jueves, septiembre 17, 2009

Manifiesto del surrealismo


El hombre, al despertar, tiene la falsa idea de emprender algo que vale la pena. Por esto, el sueño queda relegado al interior de un paréntesis, igual que la noche. Y, en general, el sueño, al igual que la noche, se considera irrelevante. Este singular estado de cosas me induce a algunas reflexiones, a mi juicio, oportunas.

- Dentro de los límites en que se produce (o se cree que se produce), el sueño es, según todas las apariencias, continuo con trazas de tener una organización o estructura.

- Vuelvo, una vez más, al estado de vigilia. Estoy obligado a considerarlo como un fenómeno de interferencia.

- El espíritu del hombre que sueña queda plenamente satisfecho con lo que sueña. La angustiante incógnita de la posibilidad deja de formularse.

Lo maravilloso no siempre es igual en todas las épocas; lo maravilloso participa oscuramente de cierta clase de revelación general de la que tan sólo percibimos los detalles: éstos son las ruinas románticas, el maniquí moderno, o cualquier otro símbolo susceptible de conmover la sensibilidad humana durante cierto tiempo.

Las Noches de Young son surrealistas de cabo a rabo; desgraciadamente no se trata más que de un sacerdote que habla, de un mal sacerdote, sin duda, pero sacerdote al fin.

Las formas del lenguaje surrealista se adaptan todavía mejor al diálogo. En el diálogo, hay dos pensamientos frente a frente; mientras uno se manifiesta, el otro se ocupa del que se manifiesta, pero ¿de qué modo se ocupa de él?
¿Qué edad tiene usted?» - «Usted» (Ecoísmo). «¿Cómo se llama usted?» - «Cuarenta y cinco casas»(Síntoma de Ganser o de las respuestas marginales)

"El color de las medias de una mujer no es obligatoriamente la imagen de sus ojos, lo cual ha inducido a decir a un filósofo, cuyo nombre es inútil hacer constar: «los cetalópodos tienen más razones que los cuadrúpedos para odiar el progreso" . Max Morise.

El PRIMER DIARIO BLANCO
DEL AZAR
Rojo será

El cantor vagabundo
¿DÓNDE ESTÁ?
en la memoria
en su casa
EN EL BAILE DE LOS ARDIENTES

Hago
bailando
Lo que se hace, lo que se hará

El surrealismo, tal como yo lo entiendo, declara nuestro inconformismo absoluto con la claridad suficiente para que no se le pueda atribuir, en el proceso el mundo real, el papel de testigo de descargo. Contrariamente, el surrealismo únicamente podrá explicar el estado de completo aislamiento al que esperamos llegar, aquí, en esta vida. El aislamiento de la mujer en Kant, el aislamiento de los «racimos» en Pasteur, el aislamiento de los vehículos en Curie, son a este respecto, profundamente sintomáticos. Este mundo está tan sólo muy relativamente proporcionado a la inteligencia, y los incidentes de este género no son más que los episodios más descollantes, por el momento, de una guerra de independencia en la que considero un glorioso honor participar. El surrealismo es el «rayo invisible» que algún día nos permitirá superar a nuestros adversarios. «Deja ya de temblar, cuerpo». Este verano, las rosas son azules; el bosque de cristal. La tierra envuelta en verdor me causa tan poca impresión como un fantasma. Vivir y dejar de vivir son soluciones imaginarias. La existencia está en otra parte.

Manifiesto del Surrealismo, André Breton


Imagen: Cadavre Exquis. Man Ray (Emmanuel Radnitzky, 1890-1976), Joan Miró. (1893-1983), Max Morise e Yves Tanguy. (1900-1955). Nude. (1926-27)

miércoles, septiembre 09, 2009

Crónica de la intervención


Esteban reparó en la manera en que la forma de sus rodillas se señalaba en sus largas piernas. Mariana no terminaba de revelarse nunca y siempre podía volverse a empezar a descubrir rasgos y peculiaridades de ella. Ahora estaba su figura en el portal. Había dormido junto a Esteban, y lo había dejado despertar solo, sin ella, quizás, pensó Esteban, porque de pronto tenía la misma necesidad y sintió la misma egoísta satisfacción que él experimentara la noche anterior ante el hecho de poder mantenerse aparte. Pero también estaban juntos, en el mismo cuarto, en el mismo lugar. Él, con Mariana, hasta la que había llegado finalmente. Su presencia era única y tenía una capacidad totalizadora que lo conmovía sin poder hacer otra cosa que dejarse arrastrar por esa disolución de sí mismo en ella. Y sin embargo, también era otra. María Inés. Una Mariana distinta dentro de Mariana y que era la misma Mariana. Pero el cuerpo de Mariana lo abarcaba todo. Era su verdadera unidad. Más allá de su figura, estando su figura presente, no había ninguna necesidad de pensar y fuera de esa figura, poniéndola al mismo tiempo en el mundo, la luz también revelaba, por un lado, al terminar la blanquísima franja de arena, el oculto movimiento del mar que sólo se hacía evidente en el último giro sobre sí mismas de las olas que se sucedían unas a otras y rompían finalmente sobre la arena y, del otro lado, en el tupido jardín tropical que rodeaba los bungalows y en el que todas las variantes del verde se hacían posibles en las inesperadas formas y tamaños de las plantas, del mismo modo que el mar era unas veces azul y luego gris plata y luego verde también. Más lejos, en la dirección del mar, no había nada, sólo la pura luminosidad sin color del cielo desprovisto de nubes durante enormes extensiones sin fondo bajo las que también se levantaban, separándose del jardín, las abruptas elevaciones y los descensos de las altas montañas. Entonces, el mundo alrededor, igual que Mariana, tenía una realidad firme y segura ante la que era posible conmoverse sin llegar a poder apresarla nunca, sino disolviéndose del mismo modo en su carácter inagotable. Una cosa y otra formaban la imposible conjunción entre lo eterno y lo temporal. Se tenía la tentación de ser humilde y esa humildad, su mera percepción, creaba un orgullo sin límite. Pero de pie en el portal del bungalow, sonriéndole a Esteban, Mariana era ajena a todo eso.


Crónica de la intervención, Juan García Ponce
Imagen: Midsummer Night's Dream, 1939, Marc Chagall

jueves, agosto 20, 2009

Antes de comer un pescado al horno


Un día, limpiando la poda, echando las ramas secas en sacos de lona, me dije: tiene que ser un buen asunto (y de inspiración romántica...Es decir, decimonónico, al estilo Lord Byron, por ejemplo) trabajar de basurero. Montado en el camión, agarrado a un asidero de metal, con guantes y buzo, con gorra si el tiempo es frío, de noche. Debe de ser un trabajo atractivo. Los contenedores son mundos aparte. Quizás, como los armarios y los espejos, estén todos conectados entre sí, y un mal paso, una caída fortuita dentro de uno de ellos, te transporte a un país africano, a un callejón tropical, donde, al asomar la cabeza, los vecinos, negros como el tizón, te confundan con un albino endemoniado, y te hagan ofrendas absurdas y sin sentido, pero tú, haciendo gala del lenguaje universal de los gestos, les dirás que no, que es innecesario todo ese agasajo, que lo único que quieres es una Coca Cola y un cigarro, que la vida puede ser estupenda cuando se tiene lo justo, como pretendía admitir Diógenes, y que si son tan amables te señalen una buena sombra de Baobab, o de cualquier otro árbol desterrado del paraíso, que no le haces ascos a ninguna sombra, más con ese calor. Entonces ellos te mirarían escandalizados, porque su relgión les ha pintado los demonios sonrosados de otra manera, y eso les deconcierta, que aparezcas tú, tan blanco, tan pálido y tan transparente con esas exigencas tan minúsculas. Tú les dices: no me gusta Kipling, demasiado autobiográfico, si no hay Coca Cola mejor será que vuelva a mi ruta ¿no? Ellos se encogerán de hombros, notendrán nada más que decir por gestos, se volverían a lo suyo, cerrando la tapa del contenedor. Y tú volverías a tu tarde boreal, en un vecindario muy chic, pero con cubos de basura igualmente, y esqueletos de manzanas a medio comer, y perros sarnosos. Seguirías tu ronda. Mientras tu compañero se ríe y el conductor del camión jura en rifeño.


Un saludo a Deporto
Imagen: Paul Klee


jueves, junio 25, 2009

Walk like an Egyptian

domingo, junio 07, 2009

Receta pastel de almendras para cocinar con alméndrica chica en terapia de pareja para terminar de una santísima vez con el miedo a la cocina


INGREDIENTES:
1 bote de leche condensada
1 medida del bote de leche normal
3 huevos
300 grs. almendra molida o picada
100 grs. azúcar para caramelizar el molde


MODO DE HACERLO:
Batir los huevos, añadir la leche condensada, la leche normal y mezclar con la almendra molida. Verter esta masa en un molde caramelizado (Molde: plano y grande).

Poner al baño María en el horno a 200º C (en la parte baja del horno) durante 20 minutos.


jueves, abril 23, 2009

Carta a Rocamadour

jueves, marzo 26, 2009

Enfermedades Tropicales

Y ella no entiende el modo en que te mesas el cabello
y dices cosas terriblemente incipientes.
En mis sueños de golondrina obesa
no puedo volar.
¡Réscatame con tu aeronave de algodón dulce!
Me lagrimean los ciruelos
de tu huerta incansable
inagotable.
A veces, mientras duermo, sueño con tu pétalos acariciando mis sábanas,
entre mis jamones pedaleo violentamente hasta tu tubérculo.
La nube nos come las crestas,
tu cresta estética se ondula con el viento
la lluvia la mengua
y el sol la renace
Enorme y majestuosa comiendo macarrones, Golondrina Obesa, méceme méceme

Por Miss Trixie para Frankie**

lunes, febrero 16, 2009

Lo perecedero


Allí esta ella. Observa las mangas del vestido, sentada frente al clave, nada permanece dice "nada permanece" y pellizca el cobre. Dos rosas de hilo azul abrazan los tallos en su muñeca y rodean sus flores en el antebrazo. ¿Vienes a la tarde con nosotros? Salen los niños. ¿Vienes a la tarde? A pesar de la lluvia las palomas se están quietas. Yo me quedo en silencio mientras trepa la noche. Lejos, realmente lejos, sucede lo mismo. Algo se aflige en la contratapa del clave, algo se curva sobre si mismo. Una noche, hace no mucho, no tanto, observé las niñas coronar el monumento persiguiéndose a ellas mismas como enredaderas, como bailando; inquietas a pesar de la lluvia.


¿No vienes? Recoge el vestido, como cerrando los pétalos alrededor de sus piernas. Los niños salen a la tarde, a la playa, detrás los cerros se incendian. Ella se queda en casa. Se está en silencio, con lluvia y todo sigue el relieve de las flores en el antebrazo. El la olvida.

Ya no llueve. Los cerros quedaron agrietados como senos ajados, negros. Los niños no vuelven, piensa los niños ya no vuelven. Yo me quedo en silencio mientras baja, como puede, la mañana. Lejos, realmente lejos, sucede lo mismo, pero ya no importa.

Es la tercera vez que oigo la misma Tocata al bajar a fumar, uno de los guardias está enrollado como un cuervo, quieto como una roca a pesar del sol. Una mujer de aquí me sonrió esta vez y me dijo algo pero yo no la oía. La tristeza de la tocata alarga los pasillos, cuando llego a la puerta veo un parabrisas llorar tan ¿como decir?¿ inocentemente?.


Por A.
Foto: Bikriderstar

miércoles, enero 21, 2009

Piropos soeces del obrero surrealista

Yo ni mi madre incendiamos crujido tan idóneo en Shangri-La

Evidentemente ella resopla, acelera el paso y aprieta con su mano el paquete de pañuelos perfumados que lleva en el bolso para (en momentos como éste) descargar su rabia como una señorita.

¡Taquígrafa cimarrona!

Evidentemente ella se indigna y se gira a mirar reprobatoriamente a su agresor verbal.

Equidistas de siempre siete de los nacidos reflejos nulos

Evidentemente ella no se entera porque va escuchando en su nuevo reproductor de audio portátil de última generación una canción antigua de Roberto Carlos.

Cada vez que pienso en ti muere un pingüino

Evidentemente ella no puede reprimir una sonrisa ni evitar la extinción de esas aves marinas.
Por Alter Ego

lunes, diciembre 01, 2008

Art decó


¿Sabes por qué es bueno pestañear? Pues porque así se demuestra que uno se turba. Lo confieso: YO ME TURBO MUCHO. ME ACALORO, TAMBIÉN, Y PIERDO EL NORTE MAGNÉTICO. Me gusta ser así. Es mi locura personal e intransferible. A veces me vuelve, como tanto te gusta decir a ti, en alguien ñoño, pero me aleja muchísimo de la gente acerada. Ñoño era Rousseau el aduanero. La perfección. Y ñoño es Winnie, el último héroe (ñoño con avaricia, el non plus ultra de la ñoñería). Ñoño es ser hijo de un hombre y una mujer, ñoño es una pared estampada con estrellitas, ñoñas son las bailarinas, los canesús, las camisetas de tirantes, ñoñas son la corbatas y los croatas, ñoño es el mar Cantábrico, el mar Mediterráneo, el mar Adriático y el mar de la Tranquilidad; noño es apellidarse Faus, que es anagrama de fusa, lo que nos lleva a la semifusa y a la posibilidad de apellidarse Semifaus, o Mesifaus, y ñoño es el mes de Messidor, y la Comuna de París, y Thiers y esa pandilla de genocidas matacerezos, y la historia en general es muy ñoña, y es ñoño el futuro, y Philip K. Dick hablando de él, y su novela ¿Sueñan los androidos con ovejas eléctricas?, donde aperece el concepto más ñoño de la vía láctea: "el kippel", la gran ñoñería de la materia, que se acumula preligrosamente hasta hacer montones desorganizados y caóticos, algo, en fin, muy cómico; ñoño es casi todo. Los tintes, las tinturas, las medias tintas, la tinta de calamar. Ñoñadas.

lunes, octubre 06, 2008

Breviario de podredumbre

"Por separarnos de nuestros pesares, nuestro último recurso es el delirio; sujetos a sus desvíos, ya no volvemos a encontrar nuestras aflicciones: paralelos a nuestros dolores y al margen de nuestras tristezas, divagamos en una tiniebla saludable".

Desmond, aterrizado de Vietnam, en casa, con su traje recién planchado, pulcro y limpio como el suelo de un quirófano, pero por dentro de otro modo, en off, igual que la lengua de un camello, igual que una piñata mexicana, igual que Alí Farka Touré, igual que el swing malouche. Dentro, todo sonaba a guitarras y estaba inflado y se precipitaba por un embudo en bloques de monosacáridos bien envueltos en papel de cebolla. Vamos, como dice Cioran, divagaba en una tiniebla saludable, así que en una semana ya no llevaba ni cordones en las botas, ni se afeitaba, ni se lavaba y vestía una cazadora militar, en lugar de la impecable guerrera del cuerpo de marines, con sus chapas y sus galones. También llevaba un gorro de lana, era invierno y, aunque sociópata, estúpido no era.

Por Ignacio

lunes, abril 21, 2008

Alba Mandolina

Llevo un tiempo manejando una idea que le robé a un famoso cura carlista, que venía a decir así: ¡O Don Carlos o el petróleo!, haciendo referiencia a lo negro que sería todo sin un Carlos al mando. Así de coloso era ese pensamiento que, por otra parte, tenía una vida muy corta. Por regla general seguía la doctrina de los seis días buenos contra el último (domingo, día del señor) malo. Esto demuestra que la fórmula de la relatividad es intercambiable, que podría enunciarse así: R=mc2, O=mc2, S=mc2 o P=mc2, donde R sería Rana (como en la película Magnolia, que a las tres horas de duración sorprende con una lluvia torrencial de ranas), O sería Octubre, S sería Sueño y P sería Percha. Cualquier cosa nos vale. Lo definitivo es la huella, la muesca que deja el fenómeno.

domingo, marzo 09, 2008

MI LU

mi lubidulia
mi golocidalove
mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma
y descentratelura
y venusafrodea
y me nirvana el suyo la crucis los desalmes
con sus melimeleos
sus erpsiquisedas sus decúbitos lianas y dermiferios limbos y gormullos
mi lu
mi luar
mi mito
demonoave dea rosa
mi pez hada
mi luvisita nimia
mi lubísnea
mi lu más lar
más lampo
mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio
mi lubella lusola
mi total lu plevida
mi toda lu
lumía

Por Oliverio Girondo

viernes, febrero 15, 2008

Sobre ahora


En los días de triste, nene,
se canta una nana
se canta una nana,

Se tiembla un segundo,
se canta una nana

Del pecho te sacas la pared,
se canta una nana

Y llega
Y dice
Y canta

..Al azar la mirada,
Todo azul, todo nube

En los días de triste, nene,
se canta una nana
se canta una nana

Por Srta Almendras

domingo, diciembre 30, 2007

Involución del ciudadano chileno medio II: de cómo se anudan los zapatos los uruguayos.

Desprovisto finalmente de la nuca de Alicia, sin alicientes para vivir, alicaído, me di al alcohol y al alpinismo de élite.

Así pasé cuarenta y seis minutos, y si abandoné semejante estado de abandono fue sólo gracias a las palabras que el anciano y borracho Edgardo me susurró al oído aquella madrugada de tempestad: "Algunos dromedarios simpáticos sonríen a los tenedores hembra, huye a Uruguay".

El mensaje se me antojó profético, por lo que, unánimemente, tomé la decisión de engullir siete orfidales y lanzarme al Atlántico con un par de manguitos alquilados. Cuando desperté, a mediados de octubre del año 2014, era ya un hombre casado y con hijos, funcionario público y propietario de un humilde pero bonito piso situado a las afueras de Montevideo. Mi porvenir estaba resuelto y mi tiempo de ocio lo dediqué con despreocupación a la investigación sociológica.

¿Qué decir de los uruguayos? Que son unos caníbales amabilísimos. No se si se trata de mis prejuicios europeos o del mordisco que una señora mayor me ha dado en el antebrazo. Yo les he observado detenidamente, les he estudiado a prudente distancia y he anotado las siguientes conclusiones en la manga de mi camisa:

A) Para atarse los cordones de los zapatos los uruguayos precisan luz, habilidad y una madre.

A.1) Un uruguayo a oscuras trata de ajustarse las botas e inaugura una tienda de ultramarinos.
A.1. 2) Un uruguayo inhábil es rechazado por sus amigos y arrojado a un lodazal repleto de domadores hambrientos antes de cumplir los dos años de edad.
A.3+2=5) Un uruguayo sin madre es un uruguayo huérfano de madre.

B) En Uruguay los mocasines existen únicamente como entidades inmateriales, suprasensibles, subvencionadas por el gobierno. Resulta casi imposible anudárselos en la cruda realidad.

En fin, no debería contarlo pero una tarde, al regresar de la oficina, sorprendí a Alicia en mi propia casa, besando apasionadamente a mi uruguaya esposa. Alicia estaba cambiadísima. Lucía una brillante calva y un frondoso bigote y al parecer se llamaba Ernesto. No se parecía en nada a ella. Incluso es posible que no fuera ella.
Por Flori Flori

lunes, diciembre 17, 2007

Manifiesto del señor Antipirina

DADA permanece dentro del marco de las debilidades europeas, es una cochinada como todas, pero de ahora en adelante queremos zurrarnos en diversos colores para ornar el jardín zoológico del arte de todas las banderas de los consulados.

Nosotros somos directores de circo y chiflamos por entre los vientos de las ferias, por entre los conventos , prostituciones, teatros, realidades, sentimientos, restaurantes, uy, jojo, bang, bang.

Nosotros declaramos que el coche es un sentimiento que nos ha unido más de lo suficiente en las lentitudes de sus abstracciones, como los trasatlánticos, los ruidos y las ideas. Sin embargo, nosotros exteriorizamos la facilidad, buscamos la esencia central y nos sentimos contentos si podemos ocultarla; no queremos contar las ventanas de la élite maravillosa, pues DADA no existe para nadie y queremos que todo el mundo entienda eso. Es ahí, os lo aseguro, donde está el balcón de Dadá. Desde donde uno puede oír marchas militares y descender cortando el aire como un serafín en un baño popular, para mear y comprender la parábola.

El arte era un juego color de avellana, los niños armaban las palabras que tienen repique al final, luego lloraban y gritaban la estrofa, y le ponían las botitas de las muñecas, y la estrofa se volvió reina para morir un poco y la reina se convirtió en ballena y los niños corrían y se quedaron sin cena.

Y luego vinieron los grandes embajadores del sentimiento, quienes exclamaron
históricamente a coro:



Psicología Psicología jiji
Ciencia Ciencia Ciencia
Viva Francia
No somos naïf
Somos sucesivos
Somos exclusivos
No somos simples
Y sabemos bien discutir de la inteligencia.

Siete Manifiestos Dada, Tristan Tzara

jueves, diciembre 06, 2007

Involución del cuidadano chileno medio

Alicia me ha abandonado. Nuestra relación marchaba bien hasta que una tarde me dijo:

- Nuestra relación no marcha bien.

- Me han pedido un artículo sobre chilenos – le comenté.

- Nunca te convencieron los chilenos, escribe sobre hugonotes – respondió ella.

Alicia siempre lleva razón, los hugonotes gustan a todo el mundo: son flexibles, extintos, promiscuos y tienen la admirable capacidad de sonreír tras una catástrofe nuclear.

- Entonces, ¿te marchas para siempre? – la interrogué

- Deja de pensar en mí – emitieron sus labios coloreados de mercromina.

Anochecía ya en los más excelsos salones parisinos, sin embargo, Alicia, díscola y despeinada, continuaba extrayendo formas de las manchas de humedad de la pared. (Los vecinos la observaban tranquilamente escandalizados).

- La radiografía de un anacoreta, al fin, la radiografía de un anacoreta... – murmuró Alicia para sí.

- Alicia, por favor...

¿Chilenos? Mi padre conoció uno. Era payaso de circo y se apellidaba Ramírez. Apareció sin vida en su caravana, con un disparo en la oreja, afirmó el forense.

Pero allí, entre los trapecistas, nadie sabía por qué el hombre-bala se sentía tan culpable.


Por Flori Flori

sábado, noviembre 24, 2007

Un hijo del circo

" ¿Y que es lo que quieres hacer con mi sangre? - preguntó el payaso enano al doctor
Busco ese secreto que te ha convertido en un enano - replicó el Dr. Daruwalla.
¡Ser enano no es ningún secreto - respondió Vinod
Busco en tu sangre algo que pudiera ayudar a los demás a no tener hijos enanos - explicó el doctor
¿Y por qué quieres acabar con los enanos? - preguntó el enano.
"

John Irving

miércoles, noviembre 21, 2007

21-IV [de 1916]


...En este momento hay una inmensa cantidad de intelecto de viaje; en particular hacia Suiza. Llueven las frases ingeniosas. Las cabezas giran e irradian fulgor etéreo. Hay un partido de los intelectuales, una política del intelecto, las sutilezas hacen realmente difícil la comunicación. "Nosotros los intelectuales" se ha convertido ya en la rúbrica del lenguaje coloquial y en la muletilla de los viajantes de comercio. Hay tirantes intelectuales, botones de camisa intelectuales, lo periódicos rebosan de intelecto y las secciones de cultura compiten en intelectualismo. Si esto sigue así, se acerca el día en que aparezca una central para la reunión intelectual que decrete de forma espontánea la psicostasia general y el fin del mundo.

(Del diario del Cabaret Voltaire. Hugo Ball)

Telegramas

Una esperanza cambió con su hermana los siguientes telegramas, de Ramos Mejía a Viedma:

OLVIDASTE SEPIA CANARIO. ESTÚPIDA. INÉS.
ESTÚPIDA VOS. TENGO REPUESTO. EMMA.

Tres telegramas de cronopios:

INESPERADAMENTE EQUIVOCADO DE TREN EN LUGAR 7.21 TOMÉ 8.24 ESTOY EN SITIO RARO. HOMBRES SINIESTROS CUENTAN ESTAMPILLAS. LUGAR ALTAMENTE LUGUBRE. NO CREO APRUEBEN TELEGRAMA. PROBABLEMENTE CAERÉ ENFERMO. TE DIJE QUE DEBÍA TRAER BOLSA AGUA CALIENTE. MUY DEPRIMIDO SIÉNTOME ESCALÓN ESPERAR TREN VUELTA. ARTURO.

NO. CUATRO PESOS SESENTA O NADA. SI TE LAS DEJAN A MENOS, COMPRA DOS PARES, UNO LISO Y OTRO A RAYAS.

ENCONTRÉ TIA ESTHER LLORANDO, TORTUGA ENFERMA. RAIZ VENENOSA, PARECE, O QUESO MALAS CONDICIONES. TORTUGAS ANIMALES DELICADOS. ALGO TONTOS, NO DISTINGUEN. UNA LÁSTIMA.

Julio Cortázar

El almuerzo

No sin trabajo un cronopio llegó a establecer un termómetro de vidas. Algo entre termómetro y topómetro, entre fichero y currículum vitae. Por ejemplo, el cronopio en su casa recibía a un fama, una esperanza y un profesor de lenguas. Aplicando sus descubrimientos estableció que el fama era infra-vida, la esperanza para-vida, y el profesor de lenguas inter-vida. En cuanto al cronopio mismo, se consideraba ligeramente super-vida, pero más por poesía que por verdad. A la hora del almuerzo este cronopio gozaba en oír hablar a sus contertulios, porque todos creían estar refiriéndose a las mismas cosas y no era así. La inter-vida manejaba abstracciones tales como espíritu y conciencia, que la para-vida escuchaba como quien oye llover -tarea delicada. Por supuesto, la infra-vida pedía a cada instante el queso rallado, y la super-vida trinchaba el pollo en cuarenta y dos movimientos, método Stanley Fitzsimmons. A los postres las vidas se saludaban y se iban a sus ocupaciones, y en la mesa quedaban solamente pedacitos sueltos de muerte.

Julio Cortázar

sábado, septiembre 01, 2007

Meteorito

Aclaración 1: ¿Se supone que no conozco las palabras que escribo? Risa. Tengo. Reír es bueno. Y el verbo ser una palabra baúl

Aclaración 2: Suena a lechuguesco, por la mixtura ridícula de lo dicho, el comentario lleva la marca de Lechuga: una mujer y un error. Hidris. Y no hydra, que también. Si es de lechuga (acláramelo) no me molestaré en contestar. Prefiero un púgil de mi peso (palabra que no sé lo que significa, jijiji).

Aclaración 3: ¿Se supone que me llama "poseur que lee a Flaubert"? Porque también es lechuguesco, esa manera suya de intercalar galicismos tan demodé (anda, ¡yo también lo hice!), tan haschischien y muerta como las uvas de nochevieja.

Aclaración 4: Leo a Capote. Truman. Y he observado que me parezco escribiendo a él. También he observado (él mismo lo reconoce en el prólogo de Música para camaleones, aunque a su manera) que escribe como los ángeles y yo (donc) creo que también.

Aclaración 5: A la mujer de la hemorragia le vendrían bien tres cosas:
Cosa 1: Diferenciar el verbo ser del verbo estar. Muy importante en castellano.
Cosa 2:Diferenciar el verbo ver del verbo mirar. Muy importante en cualquier idioma. Incluido el sanscrito.
Cosa 3: Una transfusión.

Por Frank Deporto

La frontera de la endogamia

[El pasillo de un segundo piso de un hospital. Tal vez un tercero o un cuarto. Enmoquetado, de verde cesped inglés. Las paredes blancas, el rodapié blanco. Es un pasillo largo y ancho. A un lado y a otro hay puertas cerradas. Entre una serie de puertas dos celadores se apollan en la pared. Visten de blanco: pantalón, camisa y bambas. Si cierran los ojos, se confunden con la pared.]
CELADOR1: Mi parienta anda descontenta con la paga. Dice que ella en una mañana gana el doble. ¡Na! Especulaciones interesadas. A mí me parece un salario justo y no me deslomo a trabajar.
CELADOR2: Amén a eso, hermano.
CELADOR1: Pude haber entrado en una fábrica.
CELADOR2: ¿Pudiste?
CELADOR1: Trabaja allí mi viejo, quería enchufarme. Soldar, ensamblar.
CELADOR2: Y lo dejaste pasar.
CELADOR1: Hay que madrugar mucho, colega. Las mañanas en esta ciudad son muy traicioneras. Y yo soy un hombre muy delicado. Además no quiero acabar chinado.
CELADOR2: ¿Chinado?
CELADOR1: Ímagínate, siempre el mismo movimiento, la misma postura, de locos. Acaba saliéndote callo. Y la mente se pierde en derivadas. Na, que me echen un galgo. Mi viejo tiene unos ticks rarísimos, ya no voy a comer a su casa, da un poco miedo.
CELADOR2: Pues aquí estamos rodeados de pirados.
CELADOR1: Nos llueven.
[Silencio. Se abre una de las puertas, no lejos de los celadores. De ella salen el Dr. Zack, airado, y Desmond, colorado como un piroclasto incandescente. Pasan por delante de los celadores, que se enderezan y carraspean ruidosamente. A grandes trancos se pierden por una esquina del pasillo. Los celadores les han seguido con la vista y cuando desaparecen se miran el uno al otro.]
CELADOR1: Claro que si me llaman de la Ford puede que me lo piense. Encajar, atornillar.
CELADOR2: El peor de todos es el de la bata blanca.
CELADOR1: Si no fuera por lo que birlamos en el almacen y lo mucho que nos renta, de qué íbamos a seguir aquí... Y por la gasofa que limpiamos de los coches del parking.
CELADOR2: Amén a eso, hermano.
CELADOR1: Vamos, te invito a un flan, tengo unas cuantas docenas en la taquilla.
[Se van. O no. Todo está demasiado blanco en ese pasillo. Menos la moqueta, que fue parte de un minigolf.]
Por Frank Deporto

martes, mayo 22, 2007

Altazor y el viaje en paracaídas


Encuentro a la Virgen sentada en una rosa, y me dice:

»Mira mis manos: son transparentes como las bombillas eléctricas.
¿Ves los filamentos de donde corre la sangre de mi luz intacta?

»Mira mi aureola. Tiene algunas saltaduras, lo que prueba mi ancianidad.

»Soy la Virgen, la Virgen sin mancha de tinta humana, la única que no lo sea a medias, y soy la capitana de las otras once mil que estaban en verdad demasiado restauradas.

»Hablo una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes.

»Digo siempre adiós, y me quedo.

»Ámame, hijo mío, pues adoro tu poesía y te enseñaré proezas aéreas.

»Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he lavado esta mañana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme sobre el colchón de la neblina intermitente.

»Mis miradas son un alambre en el horizonte para el descanso de las golondrinas. »Ámame.»

Me puse de rodillas en el espacio circular y la Virgen se elevó y vino a sentarse en mi paracaídas. Me dormí y recité entonces mis más hermosos poemas.

Las llamas de mi poesía secaron los cabellos de la Virgen, que me dijo gracias y se alejó, sentada sobre su rosa blanda.

Ah, qué hermoso..., qué hermoso.


Por Vicente Huidobro

domingo, mayo 20, 2007

Aullido


Quienes fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela en Madison Avenue entre ráfagas de versos plomizos y el parloteo borracho de los regimientos de acero de la moda y los chillidos de nitroglicerina de las agencias de publicidad y el gas mostaza de los editores siniestramente inteligentes, o cayeron por los taxis ebrios de la Absoluta Realidad.

Quienes exigieron juicios de cordura acusando a la radio de hipnotismo y fueron dejados con su locura y sus manos y un jurado colgado.

Quienes se desvanecieron en ninguna parte de Zen New Jersey dejando un reguero de ambiguas postales ilustradas de Atlantic City Hall, sufriendo sudores orientales y artritis Tangerianas y jaquecas de China bajo la basura en las salas sin muebles de Newark.

Quienes prendieron cigarrillos en vagones traqueteando por la nieve hacia granjas solitarias en la noche del abuelo.

Quienes estudiaron a Plotino, Poe, San Juan de La Cruz, telepatía y cábala debido a que el cosmos instintivamente vibraba en sus pies en Kansas.

Quienes tosían en el sexto piso del populoso Harlem con llamas bajo el cielo tuberculoso rodeados por las jaulas naranjas de la teología.
.
Quienes perdieron a sus amantes por las tres viejas musarañas del destino, la musaraña tuerta del dólar heterosexual, la musaraña tuerta que hace guiños fuera del útero y la musaraña tuerta que no hace nada sino sentarse en su trasero y corta las hebras doradas intelectuales del vislumbre del artesano.

Quienes cocinaron animales podridos pulmones, corazón, pata ,cola borsht y tortilla soñando con el puro reino vegetal.

Quienes se zambulleron en camiones de carne buscando un huevo.

Quienes se cortaron las muñecas tres veces seguidas sin éxito, se rindieron y fueron forzados a abrir anticuarios donde pensaban que se ponían viejos y gritaban.

Quienes cayeron de rodillas en catedrales sin esperanza rezando por la salvación de cada uno y la luz y los pechos, hasta que el alma iluminara su cabello por un segundo.

Quienes arrojaron papas saladas a los conferencistas de Dadaismo en CCNY y subsecuentemente se presentaron ellos mismos en las baldosas de granito del manicomio con cabezas rapadas y un discurso arlequinesco de suicidio, demandando una lobotomía instantánea, y quienes a su vez se entregaron a la nulidad concreta de la insulina, Metrazol, electricidad, hidroterapia, psicoterapia, terapia ocupacional, ping pong y amnesia.

Quienes en protesta seria dieron vuelta sólo una simbólica mesa de ping pong, descansando brevemente en catatonia, volviendo años después verdaderamente calvos excepto por una peluca de sangre, y lágrimas y dedos, a la visible fatalidad del hombre loco de los pupilos de los pueblos locos del Este.

Por Allen Ginsberg

sábado, mayo 19, 2007

BAUHAUS HOOCHIE HOO


Alegre objeto casero
en el que me parabolizo
y me encrespo
como si fuera una ola
que parte, que cruje cascos de acero
mar adentro.

Alegre camuflage profiláctico
donde la carne
no toca el cuero
interponiéndose el lino hilado del Nilo,
cubriendo la novedad niquelada,
de diseño, tiralíneal.

Alegre la forma
en que descubres la sábana
y te sientas cruzando las piernas,
a la manera de los baobabs
que crecen en las bolsas
grandes de patatas.

Alegre cuando hacemos
chirriar el conjunto
como bestias ilustradas
ríendo y llorando
sin motivo aparente,
sin orden, sin consecuencias.

Alegre la mañana
con el cuerpo retorcido,
moldeado en el potro,
perfectamente escenificado,
novelesca y electromágnética
la dura cerviz.

Alegre ese día
de compras en el que me dejo seducir
por escandinavia,
y soy infiel hasta la náusea,
en el confort,
en las facilidades de pago.


Por Frank Deporto

lunes, marzo 12, 2007

Alegría del cronopio

Encuentro de un cronopio y un fama en la liquidación de la tienda La Mondiale.
-Buenas tardes, fama. Tregua catala espera. -Cronopio cronopio? -Cronopio cronopio. -Hilo? -Dos, pero uno azul.
El fama considera al cronopio. Nunca hablará hasta no saber que sus palabras son las que convienen, temeroso de que las esperanzas siempre alertas no se deslicen en el aire, esos microbios relucientes, y por una palabra equivocada invadan el corazón bondadoso del cronopio.
-Afuera llueve- dice el cronopio. Todo el cielo. -No te preocupes- dice el fama. Iremos en mi automóvil. Para proteger los hilos.
Y mira el aire, pero no ve ninguna esperanza, y suspira satisfecho. Además le gusta observar la conmovedora alegría del cronopio, que sostiene contra su pecho los hilos -uno azul- y espera ansioso que el fama lo invite a subir a su automóvil.
Por Julio Cortázar

Tristeza del cronopio

A la salida del Luna Park un cronopio advierte que su reloj atrasa, que su reloj atrasa, que su reloj. Tristeza del cronopio frente a una multitud de famas que remonta Corrientes a las once y veinte y él, objeto verde y húmedo, marcha a las once y cuarto. Meditación del cronopio: "Es tarde, pero menos tarde para mi que para los famas, para los famas es cinco minutos más tarde, llegarán a sus casas más tarde, se acostarán más tarde. Yo tengo un reloj con menos vida, con menos casa y menos acostarme, yo soy un cronopio desdichado y húmedo". Mientras toma café en el Richmond de Florida, moja el cronopio una tostada con sus lágrimas naturales.
Por Julio Cortázar

jueves, enero 04, 2007

Frasco de alcohol etílico con tapón de rosca

Se podría decir que cuando oigo la palabra sexo pienso en chicles con azúcar, en aquellos chicles de antaño, que llenaban la boca, y cuánto más los mascabas más acuciante era la necesidad. Chicles como toallas, con sus clásicos oficiales, ricos en monosacáridos:
- Fresa.
- Menta.

Porque la sofisticación llegó mucho después, con los nueve de cada diez dentistas, ¡miserables!, ellos hundieron la bicoca del chicle con azúcar. Al menos había uno, de entre todos, que quería más, era un transgresor. Por él que la gente se hiciese pulpa los dientes, después de todo, eso y sólo eso ponía un plato caliente en la mesa, y mandaba al colegio de monjas a las niñas y pagaba el kárate del niño. Claro está que las ortodoncias salían al coste, que para eso papá era del ramo. Oh, qué hombre aquél, ya lo veo saliendo del coche -como siempre aparcando mal, a él qué más le daba- y allí, en la puerta de la consulta, los encuestadores. Son jóvenes, apenas en la veintena, ella es como un línea discontinua cuando llega a curva ciega. Sus labios son cacao de Guinea Ecuatorial, las zapatillas rojas y los calcetines verdes. Lleva leotardos. Él parece cargar con un saco de arpillera, aunque se empeñe en decir que es su abrigo de pana. Como quieras, dice el dentista. La chica no está contenta con lo que ha dicho de sus leotardos:

CHICA ENCUESTA - No son leotardos.
DENT. - Lo son.
CHICA ENCUESTA . Que no, coño.
DENT. - Lo disimulan bastante bien.
CHICA ENCUESTA - Diga leggins.
DENT. - Soy un iconoclasta.
CHICA ENCUESTA - ¿Y qué dice del chicle?
DENT. - Con azúcar siempre.
CHICO ENCUESTA - Típico.
DENT. - También aparco mal. Y diseño camisetas.. en mal estado...Ebrio
CHICA ENCUESTA - Sí, sí me conozco la canción, y de pequeño quería ser conquistador de jitanjáforas y soñaba con encontrar una lo suficientemente grande donde jamás se pusiese el sol para...¿cómo era...?
CHICO ENCUESTA - ...Para dedicarse a lo que más le gusta en la vida, que es la jardinería. Típico.
DENT. Así es, verdades demoscópicas como puños...¿Algo más?
CHICA ENCUESTA - Pues no, creo que eso era todo.
DENT. - Pues arreando, que tengo trabajo

Por Michael Gondor, trovador

jueves, diciembre 28, 2006

Experimento con materiales inocuos. La química de los gases inertes


Pongamos que hubo un tipo que se llamaba Abraham, que éste tuvo un hijo que se llamaba Isaac y que éste, a su vez, en una cadena que tiene fin sólo al final de los tiempos (que es como decir: no lo veremos, no lo oiremos, no oleremos el azufre) un hijo que se llamaba Jacob. De él, de su carne lujuriosa, fueron engendrados doce hijos. Y aquí está la madre del cordero. Cada hijo es el cabeza de una tribu de Israel, una tribu nasal por barba. ¿Qué interesa del caso? El número, o cada número. Doce nombres:

1 Rubén
2 Simeón
3 Leví
4 Judá
5 Dan
6 Neftalí
7 Gad
8 Aser
9 Isacar
10 Zabulón
11 José
12 Benjamín

¿Y ahora? Hay que confrontar la primera muestra con otra lista, esta vez de objetos inanimados. Yo, en mi deformidad agraria, opto por intrumentos de jardinería o agrícolas. A saber:

A Azada
B Segadora
C Cortasetos
DTijeras
E Pala
F Rastrillo
G Cosechadora
H Hoz
I Hacha
J Desbrozador
K Semillas
L Palote

No queda más que la mixtura, al azar, una alborada que aparece detras de un gymnofilósofo muy activo. ¡Hágase la mezcla!:

K1
G4
B12
E8
A3
H5
L10
J6
C2
F7
D11
I9

Por Magnolio Teutón

martes, diciembre 26, 2006

El souvenir del diablo (o de los cojones)

Yo tú él, dijo el comerciente bengalí abarcando el espacio con un movimiento natatorio del brazo, yo tú él, repitió. Entonces su gesto se volvió octavas. Llevaba un diente de oro, sin duda el que, de todos los dientes, sonreía con más espanto. O brillaba. O lo que fuera que haciese aquel diente de mal agüero. El caso es que yo, primera parte del sortilegio, no queriendo comprar nada, acabé comprando. Había perdido mi voluntad en un acto reflejo inducido, exógeno, marginal, en el breve lapso que va de un pronombre personal a otro, de la primera a la tercera persona, ya era una marioneta sin fortuna. Trapo y paja, yermo, allí, en un sucio callejón, en la tienda de los retales de un comerciante bengalí compuesto de escalas de viento y mueca; el hombre de los pronombres: el prohombre pronominal que ordenaba y mandaba. Y yo, primera parte de la parte contratante, actor secundario, tuve que comprar. Ahora está en el salón, inútil como casi todo, mirándome y sonriéndome en vano con su gesto marcadamente etnográfico, burlesco; barnizado.
Por Diácono Azul

domingo, diciembre 17, 2006

El silbido de Magnolio (Letanía)


Qué negra es la noche,
negra negra.
Y la piel
y la piel bajo la piel,
confundiéndose con sombras
y con redomas de obsidiana,
magmática piel, metamórfica,
negra como el té verde,
astringente,
astral como un sembrado de estrellas:
estrellas de corral,
estrellas al ajillo,
estrellas en pepitoria;
hulleras estrellas bajo la piel
sorbiendo la noche bajo la noche,
en un sillón de cuero oscuro:
estrellado,
negro negro.

Por Magnolio


viernes, diciembre 15, 2006

Hojas de espejo, espejadas, especulantes


Mi visión de La bombilla es la de un gran contenedor. Camino por el desierto, tengo mucha sed y hace un calor de mil infiernos. Es normal que tenga espejismos. Más si cabe teniendo en cuenta que hace varios días que no bebo agua. Mis labios son grietas, las que salen en un terreno yermo, o en un rostro maduro, meandros, balandros, carreteras secundarias, vías pecuarias. Todo eso. Entonces, cerca del oasis, ya es mala suerte, empiezan las visiones. De tal manera que no distingo la carnosa realidad de los dátiles -oh, los dátiles- del guardia urbano que me hace señas unos metros más adelante. ¿Es a mí? ¿Lleva guantes? ¿No es esto un desierto? Ahí mismo surge la visión de La bombilla. La que yo tengo de ella:

La Bombilla contiene:

- Absurdo.
- Dadá.
- Esperpento.
- Lo kafkiano.
- Lo surrealista.
- Lo onírico.
- Lo verbal.
- Creacionismo.
- Ultraísmo.
- Modernismo.
- ¿Empirismo? -Ni de coña-
- Roña...No, Roma.
- Es roma, es chata, es chapa.
- Y pintura.


El guardia sigue haciéndome gestos. Yo pretendo seguir ignorándolo, hasta sentir su porra (recuérdese el decálogo), haciéndome presión, positivando su realidad beduina, o no, lo que sea, tal vez bereber, pero real como un golpe frontal, sin airbag. Mientras tanto, una docena de dátiles, amable celador. ¿Dije celador? Disculpe, querido amigo, no vi que vestía de azul-mina-de-plata, ¡cómo iba a saber que usted era un Tuareg! Debería llevar su espingarda a mano, o colgando del hombro, y no ese fonendoscopio robado, a algún ATS, desprevenido, dormido, conturbado en ondas alfa, beta, delta, gamma y epsilon. En cualquiera caso, dígame, ¿podría servirme unos dátiles? ¿Que tiene que consultar con el médico? No veo ninguno por aquí, no me tome el pelo, amiguito, llevo unos cuantos días sin comer, mis jeans, que antes eran fundas para de almohada, vainas de judías, depósitos de gas ciudad, son ahora holgados gallardetes, bolígrafos sin mina, ranúnculos secos de secas y bíblicas matas ardientes, ¿comprende? Ya, el médico. Pues mire, no me hable de él, no lo veo por aquí, guárdese sus subterfugios. ¿Que está aquí? ¿Dónde? ¡Ah, claro, es él, el guardia urbano! Debí captar la alegoría. Bueno, aquí le dejo, camellero, voy a sumergirme en el agua: agua de oasis.


Por Magnolio

martes, octubre 17, 2006

Filifor forrado de niño (prefacio)

la tortura del verdor infrahumano, de los pimpollos, hojitas, botones
o la tortura del desarrollo no-desarrollado
o quizá el dolor de la forma no formada
o el pesar de ser creado, en nuestro yo, por otros hombres
el sufrimiento de la violación física y psíquica
la tortura de dinamizantes tensiones interhumanas
la curva tortura, todavía no aclarada del todo, del desvío psíquico
la molestia marginal de la luxación psíquica y la pifia psíquica
la incesante pena de la traición y la disonancia
el sufrimiento automático del mecanismo y el automatismo
el sufrimiento de la analogía y el analógico sufrimiento de la simetría
la análitica tortura de la síntesis y al sintética tortura del análisis
o, a lo mejor, el sufrimiento de las partes del cuerpo y de la perturbación referente a la jerarquía entre los miembros sueltos
aflicción del infantilismo benigno
del culito, de la pedagogía, del escolarismo
de la inocencia e igenuidad inconsolables
del alejamiento de la realidad
de la quimera, ilusión, divagación, ficción
del idealismo superior
del idealismo inferior, burdo y rinconal
de los sueños de segundo orden
o quizá el tormento asombroso del achicamiento, empequeñecimiento
tortura del candidato eterno
de la aspiración
del aprendizaje interminable
o quizá, sencillamente, la tortura de esforzarse por superar más allá de sus propias fuerzas y la consiguiente tortura de nopodermiento general y particular
erosión de la superioridad
sufrimiento de despreciar
sufrimiento de la poesía superior e inferior
la tortura sorda del estancamiento psíquico
tormento torcido de lo torcido, de la cogida desleal e incorrecta
o, más bien, la congoja de la edad en su sentido general y particular
tortura del anacronismo
tortura del modernismo
sufrimiento a causa de la formación de nuevas capas sociales
dolor de los semicultos
dolor de los incultos
dolor de los cultos
o quizá, sencillamente la tortura de la indecencia microculta
el dolor de la estupidez
de la sabiduría
de la fealdad
de las hermosuras, encantos, hechizos
o, puede ser, el sufrimiento de la mortal lógica y consecuencia en la tontería
desconsuelo de recitar
la desesperación de imitar
el aburridor tormento del aburrimiento y del repetir siempre lo mismo
o, posiblemente, la hipomaniacal tortura hipomaniacal
la indecible tristeza de lo no indecible
la tristeza de la no-sublimación
el dolor del dedo
de la uña
de la muela
de la oreja

Por Witold Gombrowicz

Filifor forrado de niño

(El príncipe de los sintetistas, reconocido como el más glorioso de todos los tiempos era sin duda el doctor profesor de sintesiología de la Universidad de Leyden, sintesita superior Filifor. Operaba conforme al espíritu patético de la síntesis superior, principlamente por medio de adición + infinidad. Era hombre de buena estatura, no poca corpulencia, barba hirsuta y rostro de profeta con anteojos)
He aquí el curso sucesivo del incidente, según el acta levantada posteriormente.
1. La profesora Filifor, muy entrada en carnes, gorda y bastante majestuosa, se hallaba sentada, sin pronunciar palabra, ensimismada.
2. El profesor doctor Anti-Filifor plántose frente a la señora con sus útiles cerebrales y empezó a observarla con una mirada que la desvestía hasta lo más íntimo. La señora Filifor tembló de frío y de vergüenza. El doctor profesor Filifor la cubrió en silencio con la manta de viaje y fulminó al insolente con una mirada llena de inmenso desprecio. Sin embargo, al hacerlo mostró signos de inquietud.
3. Entonces Anti-Filifordijo quedamente: "Oreja, oreja", y estalló en una risa sarcástica. Bajo la influencia de esas palabras, la oreja apareció inmediatamente en toda su desnudez y se hizo indecente. Filifor ordenó a su esposa que se cubriera las orejas con un sombrero; esto, sin embargo, no sirvió de mucho, porque Anti-Filifor murmuró entonces, como para sí mismo: "Dos orificios de la nariz", desnudadno así los orificios de la nariz de la venerable profesora de un modo al mismo tiempo impúdico y analítico. La situación se tornó grave, ya que no pudo ni hablarse de la ocultación de los orificios.
4. La balanza de la victoria empezaba a inclinarse claramente hacia Colombo. El maestro del análisid dijo con gran frialdad: "Los dedos de la mano, los cinco dedos" Por desgracia, la robustez de la profesora no era suficiente para ocultar el hecho de que, repentinamente, apareció a los reunidos en toda su inaudita vivacidad, es decir, el hecho de los cinco dedos de la mano. Los dedos estaban allí, cinco en cada lado. La señora Filifor totalmente profanada, trató, con el resto de sus fuerzas, de ponerse los guantes, pero ¡cosa absolutamente increíble! el doctor de Colombo le hizo al momento el análisis de orina y, riendo desmedida y estruendosamente, exsclamó victorioso: "HOC, TPS, un poco de leucocitos y albúmina". Se levantaron todos y el doctor profesor Anti-Filifor se retiró con su amante, que soltó una risa vulgar, mientras el profesor Filifor, con ayuda de los abajo firmantes, llevó sin demora a su esposa al hospital.
Por Witold Gombrowicz (autor periférico)

miércoles, septiembre 13, 2006

La estática de la endogamia VI: el funcionario de la estrella de plata

(Un despacho. No muy grande. No más de lo habitual. Una mesa, dos sillas ergonómicas, un par de estantes. Aluminio y cristal. Nada de madera. Una ventana cerrada, un alféizar vacío. Un lugar escueto y funcional. Sobre la mesa una placa metálica lleva esta inscripción: Dr. Brown. Frente a la placa está sentado un hombre en pijama. Es líquido, pero espeso, con una capa de nata cubriendo la superficie de la leche. Frente a él otro hombre de apariencia cansada, ojeroso, astrado, de apostura casi aguardentosa. Aún así, está sobrio).


Desmond - El hombre de la Fender Stratocaster suele tener la última palabra. Es imposible meter baza, Doctor. Viene cargado de flecos y a uno se le nubla la visión. Y es flecos, flecos y flecos. Entonces tratas de decirle algo amable, o bromear, o de ser uno más en la pandilla, y él se impone con sus flecos; y más flecos. Y cuerdas de guitarra. Y llaveros. Y llaves, una lluvia de llaves. Y ese taconeo de sus botas de piel…
Dr. Zack - Por eso te fuiste a Tulsa
Desmond - Fue idea suya, quería ir a Califonia. Nos pillaba de camino.
Dr. Zack - California es muy grande, Desmond.
Desmond - Dígaselo a él.
Dr. Zack - (Irónico, teatral) Me encantaría decírselo. Pero no sé a quién dirigirme ¿Hombre, está usted ahí? ¿Hombre? Nada, no contesta.
Desmond - Se llama Fender.
Dr. Zack - ¿Fender el de la Fender Stratocaster?
Desmond - Así es.
Dr. Zack - Dime, Desmond, ¿Cuánto lleva por aquí Fender el de la Fender?
Desmond - Poco tiempo. Unos días antes de…Bueno, ya sabe…aquello…
Dr. Zack - Lo sé, sí... ¿También fue idea suya?
Desmond – Él dijo que necesitábamos una salida dramática. Esas fueron sus palabras exactas: “un salida dramática”. También dijo “mutis por el foro”. Eso le hizo mucha gracia. Me gusta como habla. Y su acento del medio oeste. Por eso se ha hecho el amo del cotarro, Doctor. Claro que no es difícil, los demás no están a la altura, sólo son un incordio, de ahí no podrían pasar.
Dr. Zack - ¿Cuándo dices cotarro te refieres a tu cabeza?
Desmond - Más o menos.
Dr. Zack - (Impaciente) Precisa, Desmond, ya hemos pasado por esto antes…
Desmond - Es que hay algo que usted no sabe.
Dr. Zack - Lo soportaré, suéltalo.
Desmond - Bueno, no sé cómo decirlo, pero verá…Mi cabeza…Mi cabeza es el mismo universo, ¿lo entiende? Me lo dijo Fender.Y tengo que estar bien atento, porque todo depende de mí. Por eso no voy a volver a dormir, sería un suicidio hacerlo, ¿no cree? ¿Qué pasaría si yo me durmiese?… Un desastre, Doctor.

(Pausa valorativa. Silencio forestal)

Dr Zack - No me trago ni una palabra de todo esto.
Desmond - ¿Insinúa que no estoy loco?
Dr. Zack - Al contrario, estás como una regadera.
Desmond - Eso me tranquiliza.
Dr. Zack - Pues te vas a tranquilizar mucho más. Quiero que se acaben los juegos, ¿me has entendido? Nada de fugas, nada de payasadas, nada de novedades. A partir de ahora tomarás la medicación, me encargaré de que se aseguren de que lo haces. ¿Entendido?
Desmond - No trate de dormirme si sabe lo que le conviene. A usted y a todos nosotros, Doctor.
Dr. Zack - (Condescendiente) Sí, lo tendré en cuenta (Pulsa un botón del interfono) Llame a los enfermeros, que se lo lleven.
Desmond - El Sherif era un esbirro suyo, ¿no es cierto? Debí sospecharlo en cuanto lo vi. No me habría atrapado tan fácilmente.
Dr Zack - Calla, Desmond…Calla ya, por favor…Sé buen chico y calla…Tengo estos días mucha falta de sueño…Así que calla...Por el bien del universo.

(Entran dos enfermeros sin llamar a la puerta. Directos, bruscos. Levantan en vilo a Desmond y se lo llevan).
Por Frank Deporto

jueves, agosto 31, 2006

LA ESTÁTICA DE LA ENDOGAMIA V: Nunca es suficiente si de venganza se trata

(Un despacho. O eso parece. La puerta está entornada, el panorama es caótico. Muebles derribados, paredes pintarrajeadas en tres colores: verde, azul, rojo; colores sin suavizar, vivos, primarios; la moqueta está cubierta de una sustancia, turbulenta, rica en fosfatos. Entre el desorden, hay un hombre junto a la ventana. El Dr. Brown. Contempla el teléfono que alguien ha colocado en el alféizar. Pulsa el botón del manos libres y marca un número. Un tono, dos, tres, descuelgan el aparato al otro lado de la línea. El Dr. Brown carraspea y habla. Tiene la manos en los bolsillos y se inclina hacia el aparato.)


Dr. BROWN: ¿Sí? ¿Oiga, el Dr. Zack?
VOZ AL TELÉFONO 1: Un momento, por favor.

(Pausa, sonido de trasiego, unos segundos de indefinición. Alguien coge el teléfono).

VOZ AL TELÉFONO 2 (VAT2): Zack al habla.
Dr. BROWN: ¿Maurice? Soy Brown, tu móvil está fuera de servicio, no lo vas a creer...
VAT2: Te reconocí, Brown, dime, espero que sea importante. Hoy libro...iba a salir a jugar al golf, de hecho me has encontrado en casa de milagro.
Dr. BROWN: Se ha escapado. Ha destrozado tu despacho y te ha embadurnado las paredes con pintadas...
VAT2: ¿De qué me hablas, Brown?
Dr. BROWN: De Desmond. Se escapó de su celda esta noche. Tenía un duplicado de la llave maestra. Lo hemos visto todo en las grabaciones de seguridad. Ha hecho un poco el payaso, para qué negarlo, por los pasillos, abriendo y cerrando puertas, como buscando algo; ahora sabemos qué, entró en el cuarto de mantenimiento...De ahí la pintura...¿Comprendes? Deberías verlo en mitad de la noche andando de puntillas, como si nadie lo viera, o como si caminase a través de un campo minado...Y el vigilante dormido...Alguien tendría que revisar el contrato de ese individuo, seriamente, toda la escena a pantalla completa, Maurice, de un monitor a otro...¿Sabías que esto está lleno de cámaras? Parece Fort Knox, es de locos...Bueno, ya me entiendes, de paranoicos...¿Maurice?

(Silencio valorativo, conmocionado, electrónico; ruido de estática)

VAT2: Te oigo, Brown, te oigo...(Para sí, en un susurro, con voz queda) Ese chiflado...(Al Dr. Brown) ¿Se sabe algo de él?
Dr. BROWN: No, nada. Tenemos toda la aventura hasta que cruzó la puerta del garaje. No me hagas mucho caso, pero me dio la sesación de que se iba galopando, tú ya me entiendes, como hacíamos cuando éramos niños. Claro que da un poco de vergüenza llamarlo a esto fuga, parece que le hubiéramos abierto nosotros mismos la puerta. Estuvo cerca de dos horas rondando el hospital, de un lado para otro. Cargando con botes de pintura, con rollos de papel higiénico y con sacos de sustrato. El jardinero no se lo va a tomar a chiste, el mes pasado me lo llevé a la finca a que me arreglara las parras y es un hombre muy hosco.
VAT2: (Con impaciencia) ¿Y para qué diablos quería todo eso?
Dr. BROWN: (Remiso) Bueno, verás Maurice, tienes que ver tu despacho...Es algo dantesco.
VAT2: (En voz baja, apenas un hilo, para sí mismo) Demente, demente, demente...(A Brown) Iré para allá.
Dr. BROWN: Escucha Maurice, no te preocupes por las consultas, compartiremos despacho una temporada, hasta arreglar esto, yo no tengo problema con eso.
VAT2: Claro, Brown, gracias, ya hablaremos de ello. Pero dime, ¿qué ha pintado en mis paredes?
Dr. BROWN: ¿De veras quieres saberlo? El trayecto en coche es largo, no te conviene...
VAT2: (Sécamente, cortante): Somos adultos, suéltalo.
Dr. BROWN: Capullo. Eso. Varias veces y en colores. Además ha hecho un monigote con cuernos y debajo ha escrito tu nombre.
VAT2: ¡Hijo de...!

(Se corta la llamada. El Dr. Brown se queda plantado delante del teléfono que comunica).

Por Frank Deporto

martes, agosto 29, 2006

Cielito Lindo


Fue un amor a primera vista. Él se quedó a medio camino del váter, en un pasillo angosto, pero no así su vómito, que fue a parar a los pies de ella, como un don, a la carne de sus pies y a su esmalte de uñas, a la piel de cocodrilo de sus carísimas sandalias. Una cosa enlazó con otra, de la bilis al batido para dos -los reservados de formica, los exabruptos líquidos en la cavidad nasal- sólo hubo un paso; corto, no miliar, sencillamente discursivo y edulcorado. Así fue como pasó. Cuánta delgadez, qué morbidas las texturas, la palidez, el exceso de maquillaje, qué rápida era la cadencia del pulso. Cuánta madera consumida entre ambos a partes alícuotas. Ella lo adoraba así, desentendido, desprendido de su animalidad, con su pecho depilado, blando como un plátano máduro. En cuanto a él, huelga decir que daría un ojo por ella, o lo que hiciese falta, aparte de los jugos gástricos, después de todo no era ni cicerone, ni farero, ni espía al servicio de Su Majestad. En la ceguera pan y cebolla. O en el amor. O en el ardor, es lo mismo. Pero ¿Y el té y las pastas? Hasta aquí llegaría la escena para un director cualquiera, honrado, cabal, juicioso, alguien pulcro y respetado que no quiera saber nada de líos. Pero no para éste. Es un director hastiado, quiere más, detesta sentirse en manos de las dilaciones, debidas o no, de los chantajes del sindicato, de la escasez del guión. ¡Basta! Que sirvan el té. Es necesario mantener las formas, y se mantienen con todas sus unidades: él, ella, los cuentos chinos, las chinas en los zapatos, los gritos, las lágrimas, las encendidas disculpas, más lágrimas incluso...Si alguien creía que este director se iba a arrugar lo llevaba claro. Manden contruir un jardín inglés, dijo como de pasada. Su ayudante no cabía en sí: ¿aquí? Aquí o donde sea, y encuéntreme dinero para seguir esta farsa, si me detengo ahora las consecuencias podrían ser funestas, jamás permitiré que se me etiquete como el que no pudo llegar más lejos, el que interrumpió el diluvio, ¿me he explicado? Naturalmente que sí, pero entre tanto él y ella, la pareja, ya pensaba en trasladarse a vivir a un mismo piso. Mejor aún, lo estaban haciendo. Libros, cacharros, discos, objetos delicados, objetos sin pulir, ropa, muebles, alfombras. Si alguien no lo ponía remedio pronto acabarían casados, o algo más drástico. Quizás hubiera una serie indefinida de acoplamientos en vivo, y de partos, con y sin cesárea, y de regalos de aniversario, y de chándales para los días de fiesta. El ayudante era la verdadera piedra angular. Se armó de valor (aprovechó que traladaban un espejo veneciano para mirar qué tal aspecto tenía) y salió al trote.

Por Michael Gondor & Miss Trixie

sábado, julio 01, 2006

Proverbios paraguayos

Si tan sólo él no hubiera sido paranoico y hubiese sido una cuestión de nacionalidad, digamos que en su lugar fuese paraguayo podríamos hablar de...proverbios

1- En las atmósferas nocturnas los paraguayos son granitos de arena.

2- Hay que asumir la dificultad de mirar a través de una cortina de abalorios.

3- Da igual cómo sea el paraguayo, ninguno desemboca en el mar

4- La parafina huele a etereas reacciones nucleares que simulan amaneceres benditos y marinos como gándulas purpúreas.

5- Parábola, paracentesis, paradigma, paralelepípedo...¡Bah! Pura parafernalia, bagatelas.

Por Frank Deporto (bajo la abducción de Srta Almendras)

viernes, junio 23, 2006

Moquetas y espátula

A Tunner-cardiosaludable:

Se sospecha que te abrumas,
que con frecuencia eres ralladura de limón en el pastel de la abuela.
Y no les falta razón. Problemas de cableado, de núcleos caudados,
añadiría la bicha viperina.
Por eso el pegamento es el último baluarte,
El que te abraza, el que te arrulla, el que te acuesta
sobre un tierno lecho de hojas de fresno para que duermas feliz.
Y por mucho que tu olfato ya no distinga el alimenticio
aroma de la sopa en la mesa,
tú duermes feliz, inconsciente, vitalmente constante,
adherente, empaquetado en secuencias algorítmicas
de calma, remblor y carne roja,
Duermes feliz.
¡Dios bendiga a la industria química y sus derivados sintéticos!
Gracias a ella, podemos decirlo, el pegamento reflexiona por ti,
despacha mensajeros a tierras lejanas
como carambolas a tres bandas,
como voces nasales y suicidas,
como un trabalenguas cuyos meandros de baba y letra
han sido escritos en la superficie de una moqueta aún por colocar.
Gracias a ella, amigo, el pegamento te licencia por una isla cualquiera,
y te vuelve una caravana de gitanos búlgaros
en tránsito permanente.
Gracias a ella: afortunadamente existe el pegamento.

Por Frank Deporto

lunes, mayo 29, 2006

La estática de la endogamia IV: en busca de Shangri-La.

(Escrito en la corteza de una secuoya).

(Una consulta. La de siempre. Dos sillas, una mesa, línea telefónica, poca luz y alguna planta de interior. Hay un perchero del que cuelga una americana de lana. En la consulta dos personas: el Dr. Zack y el Dr. Brown).

DR. BROWN: no sé Maurice, tengo ciertos escrúpulos... aún sin determinar, pero escrúpulos...Primates superiores...No sé...parece transgresor.
DR. ZACK: vamos, vamos, Brown; No somos sádicos que se divierten con ello.
DR. BROWN: ya, claro, ¿pero has visto sus caras? Pareciera que están pidiendo limosna.
DR. ZACK: quizás lo hagan a su manera simiesca (ríe).
DR. BROWN: Yo me desmarco, Maurice...No puedo dormir por las noches de solo pensarlo, es superior a mí; en algún lugar hay que establecer el límite, no estamos en la jodida selva...
DR. ZACK: lo es Brown, lo es. Con sus matices, claro está. Aquí la clorofila es hormigón, pero es una selva a fin de cuentas. Y nosotros somos los brujos, los nigromantes de la tribu, los que se desviven por que la especie llore de placer.
DR. BROWN: un mono se me ha cagado encima; lo encontré reivindicativo.
DR. ZACK: los monos siempre han sido criaturas astutas, por eso nos vienen de perlas.
DR. BROWN: ya, pero...¿Hay algo más humano que un mono?

(Llaman a la puerta. Se abre. Aparece Desmond, tímido, dubitativo, como temiendo estar en un lugar indebido. Se queda en el umbral asiendo el pomo de la puerta, mirándose los cordones sin atar de sus zapatillas blancas de deporte).

DR. ZACK: (por lo bajo, a Brown) hablando del rey de Roma.
DESMOND: hola...No sabía sí...Perdonen...¿Interrumpo?
DR. ZACK: ¡No, muchacho, pasa, pasa! (Desmond da unos pasos hacia el interior de la consulta). Cuéntame, ¿qué te trae por aquí? ¿Conoces a Dr. Brown, verdad?
DR. BROWN: (Carraspea).
DESMOND: sí...Hola...Verá...Yo...
DR. ZACK: suéltalo, Desmond.
DESMOND: la verdad es que...Verá...Pensaba que tenía consulta y como el celador me dejó salir de mi cuarto...No sé, todo ha sido muy...inusual
DR. ZACK: (para sí mismo) Drogata pastillero politoxicómano estúpido mamón. Se nos escapan los pirados (A Desmond, sonriendo como un encantador de serpientes) No nos toca hasta mañana, amiguito. Así que todo ha sido una terrible confusión. Mira, vuelve por donde has venido, vuelve a tu cuarto y ponte la tele. Verás que divertido, mañana hablamos, ¿de acuerdo?
(Zack guiña un ojo a Brown. Brown está como ausente)
DESMOND: sí...Lo que usted diga, Dr. (Desmond se marcha cerrando suavemente la puerta).
DR. BROWN: (incómodo) ¿crees que ha escuchado algo de lo que hablábamos?
Dr ZACK: ¿él? Vamos Brown, seamos rigurosos, que se note que somos hombres de ciencia.(Descuelga el teléfono) ¿Oiga? Sí, Zack...Mire, envíen a alguien al pabellón de psiquiatría...sí, eso es, el celador está colgado de nuevo...No sé, yo he visto a uno por aquí, lo mandé de vuelta, no se preocupen, es inofensivo, lo encontrarán viendo la tele en su cuarto...Sí, un tesoro (Cuelga).
DR. BROWN: caminamos sobre el alambre, Zack.
DR. ZACK: anda, calla, cenicienta...cállate ya.

(Silencio esterilizado en blanco).



Por Frank Deporto

sábado, mayo 27, 2006

Carcasas de pollo

Sería agradable por una vez sentarse a la mesa libre de escrúpulos, franco, dispensado de toda esa turba de principios y prejuicios anquilosantes que manejan el asco. Sería muy agradable. Pero no hay descanso posible, es superior a mí en un grado superlativo. Se hace inevitable constatar la terrible verdad de la conciencia: los otros. Por muy fronterizos y territoriales que seamos, es una futilidad crearse ficciones. Los otros existen y la mesa no suele ser un lugar solitario. Ahí reside el problema. Alrededor de una mesa de madera (o de formica) tipo se adocenan los comensales con una alegría inconsciente. ¿Soy yo o nadie se fija? Hay cuerpos descocados que se aproximan más de la cuenta, hay ruido rumiante y líquido, hay dedos pringosos, untuosidad, adherencia, liberalidad extrema, familiaridad, hay malos modales, verbalidad oclusiva precipitante, hay, al fin, escasez de todo canon. Y me duele verlo. Me duele el trato que se hace de los cubiertos, de los vasos, de los platos; objetos de tránsitos concebidos apenas para el roce, para un leve contacto intermitente, fugaz. Aun así se los abraza y se los lame como si fueran el fin alimenticio en sí mismos. No nos detengamos, por favor, en la mediana, en el hilo conductor de lo realmente sustancioso. Propongo la regla como respuesta. De lo contrario colisionaremos sin consuelo y sin amparo. Utilicemos las servilletas, mastiquemos con la boca cerrada, relativicemos el instrumental, no hablemos al deglutir. Y sobre todo: lavémonos las manos antes de comer. Las manos van al pan. Lavémonoslas, mantengamos el PH de la piel en equilibrio. Sería un acto emocionante, puramente euclidiano.
Por Michael Gondor y Titania Dimitrova

viernes, mayo 26, 2006

Descaro en las dimensiones tradicionales

Antes de ocurrir todo marchaba a un ritmo propio, monótono, habitual, un ritmo cuajado de las pequeñas gracias cognitivas. Hasta que sucedió él. El tipo aquel, el escayolista, salió del recinto donde trabajaba sin descanso para cumplir con los plazos de entrega, entró en el sembrado de la finca vecina, a orinar, y, como quien no quiere la cosa, acabó en 1920, en la sala Gaveau, rodeado de lunáticos que desarticulaban los filamentos de la razón para construir sus propias paradojas. Así fue como el hombre de fósforo (paladín de la memoria), el ítem más, el undécimo capítulo de una serie de diez, topó con ellos, con los dadá. Tzara lo estaba gozando. Había que verle. Sus espectativas, como puñados de caramelos en una gala floral, se cumplían más que de sobra; yendo más lejos de lo acostumbrado, se permitió incluso -cosa que gustó poco por su escasa camaradería- algunas risillas de cuello de camisa; propias, avaras, risillas de un paraqué muy particular e íntimo: para qué compartir, se decía por lo bajo, si puedo descojonarme solo. La realidad es que ver a aquél hombre de buzo blanco y visera entre lo más chic y granado de la vanguardia resultaba algo fuera de lo común. Ellos no pegaban allí, él sí. Ésa era la diferencia. Ellos eran un plus ultra a medio masticar, él sólamente un anacronismo. La balanza claramente se inclinaba a su favor. Había que tener en cuenta que la técnica constructiva en 1920 pasaba por momentos de duda cartesiana y él, el escayolista, con su llana, con su cigarrillo rubio, con sus modales gremiales de un tercer milenio por venir, se elavaba ante la concurrencia como el gran señor del plano perpendicular que parecía ser. Pero el ritmo era el ritmo, un arma dotada de sus propios mecanismos de contención, que hacía, deshacía y decidía a su antojo. Por eso quedó la huella del momento. Ésa es la razón de los documentos históricos que lo atestiguan, de las monografías, de las tesis y de las conferencias ad hoc. De los no pocos titulares de la época que se hicieron eco del evento, descoyó brillante el que le dedicó Le Moniteur: “el hombre-escayola toma Paris, la ciudad rabia de gusto constructivo”. Qué tiempos. Paris entonces sí que era era una fiesta. Hoy, sin embargo, las obras quedan a medio hacer con todo el descaro del mundo.
Por Frank Deporto para Trixie-dadá

miércoles, mayo 24, 2006

Instrucciones de uso


A mis niños:

Escuchad, hijos míos. La naturaleza es sabia. No somos moluscos. Nosotros los mamíferos vertebrados superiores no consumimos leche. Es una perversión social. Otras especies menos inteligentes tienen por costumbre no hacerlo, debiéramos ocupar nuestro lugar en la cúspide de la pirámide. Los reyes razonables. Escuchad hijos míos, dejad la leche, es un ruego y es una orden. Seamos prácticos. La lactancia cumplió su ciclo, el destete es un camino de no retorno. Sed fuertes por papá, dejad los tetrabrick, los yogures naturales, dejad los quesos de cabra; somos animales, que no se os olvide. Vosotros sois animales, mis pequeños y sanos animales. Si tenéis un antojo irrefrenable tomad soja. Es cardiosaludable. La vida se cifra en latidos que se dilatan con descaro mortal en el tiempo. Hagámoslos interminables, indefinidos, hasta que la máquina aguante. Finjamos que el músculo del engranaje no va detenerse jamás; finjamos, si os parece, que el músculo es perfectamente eterno. Pero para eso quiero veros finos, ligeros, quiero que la gente me diga por la calle: he visto a tus sílfides jugando a las chapas, ¡qué niños más sanos! Será ese momento cuando derrame una lágrima. Mis niños. Pero No quiero que os volváis cachalotes. Sois carne de mi carne, hijos míos, dejad la leche. Prohibidos los batidos, tomad horchata; con moderación, pero tomadla. Bebed café solo y aguachirle. Tenéis mi permiso.


Por Frank Deporto

martes, mayo 23, 2006

Esa klase de ceguera



Mi karro es mi templo. en el me relajo despues de todo el puto dia kurrando con las moketas de los cojones. Mis kolegas me dicen que deje ese trabajo. imposible. Tengo vicios muy karos, ke le voy a hacer si me gusta vivr como un pacha. Ademas esta mi vieja ke me da la paliza kon ke debo kontribuir al sostenimiento de esta kasa. Por dios! por mi ke se caiga en pedazos. no puedo llevar a mi novia porke le da la neura. no en mi hogar, amiguito. si es suyo ke lo pague ella. la semana pasada acabamos peleados. kari esto no me gusta pillate un piso. eso dijo. lo dejamos ese día. Necisto liberarme komo cuando hecho supergen en las moketas. ahi soy un jodido artista. también me libera un poko de caña en los altavoces. No entiendo a las damiselas ke se molestan por un poko de musica. es k no quieren vivir? si no kieren, ke se kaben un oyo. Seguro ke tu me entiendes Miss, parecemos la misma klase de bakalas pastilleros. los fines de semana me pirro por unas buena pirulas. eso si es un subidon de los buenos. Yo te llebaría a un motel y nos pondriamos ciegos. Me gusta sentir esa klase ceguera.

Por Tunner en honor a Miss Trixie

5 días en Pekín

Dia 1: El dragón multicolor
Tengo una resaca que recuerda a la morosidad de las mareas. Mi aliento es otra cosa. En él no hay nada natural y panorámico, sólo residuos y más residuos. Ayer se me fue la mano en la clase preferente. Todo por ir holgado y por tener a mi alcance licores sin límite. A eso se reduce que abriera mi caja de galletas. El dinero que había ahorrado durante este tiempo se esfumó en un vuelo etílico rumbo a Pekin. Milenaria y enigmática Pekín. De todas formas los entendía, en la mente de aquella gente elegante y pulcra yo debía de ser una bonita antinomia: mi camisa roja de flores, mis pantalones de pinzas color crema, mis sandalias de cuero...Nada agradable para sus refinados sentidos. Y encima había licores. Por eso hoy tengo esa clase de resaca que sólo evoca retazos, como si alguien me dijera que soy de cartón y poliestileno y yo no pudiera evitar asentir. No descarto que eso ocurriera ayer, cuando llegué al hotel, cuando el botones me arrastró hasta mi cuarto por los pasillos elegantemente enmoquetados del hotel hasta. Juraría que lo dijo. Cartón, poliestileno, tú. Algo, por lo demás, imposible de verificar por dos motivos. Para empezar tengo la terrible sensación de que nunca volveré a ver a ese botones. O que lo veré todos los días y en todos los lugares. Los chinos me parecen un chino ubicuo, de vez en cuando tengo suerte y descubro un chino distinto. Por otro lado hoy pasaré el día en la cama, durmiendo.

Día 2: La mujer fracaso.

No vine a China a perder la dignidad. De hecho, por más que la busque, no sé si alguna vez he estado en disposición de poseerla. En cualquier caso, uno tiene su prurito y su amor propio. Vine a ver Li. Ya va siendo hora de que él y yo, su padre, nos veamos cara a cara. No me gustaría que lo nuestro fuese una simple transacción genética. Claro que tampoco puedo evitar que eso sea así. Veremos que ocurre, hasta dentro de un par de días no nos encontraremos. He decidido no beber nada mientras tanto. El incidente del avión ya ha sido más que suficiente. Pero esta tarde he estado a punto de coger una buena. La novedad de sentirme en el uso de una recién estrenada dignidad y la novedad de sentirme herido han colisionado. Salí del hotel a dar una vuelta. Terminé en un lugar angosto, lleno gente, lleno del rumor del bullicio y la transacción humana, lleno de bares, restaurantes, mercaderías. Allí me topé con una mujer. Parecía casual. Una china andrógina que hablaba mi idioma. Bingo, me dije, a desplegar mis tropas de vanguardia. No es necesario que hable de mi encanto. Lo tengo, sin más. Así que comencé un flirteo eficaz, elegante en sus picos; cínico, agresivo, mordaz en sus depresiones. La mujer estaba en mi red. Sí, señor, no señor, sí señor. Me llevó a su casa. El viejo Frank es un tipo afortunado. Pero no lo era tanto. Antes de desnudarse me miró sonriente y, mientras el anular, el índice y el pulgar de su mano derecha se frotaban alegremente decúbito supino, me decía en una risita: money, money, necesito. Salí de allí a la carrera. Pobre y viejo Frank, emborráchate, hazlo, decía una voz en algún lugar entre la nada y la masa crítica. Y estuve caminando en ese filo de esa navaja. Por fin volví al hotel, sereno, sobrio, abatido.
Día 3: el movimiento pendular
Los chicos se habían portado. Quisé llorar por ellos, pero soy parco en lágrimas. Recuerdo el día, lo recuerdo porque era día de paga y siempre recuerdo esos días. Fue Poli el que me entregó el sobre: mira, hemos hecho una colecta entre los muchachos, queremos que vayas a ver al chino, a tu chino. Miré a Poli, ¿de qué me hablas? Tardé un rato en darme cuenta de qué estaba ocurriendo. Se referían a Li. Abrí el sobre: contenía un pasaje de ida y vuelta, en clase turista, a Pekin y cinco días pagados de hotel. Valiente pandilla de asnos urbanos. ¿Por qué será que algunos creen que soy estúpido? Se acercaba la fase final del campeonato bowling y querían mantenerme fuera de combate. Para ellos el hueso. Todo lo que va, acaba volviendo. Me decidí por ir a China y añadí algo más. Pagaría la diferencia del billete, con mis ahorros, en clase bussiness. Hoy he pasado el día en la habitación. He pedido comida al servicio de habitaciones; al ver al camarero me he quedado con las ganas de preguntarle: ¿cartón? ¿poliestileno? ¿mí?, pero el hombre parecía dormido en sus párpados rayados. Los chinos parecen dormir en vela. He comido y he cenado tumbado en la cama y viendo la televisión. La colcha está llená de migas. Viva la Revolución Cultural.
Día 4: turista incidental
He salido a ver monumentos antes de encontrarme con Li. Nunca pensé que me mimetizaría con el resto de turistas, pero allí estaba yo con esa masa pluricultural y pálida de occidentales que se achican ante el oropel. Bueno, rico, espléndoroso ¿milenario? Y milenrama también. Llegué al extremo de la alienación admirando lo que vi. No duró mucho mucho. Lo justo para matar, asesinar y destripar un tiempor que se hacía eterno. Cogí un taxi, en un papel tenía anotada la dirección que me había enviado Li por correo electrónico. Por fin miles de kilómetros se iban a traducir en carne chinesca. Mi hijo. El trayecto fue un martirio. Aquel conductor no tenía el don de la medida, de hecho, ni se acercaba a él. En el plano amargo de las tentativas, estuvimos a punto de chocar varias veces; en el de los incidentes no accidentales: chocamos. Maldije a ese estúpido. Mientras discutía airadamente con un guardia de tráfico me escabullí para entrar en otro taxi. Le di la dirección igualmente al taxista y crucé los dedos. Otro fanático, otro accidente. El tercer taxista fue el moderado. No dejamos de lado los sobresaltos, pero al menos llegué sano y salvo a mi encuentro. Le sonreí agradecido. Él, dormido como todos, sólo reaccionó ante el papel timbrado. El lugar era un edificio macizo de cinco plantas. La fachada principal, la trasera, ambos laterales, estaban cuajadas de ventanas simétricas, equidistantes, alumínicas y rectangularmente marrones. Siguiendo el plan, debía cruzar el bloque por un callejón estrecho y sucio donde se depositaban los cubos de basura de todo el vecindario hasta dar con la parte trasera de la casa. Así lo hice. En el trayecto me encontré, entre las sombras, con dos gatos desgreñados que se movían sin ganas siguiendo el rastro movededizo de la luz solar. Tropecé con la tapa de un cubo de basura. Un pequeño escándalo me detuvo. Todos los perros del lugar se habían puesto de acuerdo para ladrar. Paralizado me recreaba en imaginarios bozales, filetes narcotizados, habitaciones aisladas al ruido. Después de la larga sonata se callaron. Eso me permitiría llegar a mi objetivo sin novedad. La parte trasera era una copia comunista las otras aristas del edificio. Conté siguiendo mis instrucciones. Dos ventanas a la derecha, tercer piso. No me había llevado las gafas, pero allí estaba él. Mi hijo me saludaba, orondo, esponjoso, como hecho de levadura, desde la ventana abierta. Tampoco esa vez logré llorar. Aquello duró poco, tal vez los suficiente. Diez minutos de mímica intercultural y ya era el padre más feliz del mundo. Así acabó mi visita. Con un gesto Li me dio a entender que tenía que irse. Yo también, quién sabe, podría haber acabado llorando. Volví al hotel, aún me quedaba un día más allí. En Pekín.
Día 5: yo quería ir a Japón
Los chinos aún están en estado embrionario. Se abren al consumo, a la occidentalidad y al mercado, pero ¿cuánto de eso es verdad? Detrás de cada aserción veo una malicia paranoica. No me fío de los chinos, pienso que ocultan algo y, lo más importante, que ellos saben lo poderoso que puede ser ocultar la verdad. Es como caminar cubierto de armadura completa. A su lado somos desnudos ingredientes de un plato arroz. A China le hubiera venido de perlas un Mac Arthur al que odiar y temer. El último día vagué por la ciudad, comí aquí, compré allí. Poca cosa. Al volver al hotel fui al bar. Me tomé una Coca Cola. Hice buenas migas con una turista alemana de mediana edad. Viajaba sola, como yo. No fue a más la cosa, me costaba concentrarme. Creo que la culpa la tenía Pekín. Toda China. Toda la subterraniedad y el sueño de esas caras rayadas había afectado mis biorritmos. Hice la maleta. Cuando estaba a punto de dejar el hotel, a mi espalda, un chino lo dijo: cartón, poliestileno, tú. Me volví. El botones, el mismo botones de siempre.
Por Frank Deporto

lunes, mayo 22, 2006

De la antología Vacaciones en el Dodecaneso

(Escrito en una atenta instancia a la embajada griega)

MIDI ANATÓMICO

Desperté
de la pesadilla
y allí estabas tú,
desnuda.
Dilatada y maternal
como el mediodía
de un país agrícola.

Dormías.
No te desperté.

Fui a la cocina a por zumo
y cuando volví
nada había cambiado.
Allí estabas tú,
omnímoda.
Espaciosa y obvia
como un campo roturado.

Entonces despertaste.
Sin palabras.


Por Frank Deporto

sábado, mayo 20, 2006

La estática de la endogamia III: el hombre mosca


(Publicado en un número 42 de La Gazeta Orange de la sociedad gastronómica Pechuga-Siglo XXI- PSXXI)

(Una consulta de psiquiatría a media mañana. Mobiliario de despacho: escritorio, dos sillas, perchero. Moqueta, paredes pastel. Dos personas. El Dr. Zack, dirigiendo la sesión, y Desmond, paciente. Una ventana, detrás de Zack, cuya persiana, otras veces a medio desplegar, está subida hasta el tope. Sobre el escritorio una mosca vuela incansablemente. Barroca. Desmond se ha despistado con ella. La contempla, enbebido, absorto, ligero).


DR. ZACK: Te gustaría palmearla, ¿verdad? Es un deseo irrefrenable, como un océano.
DESMOND: ¿Palmear...? ¿A la mosca?
DR. ZACK: A la mosca.
DESMOND: No, nada de eso. Las moscas son cojonudas. Me gustan. Para mi gusto hay pocas moscas en el mundo.
DR. ZACK: (escéptico) Ya.DESMOND: Otra cosa distinta sería que fuese una polilla. Me turba su voracidad. Si fuera una polilla la palmearía sin problemas. Podrían comerse una viga de madera y quedarse tan anchas. Putas polillas.
DR. ZACK: Ya (Abre un cajón del escritorio y revuelve dentro. Parece, sin verse, por el sonido a miscelánea, que es un pandemonuim de objetos huérfanos).
DESMOND: cenicientas, polvorientas, satisfechas de sí mismas...
DR. ZACK: Entiendo (sin prestar mucha atención a Desmond, continúa su pesquisa en el cajón. Ha encontrado algo. Lo saca. Es un sprai insecticida).
DESMOND: ...dañinas, destructoras, pringosas...¿Qué hace con eso?
DR. ZACK: (apunta el spray hacia el lugar por donde sobrevuela la mosca) Brown me lo dio hace tiempo...Resulta que su despacho era un imán para los insectos. Un misterio. Ya sabes...(no acaba de decicirse a pulverizar a la mosca. Remolonea apuntándola)...A Brown los misterios le ponen el vello de punta. Y como los enigmas no son lo suyo, decidió, como casi siempre hace, tirar por la calle de en medio... Insecticida (Zack guiña un ojo a Desmond y presiona el atomizador. La mosca hace su última pirueta antes de caer como un pequeño yunque de platero precipitado, en barrena. Tas. Desmond ha seguido la escena con los ojos. Ahora mira el cadáver de la mosca sobre un folio en blanco. Se hace un silencio incómodo. Detrás del Dr. Zack, en la ventana, se va materializando un fragmento. Es una plataforma. En ella un hombre con gafas de sol. El Dr. Zack, impasible mira a Desmond y Desmond desvía la mirada hacia la ventana. El hombre de la plataforma lo sonríe. Las gafas de sol evaporan sus estrechas facciones. El hombre echa mano de una botella de plástico azul que lleva adosada al cinturón, presiona el aplicador, rocía la superficie transparente del cristal con una sustancia jabonosa y comienza a trazar curvas, ángulos y rectas con el limpiacristales de aluminio. Este despliegue geométrico despierta un soniquete gomoso y agudo en el cristal. Desmond está hechizado. El silencio se hace denso en la consulta. Un par de trazos más y el hombre de la plataforma ha acabado. Final. Recoge satisfecho. Antes de irse una palma enguantada saluda a Desmond, la plataforma va despareciendo por el extremo superior de la ventana. Desmond vuelve a mirar el cadáver de la mosca. En su mente hay una peculiar concomitancia entre el hombre de las gafas de sol y ese diminuto cuerpo exánime. Zack carraspea.

DESMOND: cada día es usted más desagradable, Dr.
DR. ZACK: vamos, vamos, exageras.

(Fundido en negro).
Por Frank Deporto

jueves, mayo 18, 2006

De la antología "Contradicciones de base"

(Escrito en un saco de cinco kilos de sustrato)

CURIOSIDAD ARISTOTÉLICA

Tú que estás
delante
haciendo opaca
mi visión.
Aparta, deja
que mire
al otro lado.
Seamos razonables,
nosotros:
los platónicos.

Por Frank Deporto

lunes, mayo 15, 2006

De la antología "Yo no estuve en Nam"

(Escrito en un canto rodado)
Hay algo, pero es un tubérculo

Pensilvania
Una tarde indefinible
Anocheciendo
Después del trabajo y del ruido
Después del humo
Fluidos, ambos, inhumanos
Longitudes de onda diversas
Inopinadamente eléctricas
Bares abiertos
Penumbra
Música de fondo como resaca
Hombre estúpidos y sus estupidas ideas
Un tipo sentado
Volcán inactivo
En medio de Pensilvania
Una mujer trigueña
Casi güera
Se ha entregado a otro
Oye campanas
El volcán, el campanario
Proyectos sin trazar
Se tocan
En un punto X
Lejano
Diverso
Inopinadamente eléctrico
En Pensilvania
Por Frank Deporto

De la antología "Agónica cosmogonía"

FE EN LO GROTESCO

(escrito en el techo de una autocaravana)

Un universo a medio
hacer
y la doble hélice
sigue
quemándose
a fuego lento.

Alguien lo ve
y ríe sin remedio.

Por Frank Deporto

lunes, abril 24, 2006

La estática de la endogamia II: epifanía

(Escrito en los márgenes de un ejemplar del New Yorker)

(La consulta de un psiquiatra. Una mesa de madera, dos sillas, una puerta, cuatro paredes pintadas de azul turquesa, una ventana a medio abrir, una maceta; un reloj de pared en cuyo fondo, en grandes letras negras de imprenta, se lee: Remember Moscow; un calendario de la Nestle, un perchero, una americana de mezclilla con coderas de cuero colgada, un paragüero vacío, una papelera llena, orden obsesivo, pulcritud, limpieza y dos personas dentro. Desmond, persona número uno. El Dr Zack, persona número dos).

DR ZACK: A ver si lo he entendido bien, Desmond. Resulta que cuando entran en escena Tom, Peter, Paul, Mary, Johnny, Cooky, Mick, Rich, Sammy, Smooky, Dexter Von Dexter, Master Earth, Leña Woodworth o Sesión Doble de Curvas, lo hacen en solitario…
DESMOND: Así es.
DR ZACK: Pero los otros tres, esos que no nombraré porque te causan ansiedad, siempre aparecen en comandita.
DESMOND: Exacto, siempre juntos. Y además se pelean. Con ellos pierdo la calma, Dr.
Dr Zack: Interesante…

(Llaman a la puerta. Desmond y el Dr Zack se vuelven sobresaltados. Pareciera, por eso la inquietud, que los tres personajes mentados fueran a hacer acto de presencia. Una cabeza asoma tímidamente. Poco a poco la sigue un cuerpo mucho más firme y descarado. Hay un hombre en el umbral de la puerta. Desmond mira soprendido al Dr Zack y el Dr Zack, como queriendo abarcarlo todo, les mira alternativamente a ambos. Desmond, el hombre en la puerta, Desmond, el hombre en la puerta, Desmond, el hombre en la puerta).

HARRY PIXEL: Soy Harry Pixel.
DR ZACK: Encantado... ¿Y?
HARRY PIXELl: Pues eso, que soy Harry Pixel, qué más quiere. Harry Pixel, mi nombre. Pensé que se trataba de eso
DESMOND (Absorto, sorprendido, ebrio. Al Dr Zack): ¿Puede verlo, Dr?
DR ZACK (A Desmond) Tranquilo, es de verdad. (A sí mismo, por lo bajo) Madre del amor hermoso. (Recomponiéndose, se dirige de nuevo al extraño) Me temo que no le comprendo amigo. ¿Está usted bien? Espero que no se haya escapado de su cel...Cuarto…
HARRY PIXEL: ¿Cuarto? ¿A qué cuarto se refiere?
DR ZACK: Me refiero a un entorno agradable donde la gente con problemas puede tomarse las cosas con calma. Cálmese, amigo, todo se solucionará, deje que llame a unos amigos para que se sumen a esta agradable charla. (Descuelga el teléfono y comienza a marcar el número de una extensión).
HARRY PIXEL: Brown, es usted un tipo muy raro. Ya me habían prevenido.
DR ZACK: (Cuelga el teléfono) ¿Se refiere al Dr Brown?
HARRY PIXEL: Al mismo. Vengo a ver su ordenador.
DR ZACK: Dos puertas a la izquierda, se ha equivocado.
HARRY PIXEL: Ah (Descarada, firme y tímidamente inicia una maniobra inversa a la que lo introdujo en el despacho. No se ha despedido. La puerta se cierra con un sibilante sigilo reptiliano. Desmond mira al Dr Zack y el Dr Zack mira la puerta. Un breve instante de confusión y caos. Silencio. Al cabo de ese vano, el Dr Zack carraspea y se vuelve a Desmond).
DESMOND: ¿Está seguro de que no era de los míos?
DR ZACK: Absolutamente… (A sí mismo, por lo bajo) A menos que yo también esté como una jodida regadera. Cosa que no descarto.
DESMOND: Pues me quita un peso de encima. Se ha juntado en mí un coro de voces que empieza a ser ingobernable. No quiero ser descortés, pero no hay espacio para más. Pixel hubiera tenido que quedarse fuera.

(El Dr Zack se frota ojos, como si tratase de sacarles brillo. Perece cansado. Se apagan las luces).

lunes, abril 10, 2006

Cuando Bill colisionó con una joven nubil

(Escrito en una invitación de boda)

Escucha Bill. Seamos claros. Lo nuestro es un imposible en sus propios cimientos, así que, haciendo acopio de toda nuestra entereza, deberíamos conformarnos con este juego de serosas miradas. Tampoco es nuestro momento, ni nuestro banquete nupcial; a otros le corresponde el centro de la gravedad. Pero nuestro silencio lo dice todo. Me gusta como vistes, te gusta como me gusta, ambos nos gustamos, silentes, plácidos bajo la plácida luz artificial de un comedor, de una mesa a otra, manteniendo cerrado el circuito, sin fugas ni tocatas: de ti a mí, de mí a ti. No aprietes los labios, Bill, ese gesto delata tu impaciencia. ¿Qué podría ser de nosotros? Nadie lo iba a entender. Sin embargo las miradas no son independientes, forman parte de algo más complejo, algo perfectamente ensamblado. Eso me recuerda a cuando te imagino en el water. Tu mujer ha colocado papeles de periódico en el suelo porque el vaho no acaba de irse nunca. Maldito vaho. Sentado, mirando hacia el suelo, sin dirección, un punto azaroso en un momento de ligereza, ves las fotos de los periódicos. Ellas sí reflejan la independencia. No son nuestras miradas. En la sequedad que separa dos humedades, hay violencia, hay tristeza y desolación, hay rabia, hay orgullo, hay explosión, hay alegría y hay ciegos ojos de cristal. Todo independiente. Tu mujer ha tenido el poco tacto de dibujar un monigote en el espejo del baño. Maldito vaho. No se lo tienes en cuenta porque sus deslices habitualmente son mayores. Por ejemplo, en el suelo, junto al armario de las toallas, está la página de las esquelas, pareciera descansar en paz, mohína, sin matices. Un día, sin querer, reconociste la esquela de alguien conocido. La muerte acecha, pensaste en ese momento. Pero sólo se contempla la muerte en la vida. Por qué preocuparse si ella es tan independiente como las fotos del periódico, como la mismísima nada. Lo que sí te extraña y te preocupa se traduce en impaciencia. Tardan en traer el lechazo. O lo que quieran que sirvan. Particularmente, Bill, creo que el lechazo le iría bien a tu figura apolínea. Un hombre o rebosa o no es un hombre. Sé que sabes que lo pienso, por eso te miro, ¿a quién podría mirar en este erial varonil? A nadie más. Al jefe de la tribu. Al gran copulador. El hombre que perpetra la especie, que cubre a la tierra, la gran madre, con su simiente rocosa. Perdonarás que no me humedezca los labios en este momento. Se haría el silencio en el lugar y la atención, en un giro dramático inesperado, se volvería hacia este segmento de la recta. El nuestro, el tuyo y el mío. Suspiro por lo bajo. No tengo apetito contigo tan cerca. Cuando el día de hoy acabe, lo que sea que pasó habrá acabado con él. Tú y yo, nuestro segmento y nuestra electrólisis aeréa. Qué intenso fue todo, Bill.
Por Frank Deporto

miércoles, abril 05, 2006

De la antología Habladurías Permanentes

FILO-JONES (O EL ODIOSO RUMOR)
(Escrito en un sms-pásalo)

Así es,
parece que lo es
y que se deja ser.
Pero se diría ser magmático símil
semejando
a la mujer del César,
como materia
de sí mismo y de nada en concreto.

Como gime
Steve Jones.
Como el océano
y John Paul Jones.
Como el cínico trópico
de ida y vuelta de James Jones.
Como aquel tipo meloso
que precedía melosamente a la señora Jones.

Así lo es,
no siéndolo
pero aproximándolo,
compitiendo por remedarse
en cada vuelta de tuerca;
a cada tic con su tac
en el reloj
lógico-positivo
del tiempo.
Por Frank Deporto


viernes, marzo 31, 2006

De la antología urbanizaciones sin valla

Jardinismos manieristas
(Escrito en la garantía de una segadora)
La cesta vacía apuntaba
en dirección al bancal;
herbáceo, unívoco, fuerte
en su geométría, origen
manifiesto de la turbación.

Bajo un árbol, a la sombra,
una silueta desnuda, un pálido
y desvergonzado venero de pecas
que el hombre observaba de soslayo.
Apostura y humedad.

En la compostación sucesiva
el verde dejó de ser tal,
tornó a ocre, fue pasajero,
fue tiesa pieza separada
de un proceso distinto.
Por Frank Deporto

miércoles, marzo 29, 2006

La estática de la endogamia


(Escrito en una maceta de terracota)

[Una estancia cúbica. Dos personas dentro sentadas en sendas sillas. Un recio escritorio de roble los separa y estable entre ellos una jerarquía que se hace sustancial en la calidad y comodidad de sus asientos. Desmond es el paciente, el Dr. Zack pasa consulta. Detrás del Dr. Zack hay una ventana en cuyo alféizar languidece un ficus. Una mosca sobrevuela alrededor. Falta una hora para mediodía. Por la persiana a medio cerrar penetra un haz de luz solar que revela una columna de partículas flotantes].

DESMOND: ¿Puedo hacerle una pregunta, doctor?
DR. ZACK: Adelante, te escucho.
DESMOND: Verá, es una duda que me asalta últimamente y que no sé cómo interpretar. ¿Por qué todos los mamelucos me parecen iguales?
DR. ZACK: No sé si me gusta que emplees esa palabra.
DESMOND: Quiere decir que no.
DR. ZACK: Cierto, no me acaba de convencer.
DESMOND: Puedo cambiarla por otra.
DR. ZACK: Hagamos la prueba, a ver qué ocurre.
DESMOND: De acuerdo...¿Qué tal babuinos?
DR. ZACK: Tampoco.
DESMOND: A veces me cabrea usted, doctor.
DR. ZACK: Qué quieres que te diga, Desmond, me suenan igual; incómodas en tu boca.
DESMOND: Estupendo, a este paso acabará dejándome sin vocabulario.
DR. ZACK: No te preocupes, encontraremos una palabra adecuada a tu talla...Veamos, ¿qué tal taladro?
DESMOND: No sé...
DR. ZACK: ¡Es perfecta! Consultemos a Brown...[Descuelga el teléfono. Alguien contesta. Del auricular escapa un rumor sibilante. Desmond se entretiene con la mosca]...¿Brown? Zack, dígame ¿qué le parece taladro?...Claro, sin duda, naturalmente... [El doctor Zack observa a Desmond. Una mueca inidentificable deforma su cara]... como palabra, como palabra...Ajá, ajá...sí...Tiene razón, sustantivo, sí, sustantivo...Muy bien Brown, gracias [Cuelga. A Desmond] A Brown le encanta.
DESMOND: En ese caso...
DR. ZACK: Adelante, expúlselo.
DESMOND: Tengo una duda...Verá...¿Por qué todos los taladros me parecen iguales?
DR. ZACK: No sé qué decirte al respecto. Se me ocurre que parece una cuestión estructural, un mínimo común múltiplo; rotor, motor, carcasa, pulsador encendido/apagado, fuente de alimentación, empuñadura, broca...Hablaríamos de un bien fungible...
[Suena un timbre que pone fin a la consulta].

Por Frank Deporto

domingo, marzo 26, 2006

De la antología Temblar por Temblar

Carcasa

(Poema-entrada a un espectáculo de quema de libros)

Vivo en un caos
sin Dios definido
en el que abundan
centrífugos los ciclos.

Yo otoño, yo invierno,
yo primavera, yo verano.

Vivo en el constante,
pugnaz recuerdo,
de mi naturaleza
cambiante y finita.

Aquel tiempo, aquel día,
aquella vez, aquella perspectiva.

Por Frank Deporto

De la antología Temblar por Temblar


Metalenguaje

(Grabado a fuego -hierro candente- en los cuartos traseros de una vaca holandesa)

El arte
mayor
me causa
ansiedad

El arte
menor
me resulta
escaso.

El arte
-en general-
me vuelve
paradójico.

Por Frank Deporto




viernes, marzo 24, 2006

De la antología Temblores Profundos


Strangelove el filibustero

(Serigrafiado en una camiseta blanca de algodón)

Que mi tesoro
no sea una conquista
sino un final.

Que mi buque
navegue tus aguas
verdeazuladas.

Que mi sangre
sea derramada
en cada abordaje.

Que mi espíritu
golpee las paredes
de la carne.

Que en mi presencia
se encienda el arrebol
en tus mejillas.

Que mi torso
desnudo reclame
húmedo el salitre.

Que mi destino
venga siempre de ti,
sima profunda.

Por Frank Deporto...en homenaje a Srta Almendras

jueves, marzo 23, 2006

Yogur con trocitos I

Mi relación con los hombres siempre ha sido desastrosa. Todo se remonta a mi época como chica “Twiggy”, por aquel entonces era asidua al uso indiscriminado de coloretes, al consumo de galletas con fibra y a falsificar la firma de papá. Con un fingido aire de indiferencia y enfundada en unos blue jeans dos tallas inferiores a la mía que amenazaban con cortarme la digestión, traspasaba firmemente la barrera de la adolescencia y la de un gigantesco mastodonte sin mayores expectativas que la de permanecer erguido en la misma posición durante horas, algo así como un mimo pero con mejor salario. Sin embargo, adentrarme en aquellos tugurios nocturnos atestados de gente dispuesta a invitarme a un par de copas, era una tarea complicada que requería un ensayo riguroso frente al espejo del cuarto de baño el cual constituía por aquellos tiempos mi trinchera y era el fiel testigo de mi ya creciente trastorno bipolar.



El “Noche Alegría” era uno de esos antros dignos de una redada policial: pastillas de diseño, imitaciones de Prada en forma de bolsos, zapatos y pañuelos de seda y lo que era mucho más preocupante, mi estómago de High School. No obstante, tenía todo bajo control y saqué el paquete de Ducados que robé de la caja de herramientas de papá al salir apresuradamente de casa. Ambos compartíamos domicilio por orden del fiscal de menores. Adoraba aquel aire transgresor que intentaba exhalar por la boca sin éxito y que se desviaba indefectiblemente por las fosas nasales (aprender a tragarme el humo era cuestión de semanas). Sabedora de que la gente fumaba cigarrillos rubios, Ducados me aseguraba no pasar inadvertida entre la muchedumbre. En estas circunstancias los hechos se sucedían según lo esperado:

-
¡Oh vaya!, ¿pero qué tenemos por aquí? Deja que te encienda el cigarrillo nena.
- Gracias – Mentiría si dijese que no me sentía halagada en aquellos intentos de apareamiento-
- Dime, ¿dónde te dejaste a tu acompañante?
- Vine sólo con unas amigas, son las que están en la barra. –Me avergonzaba de esas chicas, bebían sin moderación y perdían los pocos modales que pudieran tener, pero no podía fingir no conocerlas cuando una de ellas me saludaba desde la barra haciendo muecas ininteligibles a cerca del aspecto del hombre que quedaba de espaldas a ella.
- ¿Sabes? Es la primera vez que entro en este local, de saber que tú estabas por aquí me hubiera dejado caer mucho antes.
- Entiendo. –Era evidente que estaba ganando terreno, no podía dejarme llevar por sus precarias insinuaciones. Los acúmulos de saliva en las comisuras de sus labios desviaban mi atención, era como si lanzara desde su boca proyectiles de trocitos de muesli. Esto me exigía mantener una distancia prudencial del foco de emisión de los restos de su merienda.-
- Veo que eres una chica tímida y que yo soy un auténtico desastre, ¿cómo no presentarme antes? Me llamo Steven, trabajo en la panadería de la esquina con St George street ¿y tu nombre es...?
- Myrna, yo no trabajo estoy dándome una tregua. – Adoraba inventarme nombres, la semana pasada había sido Jennifer Aniston sin levantar ninguna sospechosa.-
- Precioso nombre. –El contacto de sus viscosos labios sobre mi cara consiguieron avivarme, había llegado la hora de hacer desaparecer al tal hombre-panadero. Necesitaba un Deus ex Machina, un punto de apoyo que me ayudara a salir vigorosa de aquella inaguantable situación antes de que Steven Muesli comenzara a hablarme de ensaimadas, mermelada de frambuesa y barras de pan con forma de cocodrilo. Mis amigas llevaban más de media hora en el baño, sabía que no podía contar con ellas. Rápidamente advertí que mi Deus sangraba, se trataba de un grano de acné hemorrágico en uno de los mofletes del panadero. Debía informarle de lo que acontecía antes de que un reguero de sangre dibujase una curva sinuosa que terminaría en el cuello de su camisa.-
- Steven, creo que...tienes algo en la cara. Quizás te haya picado un mosquito, te sale sangre de la mejilla, será mejor que te limpies antes de que se manche tu camisa. –Mencionar el acné hubiera resultado un tanto ofensivo-
-
Gracias bombón, voy al aseo, enseguida estoy de vuelta contigo.
- Sí, tranquilo te espero aquí.


Salí sin demora del “Noche Alegría” dejando atrás la coagulación de un grano y a un grupo de chicas decorando su cuerpo con tatuajes falsos. Convencida de que el mundo esperaba algo más de mí, la única solución era poner tierra por medio, trasladarse a New Jersey donde podría regentar un gran salón de belleza y olvidar así a la pelandusca de Cora. Llamé a papá desde una cabina comunicándole que dejaba mis estudios superiores para empezar un curso de esteticién a distancia. Por fin, un halo de esperanza.

Por Titania Dimitrova



De la antología Temblores irracionales



Pantorrillas sine die

(Escrito en la pulida superficie de una estatua ecuestre)

La extrema contorsión
del gimnofilósofo
fue tal, que en el espacio
marginal resultante
se produjo un desprendimiento
de la realidad.

Dicho y hecho, pérfida, risueña,
una descarada mancha de Nocilla,
apareció la alborada.
-Baudios, claudios,
saurios, asirios-
dijo antes de estallar
en una fragante carcajada.

Al reír, como si un soplo
sin dirección manejase la hilatura
elemental del movimiento,
su melena era un trémolo.

Por Frank Deporto

martes, marzo 21, 2006

De la antología Temblores racionales



(Escrito en la barra de un garito de Gelberson)


Lechuga en 25 sílabas

Temo
que tu
cabello
grana de bruja
ancestral
lo queme
todo a mi
alrededor.

Temo
que tu
lengua
sinuosa
de sierpe
arañe los
conceptos
elementales.

Temo
de un
temor
aéreo
a tu
hortícola
sentimiento
desatado.

Temo
porque
temer por
la retórica
alumbra
mi espíritu
de sordas
brasas.

Temo
al fin
que hundas
un dedo
en mi ojo
y escarbes
con saña
aventurera


Por Frank Deporto

lunes, marzo 20, 2006

Cien años de flora intestinal

(Publicado en el número 12 de la Revista Crítica del Sindicato de Jardineros)

I

¡Ladino! ¡Ladino! Esa es la palabra que le ha estado rondando durante horas. Media jornada laboral en su busca y al final, después de tantos requiebros mentales, de todas las idas y venidas vadeando la callosidad de su propio cerebro, la palabra se ha concretado y la burlona vacuidad de las cuatro casillas en blanco ha sido colmada. Jonás puede irse a casa satisfecho. Tiene apetito.

II

La mujer entró en el despacho acompañada de su aspecto amenazador e implacable. Jonás pensó en losas de hormigón. Antes del procedimiento estándar, se saludaron cortesmente. ¿Puedo ayudarla? Puede. Dígame. Le digo. Adelante. Regento, dijo ella por fin, un mugriento motel. No me importa en absoluto la suciedad porque de todo puede hacerse dinero. Yo lo hago. De vez en cuando tengo algún problema de impago. Entiendo, interrumpió Jonás Miriñaque. Bagatelas, no he venido a hablarle de eso, después de todo no es nada que no pueda sisarse del bolsillo de otro cliente; usted ya me entiende, para cuadrar el balance contable. El problema del que quiero tratar con usted ocurrió por mi condición de mujer solitaria. No hablo de esa clase de soledad en la que toda compañía es odiosa, entiéndame. Estoy sola porque el desgraciado de mi marido se largó hace años con una fulana. Y, como usted puede comprobar, soy una mujer. Jonás Miriñaque dedicó un ligero escrutinio instintivo a la figura de la mujer. Dobleces, sinuosidades y más amenazas apuntó. Continúe. Hace unos meses llegó al motel un hombre. Le ahorraré los detalles. Él y yo nos encamamos. Meses y meses de carnalidad hasta que huyó. Y no lo hizo sin más. Se llevó el contenido de mi caja de resistencia. Quiero que usted lo encuentre. Delo por hecho. Su nombre es Michael Gondor. Es blanco, es negro y se dejó olvidado el pasaporte. ¿Blanco y negro? Albino. La mujer le tendió un viejo pasaporte. Liberia, interesante, quizás sea falso. También dejó este libro. ¿Un diccionario de sinónimos? Sí, dijo que era escritor, si se fija bien verá que en la solapa hay una dirección manuscrita. Lo investigaré. Investíguelo. Lo haré. ¿Le dejo quinintos a cuenta? Déjeme mil si no le importa. Es usted un descarado. No lo sabe bien. La mujer abrió su bolso, sacó su cartera y depositó dos billetes de quinientos sobre la mesa. La llamaré. Espero su llamada, dijo ella aflojando coquetamente el hormigón. Al abrirse la puerta sonó una campanilla que, como siempre, hizo sonréir a Jonás. Le gustaba sentirse como en una tienda de golosinas.

III

En cuanto llegó a su despacho, Jonás descolgó el teléfono para marcar el número del servicio meteorológico. Una rutina diaria. Al otro lado del hilo telefónico respondió la voz de una mujer joven. Hoy cielo encapotado y nubosidad variable. ¿Y mañana? Lluvia. ¿Y pasado? Más lluvia. Colgó el teléfono con cierto grado de violencia. Jonás detesta los días de lluvia tanto como recibir un golpe en el mentón. De repente sonó el teléfono. Se asustó, pero, rehaciéndose de la impresión inicial, contestó. Era la recepcionista del edificio y que también recoge sus recados. Tienes visita. ¿Quién es? Una mujer que pregunta por ti. ¿Y cómo es? Jonás no se fía ni de su sombra. No sé qué decirte. Una palabra bastará. Está bien, hormigón, diría que es de hormigón. Hazla pasar.



IV

Detective y periódico en el autobús. La trama está casi completa con solo colocar un signo aquí y otro allí. Pero el meollo se resiste. Ha localizado el nudo gordiano en cuatro casillas en blanco que incapacitan la mayor de once, la sucesiva de seis y una tercera y no menos frustrante de nueve. Una señora se levanta a su lado. ¿Me permite, caballero? Es mi parada. Jonás regresa de la ensoñación justo para darse cuenta de algo. ¡Es la mía también!


V

Lo que parecía un sueño pesado despierta a Jonás. La realidad es muy distinta; ha sido el radio-despertador coreano sonando con evidente grandilocuencia. Del piso de arriba llegan unos golpes que le apremian a apagarlo. Jonás lo apaga y se levanta de la cama. Se siente romo. Camina por el pasillo hasta llegar a la cocina. Abre la nevera. Lo que ve le convence de que es mejor no desayunar hoy. Entra en le baño, se desnuda, se ducha y se vuelve a vestir tan gris como le es posible hacerlo. Al salir de casa tropieza en el umbral de su puerta con el periódico del día. Lo enrolla y lo guarda en uno de los bolsillos de la gabardina. En la calle camina unos metros hasta la parada del autobús, durante el trayecto, tropieza dos veces con el mismo bonzo que vende flores. Cuando está a punto de tomarle cariño, llega el autobús. No es el día ni la hora para la hermandad.

VI

Es casi mediodía. Astuto, taimado, astuto, taimado, astuto, taimado. Nada. Jonás Miriñaque mira al techo retrepado en su silla giratoria. Vamos, vamos, se dice por lo bajo. En el escritorio hay un bote lleno de lápices, bolígrafos y rotuladores, un periódico desplegado, un teléfono y los dos únicos indicios de la existencia de un hombre llamado Michael Gondor. Se siente estallar. De pronto la quietud se rompe por un repentino ataque de ira. El violento manotazo de Jonás derriba todo lo que ocupaba la superficie del escritorio. Jonás es un tipo en su punto de ebullición. Sin embargo la cólera pasa rápido. Le ocurre a menudo, como llega, se va. Arrepentido se levanta a recoger los objetos que ha derribado. El libro de Gondor está abierto sobre la moqueta. Cuando va a recogerlo, cae en la cuenta de la palabra que le falta para romper la resistencia del crucigrama. Astuto, taimado: ladino.

Por Frank Deporto

viernes, marzo 17, 2006

Caja de ingletes

De la antología del microcuento


(Impreso en 50.000 hojas de papel amarillo)


Era una ciudad de paso para mí. No había pernoctado antes en ella. Venía conduciendo de muy lejos en un coche alquilado para hacer uso de su aeropuerto, pero llegué tarde. Corrí por la terminal cargado de maletas y un periódico deportivo en el bolsillo de la gabardina. Era cómico verme poseído de aquel movimiento frenético de brazos, piernas y vuelos de tela. Me veía fugazmente reflejado en los apliques metálicos de las paredes y columnas de novísimo diseño. La carrera acabó en un gran mirador desde el que se veía la pista de despegue. Cuando llegué a ese lugar mi avión partía. Dejé de correr, era inútil. Posé las maletas en el suelo. Sin solución de continuidad, molesto por esta burla del destino, pateé una de las maletas que se volcó en suelo derramando su contenido. Maldición, pensé. Y lo repetí una y otra vez hasta que fui consciente de mi pulso excesivamente acelerado. No era para menos. Había corrido desde el mostrador de los coches de alquiler, en el parking, hasta aquí, cargado de malestas y vestido con un terno azul marino, una corbata roja, camisa blanca, zapatos negros y una gabardina gris. Ahora sudaba y la corbata me asfixiaba. Miré a mi alrederor. Una hilera de asientos de plástico miraba hacia el ventanal. Elegí uno y me senté en él. Desde mi asiento veía mis dos maletas en el suelo, una de ellas abierta. Su contenido estaba parcialmente esparcido. Era la maleta de la ropa y de los enseres de aseo. La otra, la que contanía las biblias, mantenía la verticalidad. La escena era deprimente. En uno de los asientos vacíos encontré un hoja toscamente impresa. Anunciaba un motel muy económico. Miré el panorama, mis maletas, mi cansancio, mi infortunio, mi cinismo mal disimulado, mi traje arrugado, mi gabardina sucia, mis zapatos sin lustrar. Decidí pasar la noche allí. Recogí torpemente el contenido de la maleta derramada y la cerré. Desandé lo andado, de nuevo en el mismo corredor de la terminal, con mis maletas y mi indumentaria de viajante. En la calle tomé un taxi y le di la dirección del motel.

No puedo evitar sentir fascinación por este barrio. Salgo de noche a pasear y las piernas me llevan de tugurio en tugurio como si estos ejercieran una especial atracción en mí. Y lo hacen sin dudarlo. La música, el humo, la desvergüenza. Hace dos meses que estoy aquí. No creo que abandone este lugar. La crisis ya pasó. Mi mujer estaba preocupada y terminó enviándo un detective en mi busca. Recuerdo a aquel tipo. Un hombre frío e enhiesto. Parecía un esputo verde. Estaba sentado en mi local favorito contemplando la escena. Mujeres ligeras de ropa bailaban al ritmo de una música asincopada. A aquellas horas de la noche ya iba por mi tercer gimlet. Me gustan los gimlet que preparan en ese antro. Siempre, sin excepción, se les va la mano con la lima. De pronto dejé de ver el escenario. El hombre esputo-verde estaba delante de mí. Me tendía una tarjeta. La cogí. "Jonás Miriñaque, detective privado". ¿Me puedo sentar? Adelante, siéntese. ¿Quiere tomar algo? No gracias. Respuesta enhiesta. Todo en él era así, alerta, astifino. ¿Qué clase de nombre es Jonás? El que me pusieron, respondió. Lo encuentro un poco kistch, disculpe mi sinceridad, es una reminiscencia laboral. Vendo biblias. Lo sé. Además, añadió, se llama Miguel Arcángel. Un tipo listo al que no le han hecho ningún favor con su nombre. Una cruz como otra cualquiera, dijo parco. El santoral está lleno de trampas, sentencié yo. El suyo no está nada mal. ¿Mi nombre? Sí. ¿Cómo lo supo? Mire bien la tarjeta, soy detective, mi vida consiste en manejar conocimientos desechables como ese. Parece usted cansado. Me ha costado encontrarle, amigo. ¿Está molesto por eso? No. ¿Quién le envía? ¿mi jefe? ¿el Opus Dei? Más sencillo, su esposa. Olvídelo, no voy a volver, ¿cree que podrá obligarme? No me han pagado lo suficiente. Entonces tome una copa conmigo. Lo siento, no puedo, he de coger un avión. Yo en su lugar iría al aeropuerto con tiempo. Así lo haré, dijo mientrs se levantaba. Buen viaje. Gracias. Y se fue como vino, confundiéndose en el humo. No me hago muchas ilusiones con respecto a mi mujer. Un día contratará a alguien con menos escrúpulos que Jonás el esputo verde. Pero ese día no ha llegado y, mientras tanto, disfruto de mi retiro de perdición. El infierno recuperado para mí. Humo, bailarinas exóticas, una vela a dios y otra al diablo, música desalmada cuajada de alma y alcohol en combinados mal hechos.


Por Frank Deporto

martes, marzo 07, 2006

De la antología de los despertares oníricos



CANTO MARIACHI

¿Hueso sacro?

Hablábamos del sacro...y apareció el himno

"Una cruz de Caravaca en la uretra

Doscientas chinchetas en el páncreas

Una reunión de la UNESCO en la séptima vértebra

Bizcocho en las mejillas

Un frigorífico en el sacro, limonadas en el esternón

Dos barras de pegamento y medio en la vejiga

Gargantas en la oreja

Riñones en los pies

Quince mariachis en el ano

Y otro mariachi más atascado en el esfínter

PHIL BALASTO: y encima cantan! Peor que las hemorroides.

Un moro en el ventrículo izquierdo

Un checheno en la aurícula derecha

Bin Laden escondido en la aorta de un fulano

PHIL BALASTO: por mencionar ese nombre, nos espiará la ASN, Srta Dixon
NATACHA DIXON: -Filipinos en la tráquea-. ¿Crees que pueden vernos?
PHIL BALASTO: La culpa es mía, no importa, saluda a los espías
NATACHA DIXON: Hola, amigos!
PHIL BALASTO: -Doce caniches en la nuca-. Hi, Folks!!
NATACHA DIXON: venid chicos, hemos encontrado a Bin Laden
PHIL BALASTO: tendréis que meter una unidad de Delta Force en…la… vena cava
NATAXA DIXON: no sé si lo encontrarán, ¿hay conexión?
PHIL BALASTO: la operación es complicada, quizás si le retiramos los inmunodepresores el propio cuerpo se calce el sólo a Bin Laden.
NATAXA DIXON: es que estoy viendo que se va a enquistar ahí dentro
PHIL BALASTO: quizás se mueva por el riego sanguíneo y se cuele en un capilar de una oreja. Si se mete ahí no aparecerá el cabrón.
NATACHA DIXON: jamás lo encontrán, es un tío audaz sabe por dónde circular
PHIL BALASTO: ampútemos esa oreja, seguro que el cirujano se hace un llavero con Bin Laden. Bin "Pabellón auditivo" Laden.
NATACHA DIXON: imagino al cirujano subiendo a su ferrari
PHIL BALASTO: y sacando sus llaves.....Ahí estará Bin Laden, trasparentándose en una oreja. Como cuando aplicamos el foco de una linterna y se ve la piel, el cartílago, todo rojo. Se hará el chulo delante de las enfermeras.
NATACHA DIXON: a la enferma Albañil le cautivará, aunque ame a Gómez Huidobro.
PHIL BALASTO: un buen polvo cirujano no se lo quita nadie.

Así que el cirujano irá fardando por el hospital porque tiene un llavero con nombre. Y los niños le irán a preguntar -¿cómo se llama su llavero, Señor?-. Él, les revolverá el pelo, les llamará pilluelos y les dirá el nombre:

CIRUJANO ESCOLTA-A: Binkeys, el llavero. A veces habla en árabe.
NIÑO-MANISES: ¿de veras, señor?
CIRUJANO ESCOLTA-A: claro, ven, escucha
BINKEYS: 3"$·$%$·!FEDRQ$$·!$·$·"EWDQW. 234·"!$D. EWDW Hijoputasácamedeaquí·$%$!"$·

El cirujano y el niño sonreirán

PHIL BALASTO: vaya coito Srta Dixon, estoy exhausto
NATACHA DIXON: descansa darling, es suficiente por hoy
PHIL BALASTO: cielito lindo…eso cantan los mariachis del ano
NATACHA DIXON: me fumaré el piti post coito
PHIL BALASTO: dame una calada
NATACHA DIXON: no, no sabes fumar
PHIL BALASTO: no hemos dicho nada de los pulmones, los hemos respetado.
NATACHA DIXON: es tu hora, recoge las cosas
PHIL BALASTO: me echas como una mantis religiosa. Después de la fecundación para que te quiero macho marchoso.

En ese momento la mantis tiene una feliz idea.

NATACHA DIXON: por qué no comérmelo

Cuando el macho se va cariacontecido, ella lo llama

NATACHA DIXON: ¡macho, vuelvee!

El sonríe, confiaba en sus encantos.
Se acerca a ella, ella enseña su pierna y....Le pega un bocado en el cuello

NATACHA DIXON: saben bien los machos. Ñam ñam ñam byebye Mr macho

Dicen, que yo lo que tengo mal es la vista, cada vez más borrosa. Cómo mirar continuamente a través de una niebla...

Por Frank Deporto

sábado, marzo 04, 2006

Detectividad urbana


Niña-tanque

(Escrito en el banco de un parque con un Staedler permanent negro)

Iba andando por la ciudad sin rumbo ni intención cuando te vi. Caminabas perdida, con la desgana habitual, doblez, delgadez, lánguidez; por eso no reparaste en mí ni en nadie. La realidad era una unidad y tu realidad otra muy distinta. Por mi parte, había encontrado la ruta de salida de mi tedio y la iba a transitar. Las cosas suelen ser casuales hasta morir de sí mismas, por eso decidí seguirte sin hacerme preguntas y sin hacerme reflexiones, a ti que la sombra de tu sombra ni es sombra ni es nada más ni menos que una línea mal pintada, un trazo nocturno, a lo sumo, en las perspectiva de una calle. Hacía tiempo que no te veía, mientras nos movíamos, yo te seguía desde el hectómetro, iba pensando en tus cambios. No eran muchos, sólo dos, pero sí significativos. El tinte de pelo el más traumático de todos. Tenías el pelo azul. No de un azul cualquiera, nada de eso, no lo permitirías, el tuyo era un azul metálico, esa clase de matiz en la gama del azul tan insólito y tan automovilístico que, por la fuerza de un absurdo mayor y más complejo, obliga indefectibemente a colocarse unas lentillas a juego. Esa fue mi intuición. Como es lógico no podría asegurarlo a ciencia cierta, pero permancía en mí esa creencia, esa fe monocromática que vale tanto como un caudal de casualidad precipitante. Me daba lo mismo pensar que era cierto tanto como que no. Si me acercaba a ti me descubrirías y torcerías el gesto, yo averiguaría el color de tus ojos edulcorados o no y todo, toda la emoción, el suspense, el celo hermético y la sensación agridulce de no ser descubierto en una travesura, se habría ido al traste. Por eso sabía que llevabas lentillas a juego con el color de tu pelo, lo sabía porque era necesario que la verdad se condujese por esa estrecha vereda, tan práctica y tan conveniente para mí que no podría pensarla de otro modo. Caminamos dos manzanas más sin cambiar de rumbo, tú continuabas manejando tu propio conjunto cuyos bordes no rozaban ningún otro, yo admiraba un hectómetro después ese conjunto paralelo, hasta que apareció un cruce a izquierda por el que torcimos. Era una calle peatonal aunque poco transitada a esa hora del día. Al final terminaba en un parque. En el trayecto que cubría el inicio de la calle de la entrada del parque, se extendía una zona residencial plagada de bajos comerciales cerrados y abandonados. De todos los locales que se veían, sólo uno mantenía su actividad. Era un estanco. Deseé instintivamente que no entraras en él, sin embargo ya sabía de antemano que lo tuyo no era recibir órdenes ni consejos. Toda una garantía para que en mi mente imaginase cómo se desplegaba una alfombra roja que terminaba en tus pies. No aceptas órdenes verbales y no aceptas deseos silenciosos e inexistentes. No habías cambiado nada. Sólo tu pelo y tus lentillas virtuales. Entraste en el estanco. Yo esperé fuera, en la rígida e inicial distancia hectométrica , repasándome las uñas con los dientes apoyado en una pared encalada que seguro que dejaría una marca en mi chaqueta. Tardaste quince minutos. No quise hacerme preguntas supérfluas. Mejor no. El tiempo vuela cuando se trata de expender una cajetilla de tabaco. Al salir te detuviste en la puerta y miraste en mí dirección. El hectómetro me delataba, maldición, me habías descubierto. Me hiciste una señal con la mano que parecía decir: anda ven aquí Philip Marlowe. Y fui, con la cabeza gacha me acerqué lentamente. Pero tú ya caminabas hacia el parque . Te seguí hasta un banco en cuyo respaldo te habias sentado. Cuando llegué a tu altura comprobé con satisfacción el largo de tu falda, el rojo Crayola de tus labios y los pendientes que te regaló tu hermana. Eras toda tú con una excepción: tus pelo era azul metálico y tus ojos le iban a juego. El cigarrillo que acababas de encender colgaba como un pingajo de tu boca. Más doblez, más delgadez y más languidez. ¿Te gustó mirarme, salidillo?, preguntaste sin despegar el cigarrillo de tus labios. Con la cabeza gacha, sonrojado en mi treintena y en un hilillo de voz respondí: Sí.
Por Frank Deporto

sábado, febrero 18, 2006

De la Antología poética África desvelada

(Escrito en la primera página de un diario deportivo)

No tan al sur como el Kilimanjaro

Fue nocturno de chispa nocturna,
texturas oscuras, empeño,
anhelo y vulturno.
Eran nubios.
Al principio pensé que sólo había uno
y me equivocaba. A una lanza,
madera y hierro del Sudán,
le seguía otra y otra más
en tumultuosa procesión.
Una tribu.
O un clan, O una raza,
O una taza de pecas unívocas.
Lo cierto es que acechaban
con gesto de acechar
y movimientos de acecho.
Y yo nocturno,
ojo avizor, los vi llegar.
Recuerdo que pensé:
"El primero es pan comido,
podría con él incluso dormido."
Pero los nubios se retroalimentan
y engordan con el número.
No me agradaron sus calcáreas sonrisas,
su mal disimulada desnudez,
sus modales desenvueltos,
su ideario meridional
ni, para qué negarlo,
el filo de sus fórmulas de cortesía.
Por eso me estremecí,
no me gustaron en su conjunto.
Así que llegó la fuga.
Me hice el dormido, nocturno,
y alcancé el interruptor a voz en grito:
"¡Los nubios, están aquí los nubios!"
La bombilla hizo la luz
en la zona media de la razón,
como un chispazo nocturno,
y los nubios huyeron
dejando atrás la taquicardia.
La mía, no la nubia.

Por Frank Deporto

viernes, febrero 10, 2006

Ausencia de causalidad en la Francia prerrevolucionaria


De La antología del microcuento

(Encontrado en la libreta de pedidos de una camarera)

Cuando el siervo alsaciano acabó de recorrer con sus aceitosas manos las 1253,4 varas de espalda señorial y pilosa -evidente exageración- sonó de la boca horizontal, inarticulado, autónomo, sincero por liberal, un gemido de conformidad. Al tiempo que esto ocurría, sin aparente conexión entre un hecho y otro, de la pared aneja, un cuadro sostenido de una endeble y herrumbrosa escarpia caía al suelo desencajándose bruscamente.

-¡Mi Watteu! ¡Mi Watteau!- Gritó el vizconde contrito a la par que relajado.


Por Frank Deporto

lunes, febrero 06, 2006

De la antología Ley y orden.


EL FBI TE PROTEGE

(Poema encontrado en el dorso de un recibo del gas).

Llamando a Pistone, llamando a Pistone,
conteste, Pistone.
Nadie al aparato.
Hemos hecho de nuestro hombre
un ciego servidor de la ley y el orden,
ciega justicia y ciega razón forzosa,
pero en este punto Pistone no contesta.
Sufre tanto como goza:
Fiestas, alcohol, juego, risas, camaradería.
Y en casa, en el calor del hogar, su familia
que lo espera provista de mantas, ruegos y caricias.
Pero Pistone da la callada.
Lo llamaremos síndrome,
quizás ya no contemos con él;
digámoslo así: padece un aire sueco que ciega su justa ceguera.
Han pasado varias semanas
sin un informe o una confidencia reglamentaria,
ni un secreto al oído,
ni una minucia.
El enemigo es enigmático y es atractivo.
Entendemos a Pistone.
La calle de en medio es como
una bolsa de chucherías.
Pobre Pistone. Conteste, Pistone, conteste.
Llamando desde casa, clamando por él.

Por Frank Deporto




viernes, febrero 03, 2006

EL CANDOR DE LA SELVA URBANA


(Encontrado en la papelera de un parking subterráneo)

La sala del televisor de un hospital psiquiátrico. Un espacio comunal. Luz de neón. Asientos de plastico blancos colocados en hilera y unidos unos con otros por un listón metálico. Asepsia. Paredes azul claro. En la esquina opuesta a la puerta de entrada un televisor de 25 pulgadas pendiente de un soporte metálico. Luz de neón blanca, atmósfera acuática. No hay ventanas. La puerta, el marco, la jamba y el rodapié son de PVC blanco. No hay ventanas. Junto a la entrada hay un cubículo. En él un escritorio ocupado por la enfermera Albañil. El ruido del televisor le llega como un eco lejano. En la sala sólo hay un enfermo sentado. Desmond. A su lado, flanqueándole, está Phil Balasto y Jingle Spott. Los tres están sentados como si esperasen un autobús. El televisor está encendido. La enfermera, algo lógico y cuerdo, solamente ve y oye a Desmond. El resto son imaginaciones.

PHIL BALASTO: Un sordo descenso a las llanuras tortuosas del deshielo y de pronto las ideas se aclaran y se centrifugan, se tienden con pinzas de madera, se secan al aire estacional, se rocogen, se planchan y ya están listas para poner…
DESMOND: Calla.
PHIL BALASTO: …como un calzoncillo limpio del cajón de las mudas, blancas, almidonadas, fragantes y tiernas mudas que…
DESMOND: ¡Calla, Phil, joder!

Se hace un silencio humano embarazoso. La televisión continúa con su letanía. La enfermera Albañil mira a Desmond que se ha dado la vuelta y sonríe.

ENFERMERA ALBAÑIL: (Tono maternal) Pórtate bien, ya sabes lo que pasa cuando gritas y te acaloras.
DESMOND: Sí Srta.Albañil.

Desmond se sienta de nuevo a ver la televisión.

PHIL BALASTO: Me gusta esa mujer. Carácter, firmeza, apellido. Exactamente como un cheísmo.
JINGLE SPOTT: ¿Cheísmo?
PHIL BALASTO: Bache, remache, reproche, alimoche...Algo así.
JINGLE SPOTT: Eres un artista Phil. Nada escapa a tu sabiduría.
DESMOND: (Murmura) No os calláis, no os calláis.... (A ellos) Nos os calláis… ¿Por qué no puedo escuchar lo que dice la televisión?
PHIL BALASTO: Oye, Des, chico ¿cómo se llama la enfermera?
DESMOND: Srta. Albañil.
PHIL BALASTO: Eso ya lo sé, pero ¿su nombre de pila?
DESMOND: (Cansado) No lo sé.
JINGLE SPOTT: Yo digo que Munición.
PHIL BALASTO: ¿Munición? ¡Nadie se llama así!
DESMOND: A mí me gusta ese nombre.
PHIL BALASTO: Eres un gran hombre, agradezcamos a la providencia que no tienes hijos.
JINGLE SPOTT: Podríamos preguntarle, tal vez se llame Munición.
PHIL BALASTO: Que vaya Desmond.
DESMOND: Si se lo pregunto ¿os callaréis?
PHIL BALASTO: Claro, Des, palabra de scout. Ve.

Desmond se levanta y camina hacia el cubículo de la enfermera. Ella lo ha visto venir.

ENFERMERA ALBAÑIL: (Afirma. Tono maternal) Ya te has cansado de la televisión en pantalla grande.
DESMOND: En realidad no… Verá, tengo una duda con respecto a usted y me gustaría preguntarle algo.
ENFERMERA ALBAÑIL: (Sonríe) Adelante, pregunta.
DESMOND: ¿Se llama usted Munición?
ENFERMERA ALBAÑIL: Jajaja… Cómo se ta ocurrido pensar… Jajaja… (Ataque agudo de risa. Lágrimas, manotazos sobre la mesa, dolor ventral. Desmond se impacienta).
DESMOND: ¿Y bien?
ENFERMERA ALBAÑIL: (Se rehace y se enjuga las lagrimas de los ojos. Contesta conteniendo la risa). No, cariño, me llamo Ángela.

Desmond desanda lo andado para volver a su asiento. A sus espaldas más risas ahogadas. Entra Natacha Dixon y se sienta con ellos, al lado de Jingle Spotts. La enfermera Albañil, como no podía ser de otra manera, tampoco la ve ni la escucha.

DESMOND: (A Natacha) Hola, Nat. (Ella le guiña un ojo. Desmond se vuelve hacia Phil) Se llama Ángela:
PHIL BALASTO: Bonito, me gusta esa mujer.
JINGLE SPOTTS: Le pega más llamarse Munición.
NATACHA DIXON: Os referís a la enfermera.
PHIL BALASTO: ¿Tú lo sabías?
NATACHA DIXON: No es el secreto de la Alquimia. Solamente hay que molestarse en mirar la chapa identificadora que lleva pegada al pecho.
PHIL BALASTO: (Despectivo) Tú siempre tan jodidamente práctica.
DESMOND: Prometistéis que os callaríais.
PHIL BALASTO: (Desagradable. Mira con ojos lascivos a la enfermera). Eso fue antes.
DESMOND: (cargado de ruria contenida) Eres un…

Desmond se levanta y se avalanza sobre Phil. Le golpea una y otra vez. Jingle salta sobre su espalda en defensa de Phil. Desmond trata de desembarazarse de Jingle pero no logra hacerlo. Natacha prepara torpemente un puñetazo para liberar a Desmond del férreo abrazo de Jingle, pero falla el golpe que impacta en la nariz de Desmond. Zafarrancho de combate y música de fanfarrias. Confusión, ruido, sillas arrancadas, gritos, juramentos entrecortados, interjecciones. Hombre al agua. Se apaga la luz de la escena. Un foco ilumina el cubículo de la enfermera Albañil. Suspira y niega con la cabeza, en silencio. Coge el teléfono. En la oscuridad continúa el ruido de la escaramuza.

ENFERMERA ALBAÑIL: ¿Vigilancia? Vengan, por favor… Sí, él mismo. Vengan cuatro o cinco si son tan amables.

Cuelga el teléfono. Se apaga el foco. Silencio. Sedantes. Oscuridad.


Por Frank Deporto