. La trama está casi completa con solo colocar un signo aquí y otro allí. Pero el meollo se resiste. Ha localizado el nudo gordiano en cuatro casillas en blanco que incapacitan la mayor de once, la sucesiva de seis y una tercera y no menos frustrante de nueve. Una señora se levanta a su lado. ¿Me permite, caballero? Es mi parada. Jonás regresa de la ensoñación justo para darse cuenta de algo. ¡Es la mía también!


V

Lo que parecía un sueño pesado despierta a Jonás. La realidad es muy distinta; ha sido el radio-despertador coreano sonando con evidente grandilocuencia. Del piso de arriba llegan unos golpes que le apremian a apagarlo. Jonás lo apaga y se levanta de la cama. Se siente romo. Camina por el pasillo hasta llegar a la cocina. Abre la nevera. Lo que ve le convence de que es mejor no desayunar hoy. Entra en le baño, se desnuda, se ducha y se vuelve a vestir tan gris como le es posible hacerlo. Al salir de casa tropieza en el umbral de su puerta con el periódico del día. Lo enrolla y lo guarda en uno de los bolsillos de la gabardina. En la calle camina unos metros hasta la parada del autobús, durante el trayecto, tropieza dos veces con el mismo bonzo que vende flores. Cuando está a punto de tomarle cariño, llega el autobús. No es el día ni la hora para la hermandad.

VI

Es casi mediodía. Astuto, taimado, astuto, taimado, astuto, taimado. Nada. Jonás Miriñaque mira al techo retrepado en su silla giratoria. Vamos, vamos, se dice por lo bajo. En el escritorio hay un bote lleno de lápices, bolígrafos y rotuladores, un periódico desplegado, un teléfono y los dos únicos indicios de la existencia de un hombre llamado Michael Gondor. Se siente estallar. De pronto la quietud se rompe por un repentino ataque de ira. El violento manotazo de Jonás derriba todo lo que ocupaba la superficie del escritorio. Jonás es un tipo en su punto de ebullición. Sin embargo la cólera pasa rápido. Le ocurre a menudo, como llega, se va. Arrepentido se levanta a recoger los objetos que ha derribado. El libro de Gondor está abierto sobre la moqueta. Cuando va a recogerlo, cae en la cuenta de la palabra que le falta para romper la resistencia del crucigrama. Astuto, taimado: ladino.

Por Frank Deporto

viernes, marzo 17, 2006

Caja de ingletes

De la antología del microcuento


(Impreso en 50.000 hojas de papel amarillo)


Era una ciudad de paso para mí. No había pernoctado antes en ella. Venía conduciendo de muy lejos en un coche alquilado para hacer uso de su aeropuerto, pero llegué tarde. Corrí por la terminal cargado de maletas y un periódico deportivo en el bolsillo de la gabardina. Era cómico verme poseído de aquel movimiento frenético de brazos, piernas y vuelos de tela. Me veía fugazmente reflejado en los apliques metálicos de las paredes y columnas de novísimo diseño. La carrera acabó en un gran mirador desde el que se veía la pista de despegue. Cuando llegué a ese lugar mi avión partía. Dejé de correr, era inútil. Posé las maletas en el suelo. Sin solución de continuidad, molesto por esta burla del destino, pateé una de las maletas que se volcó en suelo derramando su contenido. Maldición, pensé. Y lo repetí una y otra vez hasta que fui consciente de mi pulso excesivamente acelerado. No era para menos. Había corrido desde el mostrador de los coches de alquiler, en el parking, hasta aquí, cargado de malestas y vestido con un terno azul marino, una corbata roja, camisa blanca, zapatos negros y una gabardina gris. Ahora sudaba y la corbata me asfixiaba. Miré a mi alrederor. Una hilera de asientos de plástico miraba hacia el ventanal. Elegí uno y me senté en él. Desde mi asiento veía mis dos maletas en el suelo, una de ellas abierta. Su contenido estaba parcialmente esparcido. Era la maleta de la ropa y de los enseres de aseo. La otra, la que contanía las biblias, mantenía la verticalidad. La escena era deprimente. En uno de los asientos vacíos encontré un hoja toscamente impresa. Anunciaba un motel muy económico. Miré el panorama, mis maletas, mi cansancio, mi infortunio, mi cinismo mal disimulado, mi traje arrugado, mi gabardina sucia, mis zapatos sin lustrar. Decidí pasar la noche allí. Recogí torpemente el contenido de la maleta derramada y la cerré. Desandé lo andado, de nuevo en el mismo corredor de la terminal, con mis maletas y mi indumentaria de viajante. En la calle tomé un taxi y le di la dirección del motel.

No puedo evitar sentir fascinación por este barrio. Salgo de noche a pasear y las piernas me llevan de tugurio en tugurio como si estos ejercieran una especial atracción en mí. Y lo hacen sin dudarlo. La música, el humo, la desvergüenza. Hace dos meses que estoy aquí. No creo que abandone este lugar. La crisis ya pasó. Mi mujer estaba preocupada y terminó enviándo un detective en mi busca. Recuerdo a aquel tipo. Un hombre frío e enhiesto. Parecía un esputo verde. Estaba sentado en mi local favorito contemplando la escena. Mujeres ligeras de ropa bailaban al ritmo de una música asincopada. A aquellas horas de la noche ya iba por mi tercer gimlet. Me gustan los gimlet que preparan en ese antro. Siempre, sin excepción, se les va la mano con la lima. De pronto dejé de ver el escenario. El hombre esputo-verde estaba delante de mí. Me tendía una tarjeta. La cogí. "Jonás Miriñaque, detective privado". ¿Me puedo sentar? Adelante, siéntese. ¿Quiere tomar algo? No gracias. Respuesta enhiesta. Todo en él era así, alerta, astifino. ¿Qué clase de nombre es Jonás? El que me pusieron, respondió. Lo encuentro un poco kistch, disculpe mi sinceridad, es una reminiscencia laboral. Vendo biblias. Lo sé. Además, añadió, se llama Miguel Arcángel. Un tipo listo al que no le han hecho ningún favor con su nombre. Una cruz como otra cualquiera, dijo parco. El santoral está lleno de trampas, sentencié yo. El suyo no está nada mal. ¿Mi nombre? Sí. ¿Cómo lo supo? Mire bien la tarjeta, soy detective, mi vida consiste en manejar conocimientos desechables como ese. Parece usted cansado. Me ha costado encontrarle, amigo. ¿Está molesto por eso? No. ¿Quién le envía? ¿mi jefe? ¿el Opus Dei? Más sencillo, su esposa. Olvídelo, no voy a volver, ¿cree que podrá obligarme? No me han pagado lo suficiente. Entonces tome una copa conmigo. Lo siento, no puedo, he de coger un avión. Yo en su lugar iría al aeropuerto con tiempo. Así lo haré, dijo mientrs se levantaba. Buen viaje. Gracias. Y se fue como vino, confundiéndose en el humo. No me hago muchas ilusiones con respecto a mi mujer. Un día contratará a alguien con menos escrúpulos que Jonás el esputo verde. Pero ese día no ha llegado y, mientras tanto, disfruto de mi retiro de perdición. El infierno recuperado para mí. Humo, bailarinas exóticas, una vela a dios y otra al diablo, música desalmada cuajada de alma y alcohol en combinados mal hechos.


Por Frank Deporto

martes, marzo 07, 2006

De la antología de los despertares oníricos



CANTO MARIACHI

¿Hueso sacro?

Hablábamos del sacro...y apareció el himno

"Una cruz de Caravaca en la uretra

Doscientas chinchetas en el páncreas

Una reunión de la UNESCO en la séptima vértebra

Bizcocho en las mejillas

Un frigorífico en el sacro, limonadas en el esternón

Dos barras de pegamento y medio en la vejiga

Gargantas en la oreja

Riñones en los pies

Quince mariachis en el ano

Y otro mariachi más atascado en el esfínter

PHIL BALASTO: y encima cantan! Peor que las hemorroides.

Un moro en el ventrículo izquierdo

Un checheno en la aurícula derecha

Bin Laden escondido en la aorta de un fulano

PHIL BALASTO: por mencionar ese nombre, nos espiará la ASN, Srta Dixon
NATACHA DIXON: -Filipinos en la tráquea-. ¿Crees que pueden vernos?
PHIL BALASTO: La culpa es mía, no importa, saluda a los espías
NATACHA DIXON: Hola, amigos!
PHIL BALASTO: -Doce caniches en la nuca-. Hi, Folks!!
NATACHA DIXON: venid chicos, hemos encontrado a Bin Laden
PHIL BALASTO: tendréis que meter una unidad de Delta Force en…la… vena cava
NATAXA DIXON: no sé si lo encontrarán, ¿hay conexión?
PHIL BALASTO: la operación es complicada, quizás si le retiramos los inmunodepresores el propio cuerpo se calce el sólo a Bin Laden.
NATAXA DIXON: es que estoy viendo que se va a enquistar ahí dentro
PHIL BALASTO: quizás se mueva por el riego sanguíneo y se cuele en un capilar de una oreja. Si se mete ahí no aparecerá el cabrón.
NATACHA DIXON: jamás lo encontrán, es un tío audaz sabe por dónde circular
PHIL BALASTO: ampútemos esa oreja, seguro que el cirujano se hace un llavero con Bin Laden. Bin "Pabellón auditivo" Laden.
NATACHA DIXON: imagino al cirujano subiendo a su ferrari
PHIL BALASTO: y sacando sus llaves.....Ahí estará Bin Laden, trasparentándose en una oreja. Como cuando aplicamos el foco de una linterna y se ve la piel, el cartílago, todo rojo. Se hará el chulo delante de las enfermeras.
NATACHA DIXON: a la enferma Albañil le cautivará, aunque ame a Gómez Huidobro.
PHIL BALASTO: un buen polvo cirujano no se lo quita nadie.

Así que el cirujano irá fardando por el hospital porque tiene un llavero con nombre. Y los niños le irán a preguntar -¿cómo se llama su llavero, Señor?-. Él, les revolverá el pelo, les llamará pilluelos y les dirá el nombre:

CIRUJANO ESCOLTA-A: Binkeys, el llavero. A veces habla en árabe.
NIÑO-MANISES: ¿de veras, señor?
CIRUJANO ESCOLTA-A: claro, ven, escucha
BINKEYS: 3"$·$%$·!FEDRQ$$·!$·$·"EWDQW. 234·"!$D. EWDW Hijoputasácamedeaquí·$%$!"$·

El cirujano y el niño sonreirán

PHIL BALASTO: vaya coito Srta Dixon, estoy exhausto
NATACHA DIXON: descansa darling, es suficiente por hoy
PHIL BALASTO: cielito lindo…eso cantan los mariachis del ano
NATACHA DIXON: me fumaré el piti post coito
PHIL BALASTO: dame una calada
NATACHA DIXON: no, no sabes fumar
PHIL BALASTO: no hemos dicho nada de los pulmones, los hemos respetado.
NATACHA DIXON: es tu hora, recoge las cosas
PHIL BALASTO: me echas como una mantis religiosa. Después de la fecundación para que te quiero macho marchoso.

En ese momento la mantis tiene una feliz idea.

NATACHA DIXON: por qué no comérmelo

Cuando el macho se va cariacontecido, ella lo llama

NATACHA DIXON: ¡macho, vuelvee!

El sonríe, confiaba en sus encantos.
Se acerca a ella, ella enseña su pierna y....Le pega un bocado en el cuello

NATACHA DIXON: saben bien los machos. Ñam ñam ñam byebye Mr macho

Dicen, que yo lo que tengo mal es la vista, cada vez más borrosa. Cómo mirar continuamente a través de una niebla...

Por Frank Deporto

sábado, marzo 04, 2006

Detectividad urbana


Niña-tanque

(Escrito en el banco de un parque con un Staedler permanent negro)

Iba andando por la ciudad sin rumbo ni intención cuando te vi. Caminabas perdida, con la desgana habitual, doblez, delgadez, lánguidez; por eso no reparaste en mí ni en nadie. La realidad era una unidad y tu realidad otra muy distinta. Por mi parte, había encontrado la ruta de salida de mi tedio y la iba a transitar. Las cosas suelen ser casuales hasta morir de sí mismas, por eso decidí seguirte sin hacerme preguntas y sin hacerme reflexiones, a ti que la sombra de tu sombra ni es sombra ni es nada más ni menos que una línea mal pintada, un trazo nocturno, a lo sumo, en las perspectiva de una calle. Hacía tiempo que no te veía, mientras nos movíamos, yo te seguía desde el hectómetro, iba pensando en tus cambios. No eran muchos, sólo dos, pero sí significativos. El tinte de pelo el más traumático de todos. Tenías el pelo azul. No de un azul cualquiera, nada de eso, no lo permitirías, el tuyo era un azul metálico, esa clase de matiz en la gama del azul tan insólito y tan automovilístico que, por la fuerza de un absurdo mayor y más complejo, obliga indefectibemente a colocarse unas lentillas a juego. Esa fue mi intuición. Como es lógico no podría asegurarlo a ciencia cierta, pero permancía en mí esa creencia, esa fe monocromática que vale tanto como un caudal de casualidad precipitante. Me daba lo mismo pensar que era cierto tanto como que no. Si me acercaba a ti me descubrirías y torcerías el gesto, yo averiguaría el color de tus ojos edulcorados o no y todo, toda la emoción, el suspense, el celo hermético y la sensación agridulce de no ser descubierto en una travesura, se habría ido al traste. Por eso sabía que llevabas lentillas a juego con el color de tu pelo, lo sabía porque era necesario que la verdad se condujese por esa estrecha vereda, tan práctica y tan conveniente para mí que no podría pensarla de otro modo. Caminamos dos manzanas más sin cambiar de rumbo, tú continuabas manejando tu propio conjunto cuyos bordes no rozaban ningún otro, yo admiraba un hectómetro después ese conjunto paralelo, hasta que apareció un cruce a izquierda por el que torcimos. Era una calle peatonal aunque poco transitada a esa hora del día. Al final terminaba en un parque. En el trayecto que cubría el inicio de la calle de la entrada del parque, se extendía una zona residencial plagada de bajos comerciales cerrados y abandonados. De todos los locales que se veían, sólo uno mantenía su actividad. Era un estanco. Deseé instintivamente que no entraras en él, sin embargo ya sabía de antemano que lo tuyo no era recibir órdenes ni consejos. Toda una garantía para que en mi mente imaginase cómo se desplegaba una alfombra roja que terminaba en tus pies. No aceptas órdenes verbales y no aceptas deseos silenciosos e inexistentes. No habías cambiado nada. Sólo tu pelo y tus lentillas virtuales. Entraste en el estanco. Yo esperé fuera, en la rígida e inicial distancia hectométrica , repasándome las uñas con los dientes apoyado en una pared encalada que seguro que dejaría una marca en mi chaqueta. Tardaste quince minutos. No quise hacerme preguntas supérfluas. Mejor no. El tiempo vuela cuando se trata de expender una cajetilla de tabaco. Al salir te detuviste en la puerta y miraste en mí dirección. El hectómetro me delataba, maldición, me habías descubierto. Me hiciste una señal con la mano que parecía decir: anda ven aquí Philip Marlowe. Y fui, con la cabeza gacha me acerqué lentamente. Pero tú ya caminabas hacia el parque . Te seguí hasta un banco en cuyo respaldo te habias sentado. Cuando llegué a tu altura comprobé con satisfacción el largo de tu falda, el rojo Crayola de tus labios y los pendientes que te regaló tu hermana. Eras toda tú con una excepción: tus pelo era azul metálico y tus ojos le iban a juego. El cigarrillo que acababas de encender colgaba como un pingajo de tu boca. Más doblez, más delgadez y más languidez. ¿Te gustó mirarme, salidillo?, preguntaste sin despegar el cigarrillo de tus labios. Con la cabeza gacha, sonrojado en mi treintena y en un hilillo de voz respondí: Sí.
Por Frank Deporto

sábado, febrero 18, 2006

De la Antología poética África desvelada

(Escrito en la primera página de un diario deportivo)

No tan al sur como el Kilimanjaro

Fue nocturno de chispa nocturna,
texturas oscuras, empeño,
anhelo y vulturno.
Eran nubios.
Al principio pensé que sólo había uno
y me equivocaba. A una lanza,
madera y hierro del Sudán,
le seguía otra y otra más
en tumultuosa procesión.
Una tribu.
O un clan, O una raza,
O una taza de pecas unívocas.
Lo cierto es que acechaban
con gesto de acechar
y movimientos de acecho.
Y yo nocturno,
ojo avizor, los vi llegar.
Recuerdo que pensé:
"El primero es pan comido,
podría con él incluso dormido."
Pero los nubios se retroalimentan
y engordan con el número.
No me agradaron sus calcáreas sonrisas,
su mal disimulada desnudez,
sus modales desenvueltos,
su ideario meridional
ni, para qué negarlo,
el filo de sus fórmulas de cortesía.
Por eso me estremecí,
no me gustaron en su conjunto.
Así que llegó la fuga.
Me hice el dormido, nocturno,
y alcancé el interruptor a voz en grito:
"¡Los nubios, están aquí los nubios!"
La bombilla hizo la luz
en la zona media de la razón,
como un chispazo nocturno,
y los nubios huyeron
dejando atrás la taquicardia.
La mía, no la nubia.

Por Frank Deporto

viernes, febrero 10, 2006

Ausencia de causalidad en la Francia prerrevolucionaria


De La antología del microcuento

(Encontrado en la libreta de pedidos de una camarera)

Cuando el siervo alsaciano acabó de recorrer con sus aceitosas manos las 1253,4 varas de espalda señorial y pilosa -evidente exageración- sonó de la boca horizontal, inarticulado, autónomo, sincero por liberal, un gemido de conformidad. Al tiempo que esto ocurría, sin aparente conexión entre un hecho y otro, de la pared aneja, un cuadro sostenido de una endeble y herrumbrosa escarpia caía al suelo desencajándose bruscamente.

-¡Mi Watteu! ¡Mi Watteau!- Gritó el vizconde contrito a la par que relajado.


Por Frank Deporto

lunes, febrero 06, 2006

De la antología Ley y orden.


EL FBI TE PROTEGE

(Poema encontrado en el dorso de un recibo del gas).

Llamando a Pistone, llamando a Pistone,
conteste, Pistone.
Nadie al aparato.
Hemos hecho de nuestro hombre
un ciego servidor de la ley y el orden,
ciega justicia y ciega razón forzosa,
pero en este punto Pistone no contesta.
Sufre tanto como goza:
Fiestas, alcohol, juego, risas, camaradería.
Y en casa, en el calor del hogar, su familia
que lo espera provista de mantas, ruegos y caricias.
Pero Pistone da la callada.
Lo llamaremos síndrome,
quizás ya no contemos con él;
digámoslo así: padece un aire sueco que ciega su justa ceguera.
Han pasado varias semanas
sin un informe o una confidencia reglamentaria,
ni un secreto al oído,
ni una minucia.
El enemigo es enigmático y es atractivo.
Entendemos a Pistone.
La calle de en medio es como
una bolsa de chucherías.
Pobre Pistone. Conteste, Pistone, conteste.
Llamando desde casa, clamando por él.

Por Frank Deporto




viernes, febrero 03, 2006

EL CANDOR DE LA SELVA URBANA


(Encontrado en la papelera de un parking subterráneo)

La sala del televisor de un hospital psiquiátrico. Un espacio comunal. Luz de neón. Asientos de plastico blancos colocados en hilera y unidos unos con otros por un listón metálico. Asepsia. Paredes azul claro. En la esquina opuesta a la puerta de entrada un televisor de 25 pulgadas pendiente de un soporte metálico. Luz de neón blanca, atmósfera acuática. No hay ventanas. La puerta, el marco, la jamba y el rodapié son de PVC blanco. No hay ventanas. Junto a la entrada hay un cubículo. En él un escritorio ocupado por la enfermera Albañil. El ruido del televisor le llega como un eco lejano. En la sala sólo hay un enfermo sentado. Desmond. A su lado, flanqueándole, está Phil Balasto y Jingle Spott. Los tres están sentados como si esperasen un autobús. El televisor está encendido. La enfermera, algo lógico y cuerdo, solamente ve y oye a Desmond. El resto son imaginaciones.

PHIL BALASTO: Un sordo descenso a las llanuras tortuosas del deshielo y de pronto las ideas se aclaran y se centrifugan, se tienden con pinzas de madera, se secan al aire estacional, se rocogen, se planchan y ya están listas para poner…
DESMOND: Calla.
PHIL BALASTO: …como un calzoncillo limpio del cajón de las mudas, blancas, almidonadas, fragantes y tiernas mudas que…
DESMOND: ¡Calla, Phil, joder!

Se hace un silencio humano embarazoso. La televisión continúa con su letanía. La enfermera Albañil mira a Desmond que se ha dado la vuelta y sonríe.

ENFERMERA ALBAÑIL: (Tono maternal) Pórtate bien, ya sabes lo que pasa cuando gritas y te acaloras.
DESMOND: Sí Srta.Albañil.

Desmond se sienta de nuevo a ver la televisión.

PHIL BALASTO: Me gusta esa mujer. Carácter, firmeza, apellido. Exactamente como un cheísmo.
JINGLE SPOTT: ¿Cheísmo?
PHIL BALASTO: Bache, remache, reproche, alimoche...Algo así.
JINGLE SPOTT: Eres un artista Phil. Nada escapa a tu sabiduría.
DESMOND: (Murmura) No os calláis, no os calláis.... (A ellos) Nos os calláis… ¿Por qué no puedo escuchar lo que dice la televisión?
PHIL BALASTO: Oye, Des, chico ¿cómo se llama la enfermera?
DESMOND: Srta. Albañil.
PHIL BALASTO: Eso ya lo sé, pero ¿su nombre de pila?
DESMOND: (Cansado) No lo sé.
JINGLE SPOTT: Yo digo que Munición.
PHIL BALASTO: ¿Munición? ¡Nadie se llama así!
DESMOND: A mí me gusta ese nombre.
PHIL BALASTO: Eres un gran hombre, agradezcamos a la providencia que no tienes hijos.
JINGLE SPOTT: Podríamos preguntarle, tal vez se llame Munición.
PHIL BALASTO: Que vaya Desmond.
DESMOND: Si se lo pregunto ¿os callaréis?
PHIL BALASTO: Claro, Des, palabra de scout. Ve.

Desmond se levanta y camina hacia el cubículo de la enfermera. Ella lo ha visto venir.

ENFERMERA ALBAÑIL: (Afirma. Tono maternal) Ya te has cansado de la televisión en pantalla grande.
DESMOND: En realidad no… Verá, tengo una duda con respecto a usted y me gustaría preguntarle algo.
ENFERMERA ALBAÑIL: (Sonríe) Adelante, pregunta.
DESMOND: ¿Se llama usted Munición?
ENFERMERA ALBAÑIL: Jajaja… Cómo se ta ocurrido pensar… Jajaja… (Ataque agudo de risa. Lágrimas, manotazos sobre la mesa, dolor ventral. Desmond se impacienta).
DESMOND: ¿Y bien?
ENFERMERA ALBAÑIL: (Se rehace y se enjuga las lagrimas de los ojos. Contesta conteniendo la risa). No, cariño, me llamo Ángela.

Desmond desanda lo andado para volver a su asiento. A sus espaldas más risas ahogadas. Entra Natacha Dixon y se sienta con ellos, al lado de Jingle Spotts. La enfermera Albañil, como no podía ser de otra manera, tampoco la ve ni la escucha.

DESMOND: (A Natacha) Hola, Nat. (Ella le guiña un ojo. Desmond se vuelve hacia Phil) Se llama Ángela:
PHIL BALASTO: Bonito, me gusta esa mujer.
JINGLE SPOTTS: Le pega más llamarse Munición.
NATACHA DIXON: Os referís a la enfermera.
PHIL BALASTO: ¿Tú lo sabías?
NATACHA DIXON: No es el secreto de la Alquimia. Solamente hay que molestarse en mirar la chapa identificadora que lleva pegada al pecho.
PHIL BALASTO: (Despectivo) Tú siempre tan jodidamente práctica.
DESMOND: Prometistéis que os callaríais.
PHIL BALASTO: (Desagradable. Mira con ojos lascivos a la enfermera). Eso fue antes.
DESMOND: (cargado de ruria contenida) Eres un…

Desmond se levanta y se avalanza sobre Phil. Le golpea una y otra vez. Jingle salta sobre su espalda en defensa de Phil. Desmond trata de desembarazarse de Jingle pero no logra hacerlo. Natacha prepara torpemente un puñetazo para liberar a Desmond del férreo abrazo de Jingle, pero falla el golpe que impacta en la nariz de Desmond. Zafarrancho de combate y música de fanfarrias. Confusión, ruido, sillas arrancadas, gritos, juramentos entrecortados, interjecciones. Hombre al agua. Se apaga la luz de la escena. Un foco ilumina el cubículo de la enfermera Albañil. Suspira y niega con la cabeza, en silencio. Coge el teléfono. En la oscuridad continúa el ruido de la escaramuza.

ENFERMERA ALBAÑIL: ¿Vigilancia? Vengan, por favor… Sí, él mismo. Vengan cuatro o cinco si son tan amables.

Cuelga el teléfono. Se apaga el foco. Silencio. Sedantes. Oscuridad.


Por Frank Deporto

viernes, enero 27, 2006

La cornucopia y el ruidoso coribante


(Bajo la tarima flotante del salón-cocina de Frank Deporto)

A diario muero por cruzar la carretera y entrar en el McDonald´s del barrio. Porque a diario muero por un Big Mac que me exorcice de tu recuerdo. Sólo la salinidad dulce de un preparado rápido e industrial me aplaca, me tranquiliza y, llenándome de ti, me hace olvidarme de la existencia misma. Pienso en tus turgencias más de lo que debería, querida Cora. Los años han pasado, han pasado los vasos gigantes de Coca-Cola, las raciones de patatas y las noches en vela. Pero no pasan los recuerdos de la piel frente a la piel, del suspiro y del jadeo nocturnos, la sensación primitiva del pecador fugitivo que está siempre ojo avizor. Esa es la razón por la que a diario muero un poco cada vez, al cruzar la carretera, al adentrarme en el mundo circense y dejar que jueguen con mis emociones, rindiéndome a los azúcares y las grasas saturadas, esa es la razón de una muerte lenta y plácida que se oculta en un recuerdo, el tuyo. El nuestro en la comunión de tu alcoba. Te mentiría si negara que después de ti no hubo otras mujeres. Nunca faltaron. Decenas de ellas entrando y saliendo de mi vida. Son los síntomas de la enfermedad. Una de ellas accidentalmente me dio un hijo. Mi querido Li. Me suele escribir desde China contraveniendo los deseos expresos de su padre putativo. Li es un chico despierto e inteligente, en él, como en Titania mis genes han servido de algo. Es una lástima que nuestra pequeña Titania no lo conozca. Claro que tampoco le comprendería. Yo no lograría entender una palabra de lo que me dice si no hubiera trabado una amistad interesada con el dueño de un restaurante chino. Detesto la comida china, sin embargo hago de tripas corazón y la como porque, mientras lo hago, mi amigo instrumental me traduce las cartas de mi hijo. Li estudia programación en la universidad de Pekín e inglés en los ratos libres. Me da miedo pensar en esos miles de millones de chinos, mi hijo incluido, aprendiendo a manejar los secretos de la informática, pronto ocuparán su lugar en la historia. Cuando el dragón chino despierte el mundo caerá rendido a sus pies, nosotros lo haremos con él como si fuéramos miserables pajaritas de papel. O de cartulina. Me gusta la rigidez de la cartulina. Como a Desmond, el mago de la papiroflexia. Lo visito con frecuencia en la residencia. El pobre no mejora. La última vez trató de soplarme cinco mil dólares para un máster en cirugía vascular. Al menos eso dijo en un principio. Le pregunté para qué quería hacer tal máster y se echó a llorar. Era una subterfugio. Al parecer, me dijo entre sollozos, quería una televisión gigante para su habitación acolchada. Estaba aburrido de ver a Winnie de Pooh, el último gran héroe -así lo llamó-, en un tamaño indigno de su grandeza. Hubiera cedido en la demanda, en términos generales opino lo mismo que él, pero detesto las mentiras Cora, las detesto aunque vengan de un perturbado mental como tu hermano. Así que le dejé llorando y lamentándose de sus malas artes. Tardaré en volver a verle, si vuelvo demasiado pronto tal vez me ablande y le de todo mi dinero. Desmond me causa ese efecto, siempre fue el mejor de todos nosotros. A veces envidio su visión del mundo. Mientras, en tanto que conservo la cordura, seguiré con mi liturgia de sacerdote coralino, tocaré mis tambores con el único fin de hacer un ruido ensordecedor, me devanaré en los jugos agridulces de la carne veloz; pútridos, nútridos, nítricos, nitrosos, como trilita en mi riego sanguíneo, todo porque tú y yo, desde el alfa de Titania, desde un cañón de escopeta apuntando hacia mí, desde aquella noche en un barrio residencial a las afueras de la realidad sensible, no somos el uno del otro. Así es y así será. Abundancia a bajo coste. Comida para llevar.

Por Frank Deporto

miércoles, enero 18, 2006

De piezas sueltas y rarezas


(Escrito en un falso permiso de conducir guatemalteco)

Monólogo interno (o La interinidad del monólogo).


Qué bien otra vez dibujos. Simpáticos y cómicos dibujos flotantes en un mar de espuma de leche, me divierten tanto como golpearme contra las paredes. Aunque debo decir que eso a veces no es divertido, en esas ocasiones, cuando es un acto de supervivencia, chillo como un cerdo. Como los que vi en Vietnam. Cerdos moteados de colores y formas insólitas. Eran divertidos y ruidosos. Las voces también lo son. Ruidosas. Hay días que también son divertidas y me confiesan sus secretos más desvergonzados. Entonces me río. Me encanta reír aunque no me convenga hacerlo. La baba se me cae. Si me llegan a decir que un día me mancharía el pecho de baba líquida y pomposa cada vez que me riera con entusiasmo me habría ofendido, más aún, habría ardido Troya. Pero ahora lo encuentro placenteramente húmedo. La enfermera Albañil se ha empeñado en colgarme del cuello un babero de algodón y poliéster con un oso sonriente estampado en medio. Lo encuentro simpático y también hostil. El osito es encantador, no cabe duda de ello, pero impide que me moje la camisa. La enfermera dice que no es decente que me moje, sin embargo es un placer que acabo de descubrir a mis...No sé cuántos años tengo, lo he olvidado. Olvido las cosas con frecuencia. Olvido casi todo menos las caras de susto de los niños en Vitenam. No era para menos. Un país tan lluvioso asusta a cualquiera. Yo mismo sentí el miedo. Del cielo caía una lluvia que a veces quemaba la piel. Otras, la mayoría de las veces, calaba hasta al tuétano. Esos días han pasado, vivo en una confortable habitación acolchada y tengo televisión por cable. Quién podría dar más. Si ahora me dijeran: Des, amigo, te hemos elegido presidente de los Estados Unidos, yo me negaría en redondo. ¿Acaso se puede ser presidente a la fuerza? Nada de eso. Conmigo no deberían contar. Lo más probable es que delegara en el director del hospital. Él sí que tiene madera de presidente. A mí me trata con mucho cariño. De vez en cuando, de tapadillo, sorteando la atenta e inquisidora mirada de la enfermera Albañil, me regala piruletas. Los médicos dicen que no debería comer tanto azucar. Yo no estoy seguro de que los médicos sepan con certeza de qué está moldeada la realidad. Veo los hilos que soportan las figuras en el espacio y veo el movimiento lento y estudiado de los cambios en la materia. No creo que ellos, que no tienen ni puta idea de nada, puedan prohibirme comer chucherías. Sin embargo lo hacen y su brazo ejecutor es la enfermera Albañil. No sabría muy bien decir de dónde es originaria. Ella dice que de Kentucky, yo me río y disimulo señalando la televisión, como si hubiera visto algo gracioso en ella. Si tuviera que aventurar un lugar diría Guatemala. Pero eso, como todo, como los hilos que mantienen el equilibrio, como la velocidad de transformación de las cosas o como la causa primera, es un secreto guardado bajo siete llaves.

Por Frank Deporto



martes, enero 17, 2006

Diario de Frank

Ayer tomó posesión de su cargo, como presidenta de Liberia, Ellen Johnson-Sirleaf. 67 años licenciada por Harvard. Los liberianos, armados de un humor centenario, la llaman Mamá Ellen. Ellos esperan ser tratados como hijos queridos y planificados. A la ceremonia asistió lo más granado de la política africana: demócratas, monarcas tribales, dictadores, ludópatas, canívales conversos. También hubo el mundo desarrollado estuvo presente y no faltó la delegación de los Estados Unidos. Liberia es un país bajo la escrupulosa tutela norteamericana. Por eso la guerra no parece un problema cuando estalla, sólo es guerra y destrucción, nada irremediable. Diversidad de pigmentos y de tintes de pelo, estaba en la gloria polícroma. Ante todos los presentes y ante el pueblo, ausente y mintiéndose a sí mismo porque el mundo merece ese matiz irreal, prometió acabar con la corrupción y con las luchas intestinas. Yo me reí desde el fondo del auditorio. No lo hice por nada en concreto, ni siquiera lo hice con intención, fue una risa cuajada de madreperlas del caribe e involuntariedad. La cara inquisidora del embajador del Camerún que, en un susurro tenso, me conminó a callarme "la puta boca", acababa con cada uno de mis arrebatos. Apenas eran unos segundos por vez, pero fue algo que se repitía a cada párrafo del discurso. Hay palabras que en sí mismas me resultan muy cómicas desde niño: democracia, paz, concordia, igualdad, humanidad; incluso hay frases que me llaman a la reflexión y que sin embargo terminan igualmente en la carcajada sin sentido: no amputar por la fuerza el brazo del vecino, ser un buen samaritano es ser un buen liberiano, la vida vale más que los recursos naturales, asfaltaremos el país y potabilizaremos el agua de todas las aldeas, la solidaridad internacional es lo propio, ellos no quieren nuestros recursos naturales porque nos aprecian como personas, etc. El caso es que Mamá Ellen no llegó a pronunciar estas frases, al menos yo no las oí. Pero estoy seguro de que las pensaba. No se puede ser la primera presidenta de la historia de África y no pensar como cualquiera de sus predecesores. Ellos, todos varones, no habrían olvidado estos magníficos y cómicos principios. Mi país está a salvo: USA nos protege, África nos adora, Mamá Ellen nos acuna. Por si esto no fuera poco, los crepúsculos son espectaculares y las luminiscencias terrosas. Cuando llueve copiosamente, jugar descalzos sobre los charcos de lodo es algo impagable para los niños. El bufé frío no estuvo nada mal, aunque la carne de cerdo salpimentada no me deja dormir bien. Por eso no pegué ojo y me pasé toda la noche haciendo solitarios sobre la colcha de la cama. Mañana vuelvo a Gelberson, Nueva York, tardaré en volver a Liberia. Tengo miedo de los vuelos trasatlánticos cuando viajo en compañías patrias. Es como comprar un boleto de lotería premiado. Dormiré en el avión las horas de sueño perdidas, el miedo se disipará en una bruma dulce ilusoria, en el mismo lugar neboloso y absurdo del que mana.

Monrovia, 17 de enero de 2006.

sábado, enero 14, 2006

De Frank a Titania con franqueza paterno-filial

(Robado por Michael Gondor del escritorio de Titania D. en su casa de Malibú)
Niña Nocilla se aparta el pelo de la frente. Una mano peina, cuando no sujeta el bocadillo, la otra mano aferra con dureza metálica. Niña Nocilla se atusa el pelo con los dedos ensalivados. Su mirada es cauta y recelosa, ojos cimarrones que recorren la estancia, atentos al movimiento de cualquier cuerpo extraño. Así se plantea la escena: ojos selváticos y bocadillo de crema de cacao. Niña Nocilla se sienta sobre sus piernas cruzadas en cruz. Sus pies se mueven al ritmo de una música que sólo está en su mente. El peso de su cuerpo se dobla hacia adelante dibujándose una curva sonriente en su espalda. Muerde el pan. El ansia olvida sus tiernos dientes y da un paso más. Niña Nocilla muerde con las encías. Rasga, saja, cuartea; satisfecha, ronroneante, su boca es como un amén pagano. Ni un ruido altera el aperitivo de Niña Nocilla, contrae las aletas de su nariz, parece un bolero descarnado y encantador, mordiendo, devorando, engullendo, las comisuras de su labios se cubren de crema y migas de pan. Sacaría una foto de Niña Nocilla para poder suspirar todos los domingos y fiestas de guardar. Pero temo por mi integridad física y sólo observo. Niña Nocilla lleva puesto un vestidito estampado de flores, calcetines blancos y unos zapatitos negros de baile. Me parece estar viendo una escena alpina. Busco un San Bernardo, unas ovejas y unos pajarillos que no aparecen. Niña Nocilla encoge los hombros y pierde la mirada en el espacio vacío. Ha bajado la guardia. Piensa en alfrombras persas y Adolfos sin interés, mastica involuntariamente, zahiere los restos del bocadillo en un suspiro novelesco; sus dedos sucios, su boca un campo de batalla. Al ver a Niña Nocilla comer macero una idea: la merienda mancha. Cuando acaba se levanta, se sacude las migas, ya pasará la aspiradora mamá, y sale del cuarto corriendo, saltando y brincando.

Por Frank Deporto

viernes, enero 13, 2006

Joven griego ateniense (Homenaje a Emil Zatopeck)


(Escrito en una hoja de cuaderno y encontrado en la taquilla del Secretario General de las Naciones Unidas)


Correré como una locomotora humana. Haré todos los estiramientos pertinentes antes de la carrera. Cinco, diez minutos, quién sabe con exactitud cuánto calentaré. El muro que se alza sobre mí se asemeja a las murallas de Jericó. Aun así correré porque sé que estarás en la meta. Tu madre me lo dijo. Llamé por teléfono a tu casa con la esperanza y el hambre de encontrarte, pero habías salido. Hablé con tu madre. Me dijo: estará allí, en un terraza cercana, en medio del tintineo de las botellas de bitter Cinzano y los vasos llenos de piezas de hielo chocando en las bandejas de los camareros. Ellos vestirán de blanco y negro. Negro el pantalón, negros los zapatos, la corbata y los nubarrones del cielo de Nueva York. Blanca la camisa, la chaqueta corta, el delantal y los dientes del encargado. Entonces correré. Fue lo que pensé al colgar a tu madre, pensé que correría los cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros, que llegaría con la lengua fuera, la comisura de los labios babeada y el estómago agitado, que mi espíritu estaría al borde del quebrado, como una fracción cualquiera y misteriosa de su propia naturaleza aérea, pero que de una u otra manera correría. Mé miré en el espejo del recibidor y me encontré mustio. Si sólamente hubiera podido hablar contigo y tú no hubieras salido a sabe Dios dónde. Al menos estarás en la meta, bebiendote una limonada como a ti te gusta. Mientras corra pensaré en tu limonada, mis músculos y tendones se enlenteceran en ese pensamiento abstracto, su movimiento galvanizado será mi motor, estirando, contrayendo, manteniedo la tensión de mis tejidos y en la caldera del conjuto las grasas irán convirtiéndose en brasas y unidadees de calor. Seré un horno con un pensamiento crítico y cítrico. Correré hasta la extenuación de mis fuerzas, extibando mi carga por las calles de la ciudad, escuchando como la gente no pronuncia mi nombre porque me confundo en la masa que corre y quema sus suelas en un mismo y ruidoso compás gomoso. Cuando llegue ciego, libre de la carga de los kilómetros, en mi languidez mortecina, te buscaré entre las caras de los desconocidos, aunque tenga que recorrer todas la terrazas de la zona, arrastrándome de un modo engañoso e imbécil, te buscaré y te encontraré. Correré para verte porque nos separa, mujer de la limonada, la sencilla distancia de una maratón.
Por Frank Deporto

domingo, enero 08, 2006

El almirante en el tejado


De la antología de microcuentos...

(Cincelado en un lápiz Staedtler 2B)

Una errata. Una errata de Alcantarilla, Murcia. Un mejillón. Un mejillón en la mejilla de una teja. El hombre saca el rascador de su bolsillo jubilar y termina con la contradicción.

Por Frank Deporto

Mamaduque hispano-veneciano

DE LA ANTOLOGÍA DE MICROCUENTOS...

(Encontrado escrito en una tabla que parcheaba la puerta de un gallinero)

El camillero apoya la espalda en la pared y mansamente va dejándose caer. Sentado en el suelo, hurga en sus bolsillos hasta dar con lo que andaba buscando. Un palo humeante. Energía potencialmente gaseosa. El palo se comunica, habla al camillero, éste escucha, parece que lo hace con respeto. Pero no es respeto, hay una voluntad oculta, un vicio civil que invalidaría cualquier acuerdo. Sumisión. Su retórica es escasa, es un palo parlante pero directo, libre de molestos ambages y circunloquios. Enciéndeme, dice el palo. Vuestros deseos, palo manual, palo de bordes irregulares, palo que transporta y colorea, palo relleno de resina seca, palo paleante de Palos de la Frontera, son órdenes para mí. Lo son siempre pero más después de pasillear de norte a sur, ascensor arriba y ascensor abajo, por esta casa de locos. Napoleón vomita en la moqueta, venga aquí camillero; la princesa de Siam quiere ostras para el desayuno, sírvala cereales camillero; que un patriarca del antiguo testamento y sus otras ocho personalidades estaban jugando con piedras de feldespato y se ha tragado una, palpe su campanilla camillero. Odia este trabajo, odia su sombra proyectada en la paredes color crema, odia el rumor blancuzco de los fluorescentes, odia a los psiquiatras, odia a las enfermeras y odia los zuecos y las medias blancas. Su vida se derrumba. Pero está el palo humeante que ordena para él las cosas, lima sus aristas, acondiciona su cabello y transforma al prójimo en mosquitos nicaragüenses, todos iguales y salteados. El camillero da una calada profunda a su palo humeante. Una sonrisa involuntaria acompaña a otra. Piensa en lo agradable que es el trabajo allí. En la galería que da a la terraza, en los rayos de sol sobre su piel, en los internos jugando a la petanca, en las carnes magras de la enfermera jefe -una erección involuntaria-, en los chistes sin sentido de los pinches de cocina filipinos, en las leyendas artúricas, en la chispa que alumbra la llama olímpica, en la marea que sube -en pleno pasillo- hasta mojar sus pies, en que se abren las puertas batientes de ese pasillo y aparece el director, en que el director le habla y parece que su voz salga de un tubo de metacrilato, en que el director le ha dado una patada y le ha calificado de vago de mierda, en que ama a ese hombre y sus bigotes canos. Otra calada. Como en un eco lejano, burbujeante, salido del fondo mar, le llegan unos cantos de sirena. Es el director. Su voz es líquida y reverberante, contenida en un esfuerzo hueco. Es-tá-des-pe-di-do. Me-lón. El camillero sonríe, el director sale por las puertas batientes, las mismas por las que entró desde la marejada. Carcajadas camilleras.

Por Frank Deporto

lunes, enero 02, 2006

Patriarcas Bíblicos



(Poema encontrado en un libro de salmos de una iglesia baptista)

EL FIN DEL DILUVIO

La fuente parece agotada,
yerma, seca, tierra agrietada.
Y sin embargo llueve, piensa Desmond.
LLueve a mares, tanto es así
que una voz nueva, distinta,
mayestática, ha brotado en su cabeza.
La voz habla y, cuando lo hace no pide,
no aconseja, no desea,
ella ordena, manda, exige.
"Desmond, instrumento del destino
-dice la voz- consigue un Boeing,
no importa el modelo;
arranca los asientos,
no importa el esfuerzo,
llénalo de cientos de parejas machihembradas
de todas las especies conocidas,
asalta un zoo, esquilma una reserva.
Hazlo Desmond. Cuando las tengas
carga en la bodega heno, alfalfa y bidones
de cinco litros de agua de Corconte,
carga raciones de supervivencia de la Cruz Roja,
espejos y abalorios para los indios Yuma,
cortauñas, cortaplumas,
y cortapezuñas para ungulados.
Despega, Desmond, cargado hasta los topes
en tu Boeing -no importa el modelo-
y pilota rumbo oriente, al lugar de la quimera.
En ti está perder en control de los mandos,
en tu libre albedrío,
y caer sobre las selvas de Borneo
como si fueran enormes camisas
de frenela a cuadros,
violentando a los monos que copulan y se despiojan
en las altas cimas de los árboles tropicales.
Porque Desmond, eco de mi voz, orate de mi mente,
pasta viscosa y atormentada,
tú eres mi instrumento.
Dentro del moviento articulado de la lluvia
Belerofonte hace sus cábalas;
La operación parece trabajosa,
la presencia impertinente, como endiosada,
no le gusta recibir órdenes.
Desmond apaga la voz y enciende la tele;
echan dibujos animados: sonríe.
La molicie retorna al cauce seco y plácido
de un sillón en un cuarto acolchado,
sin ventanas.


Por Frank Deporto

sábado, diciembre 24, 2005

Del Libreto de una zarzuela inacabada


Interior de un hogar decimonónico. En la meseta castellana. Un hombre y una mujer (presumiblemente esposos, quizás amantes) están sentados en una chaise longue de un coqueto, burgués y apergaminado salón. Es la sobremesa de una pantagruélica comida en la que el cocido ha sido el plato soberano. El hombre interpela a la mujer (esposa o amante con piso céntrico):

- Alma pura, alma cándida, animosa alma mineromedicinal: mujer candela ¡La acidez es en mí y en mi estómago!

Ella, menstruante e industriosa, contestataria y burlesca, responde:

- Querido, purpúreo varón, buril plateado, en un cocido nefás no puede faltar el Almax. Así que haz como que la lengua te comió el gato mientras que te preparo el almagato.

Entra la orquesta y cae el telón.

Se abre el telón de nuevo. Una calle de una ciudad mesetaria y castellana. En escena aparecen una niñera francesa del brazo de un teniente de dragones, unos pilluelos corriendo de un lado para otro, un coro de remeros del Volga, una pelandusca polaca sin nada que hacer que pasea por el parque, dos lanceros bengalíes con expresión confusa, un equipo de operarios del ayutamiento, dos nodrizas y tres amas de cría, una violetera, nueve amas de cría recién llegadas del pueblo, una escuadra de infantes de marina de punta en blanco, doce comadres cuchicheando y las guardia Varega. Su comportamiento es natural, despreocupado. Entra la orquesta de nuevo. Todos cantan a coro:

- Las tardes castellanas son más alegres que las alemanas.

Sólo los hombres:

- Las mujeres castellanas son ardientes y son lozanas.

Sólo las mujeres:

- Los hombres en Castilla, van de boca en boca, son la comidilla.

Todos juntos:

- Viva la juerga y la jarana, viva la tierra Castellana.

Un hecho sin precedentes ocurre en la calle. Se rompe la estructura lógico temporal y cae una bomba atómica. Un general del ejército del aire norteamericano, no soportando las voces que cantan en su cabeza, decide hacer caso omido del protocolo y, violentando todas las leyes de la física, ordena arrojar una bomba de plutonio sobre el pasado. El lírico y el mesetario.


Por Michael Gondor

martes, diciembre 20, 2005

Experiencia asiática


Microcuento de la antología Atómica (II)

(Escrito en el libro de contabilidad de una empresa de jardinería; página 92, entre debes y haberes).


Cuando Desmond volvió de Vietnam, el mismo día en que posó los pies en tierra americana, descubrió que había adquirido la facultad de hacer flotar la realidad. Allí hacia donde mirara, percibía objetos y personas como gotas de agua sobre la superficie grasienta de un caldo de pollo. Su hermana Cora, una gota, su padre, una gota, su madre, una gran gota gruesa y adiposa. Desmond nunca llegó a temer por su cordura, todo lo contrario, su visión del mundo era pesada y redondeada por los contornos que le daban forma, las voces le sonaban ralentizadas, gomosas, amorfas, y oyéndolas, sonreía como un estúpido. Sin embargo su entorno familiar no las tenía todas consigo. Su padre, hombre pragmático, fue el primero en poner el dedo en la llaga: "el chico se ha convertido en un jodido vegetal ambulante, mirad como se le cae la baba, por ¡San Patricio!, ¡qué pena!". Para Desmond, en cambio, que se crió como un niño gordo y acomplejado, las cosas adquirían una velocidad más conveniente. Un día llegó a casa un oficial médico del hospital de veteranos de Nueva York que lo examinó a conciencia. Ese mismo día, sin demora, lo internaron en el pabellón psiquiátrico. Años de psicoterapia intensiva y litros de Haloperidol en el desayuno consiguieron, para su desgracia, devolverle parte de la velocidad perdida. En un charla informal el psiquiatra que lo atendía, bajo la lenguaraz influencia de cuatro peppermint frappé bebidos a gran velocidad, dijo una enigmática frase ausente de predicado: "El agente naranja de los días indochinos". Dicho esto, chascó los dedos, llamó al camarero y pidió otro peppermint frappé.


Por Frank Deporto

lunes, diciembre 19, 2005

"Rayos y truenos: manifiesto de la madurez"


No dejaré que me muerdan,
mi intención es mantener la unidad.
Con mi exiguo sueldo bañaré,
suavizando y puliendo,
las piedras heladas del ardor
en la vecindad del humo
y de las voces rumiantes.
La aridez querrá que deba rebajarme,
que el fuego laríngeo ya no sea tolerable
como aquellos días de refrescos carbonatados
y escarcha en las ventanas.
La sequedad querrá de mí que las piedras,
la quemazón espiritual y alambicada,
el humo y las voces rumorosas,
la música de gramola, las risotadas enervantes,
todo ello y la arena del desierto,
se diluyan en agua de selz.
Entonces ya no dejaré que me muerdan.
Aguantaré la presión de los esfínteres
renegando del kindergarden;
como el pulcro hombre que madura,
que compra la lotería quince días antes del sorteo,
que blasfema de la navidad y de las horas punta,
que ya no espera más que los autobuses
lleguen a la hora convenida. El hombre
con la sana intención de mantener la unidad
en la aceleración luminosa.

Por Frank Deporto (hombre-poda)

jueves, diciembre 01, 2005

De cómo Deporto se hizo con el método



En un bar, en lo más oscuro de un bar, donde la suciedad es saciedad, embozado y embotado encontró el Alguacil a su confidente más preciado, el polaco Mielinsky.
-Tienes algo para mi, perguntó el alguacil.
-Ssssh, dijo el confidente, las paredes oyen y cantan boleros de amor


El polaco miró a un lado, miró a otro lado y percatándose de que nadie con dos dedos de frente en todo el universo le prestaría atención, se inclinó hacia el alguacil en tono confidente.
- Tengo el secreto del enigma
-¿Qué enigma?
- Cualquiera, todos, ninguno, conzco el método
-Adelante, escucho, dijo el alguacil
-Se trata -empezó el polaco, acto seguido se detuvo, echó un trago de zarzaparrilla y continuó- de una fórmula matemático-especulativa eficaz y testada. El método Icasky.


Sonaron fanfarrías y nadie en el local sabía de dónde, pudiera ser que el peso de tan alta confesión fuera suficiente estímulo en el fluido espacio temporal como para que sonasen por sí mismas, pero nada más lejos, del fondo del bar, aparecieron doce músicos lituianos vestidos de romanos que, casualmente, pasaban por allí.

- Continúa, dijo el alguacil
- No hay problema, dijo Mielinnsky, que no se solucione en aras de la simetría, de modo que anote Ud. Sikorsky es a Vitorio de Sica lo que Picorsky es a...


Algo iba mal, comprobó el alguacil, el polaco se acababa de callar, del modo más absurdo que pudiera imaginarse: se había muerto de repente. El alguacil, conocido por su serenidad mayestática y su saber estalló en lamentos bolivianos antiguos y modernos llenándolo todo de lágrimas, gritos y saltos dobles con tirabuzón. No soportando esta actitud tan sucia y grosera, la señora de la limpieza, que casualmente fue testigo del hecho, se acercó al alguacil y le dijo:

-Deje de ensuciarme el bar, cretino, todos conocen la fórmula Icasky. Sikorsky es a Vitorio de Sica, lo que Picorsky es a Una X en Flandes...Tenga, aquí tiene un lapicero y una servilleta de papel, apúntelo y váyase a la puta calle.

Frank Deporto

miércoles, noviembre 30, 2005

A otro perro con ese hueso

Un tipo, mientras adecentaba su jardín,
con las ínfulas del Pachá de Egipto, me dijo:
"No puedes llamar guerrero al soldado
y soldado al guerrero".
Yo, jardinero, diplomático, hombre-sudor,
cabeza recalentada por el sol de agosto,
le respondí: "claro que puedo".
Qué insoportable visíon - y yo podando los rosales-;
pantalones chinos color caqui,
camisa de algodón
de un mareante tono salmón,
zapatos náuticos azul marino, sin calcetines,
fuertemente asido a sus categorías,
las manos en los bolsillos,
cara de a otro con ese hueso.
Inflexible como una barra de acero
preguntó -debía mantener intantactas sus murallas-
¿En nombre de qué?
Me detuve, me enjugué el sudor,
maldito sol laborable,
se me pega la ropa al cuerpo
sin remedio ni fórmula,
y, desprendiéndome del huracán,
le contesté a escasos centímetros
de su meliflua existencia,
un dedo enguantado, sucio, terroso,
en su pechera, de esta manera:
En el nombre de la retórica,
en el nombre de los guiños bien construidos,
en el nombre de los brindis al sol,
en el nombre de los tropos, los tres,
en el nombre de la Tierra que se queja,
en el nombre de las barritas energéticas,
en el nombre de los cereales hidrolizados,
en el nombre de la colombofilia,
de la ética peripatética y de la estética,
del estímulo y el refuerzo positivo,
de la frágil visión de una realidad posible,
de los niños albinos, de los restos en la división,
de un fumadero de hierbas aromática y medicinales,
de las fábricas de paraguas, de las cumbres de Marte,
de las estatuas de mi barrio y de mi pensamiento estatuario,
del sueño perdido en las noches sin ley,
en el nombre de la genética estraviada,
en el nombre del cuajo de la leche entera,
en el nombre de mi patria,
en el nombre de mi nombre
diré lo que quiera decir en cada momento
o callaré para siempre.
Dicho esto volví a los rosales
temiendo por mi empleo.


Por Frank Deporto

domingo, noviembre 27, 2005

LA MUSA

Movimientos ortopédicos sobre 14 cm de metal, las musas nunca fueron eventuales, así que presumiblemente calzara un cuarenta y dos, desayunara Jack Daniels, cohabitara con diez felinos y abusara sin riesgo aparente del fondo de maquillaje. Ardor en los labios, impunidad en el corazón, escozor en las axilas y neumonía en los pulmones. 50kg de peso. Nocturna, diurna y circadiana. 12 tentativas suicidas y 1 atentado homicida. Cinco horas con Mario y perspectivas de futuro. Laxantes, barbitúricos y leche de soja. Artista en mayúsculas, asistente social a tiempo parcial. Evasiva, corrosiva y autolítica. Seda salvaje, piel de naranja. La metamorfosis de una oruga y la herencia de Harrison Ford. Purpurina en el ambiente. Exdrogadicta, especulativa y escocesa.

Titania Dimitrova